El cartel de Di Caprio mostraba su cara más excitante en la pared de la habitación. Su ojos de gato y sus mofletes eran perfectos para reunir en una sola imagen al niño que todas adolescente desea y al peligroso macho que las rapta hacia el instinto.  En el suelo dos bragas, unas zapatillas deportivas, seis calcetines, una mochila y el papel de aluminio de un bocadillo a medio comer. En la mesa de estudio trataba de mantener el equilibrio un cuaderno con apuntes del instituto y varias fotos esperaban su turno antes de pasarlas al tablero de corcho de la pared. Un sostén colgaba de la lámpara y cuatro pantalones en la misma percha luchaban por ser el más arrugado. En la cama dos toallas mojadas y tres ositos se disputaban el espacio que les dejaba Laura que con un teléfono pegado a su piel hablaba y hablaba con su amiga Carmen del ideal de chico. Su cara se reflejaba en el espejo del armario y mostraba el extraño contraste de la piel morena, el pelo negro y los ojos azul-violeta de la Taylor. La sonrisa que mostraba una y otra vez en su charla relajada iluminaba la habitación produciendo incluso sombras al interferir con los múltiples objetos que simulaban la explosión de toda disciplina. Todo su rostro era un ejemplo de eso que llamamos juventud y que no sabemos exactamente qué es. Suma compleja de tersura de la piel, que hace que todo esté «en su sitio», brillo de las largas pestañas, sombras de las formas para mejor perfilar, humedad de los tejidos que piden acariciar y ser acariciados.

En la calle que dejaba ver la persiana a medio bajar la lluvia limpiaba el basalto de la Plaza del Cardenal Belluga que acumulaba en una de las esquinas restos de los últimos clientes de la heladería. La moda, que da y quita popularidad, había convertido esta esquina en un centro para los aprendices de adultos de la ciudad. La catedral, al fondo se mostraba paciente con la irreverencia y abría la puerta de San Juan en el gesto de displicencia que dan los siglos. En el cristal, el último chicle pegado por fuera dividía el frente de gotas en dos, permitiendo a Laura el juego de adivinar hacía donde iría la siguiente gota mientras le terminaba de perfilar a Carmen los últimos detalles de cómo era el hombre de su vida. Nunca la imaginación ha sido tan útil. Toda la potencia de representación era empleada para dibujar en el aire mental de Laura el hombre que le traería pasión, equilibrio, alegría, seguridad y, claro, amor, es decir, todo.

«Uno ochenta, moreno, inteligente, musculoso pero no un obsesivo body builder. Cariñoso, atento, con sentido del humor y clase, saber estar, ya sabes. Que tenga un carrera que le de un toque cultural, pero sin pedantería. Deportista, ágil, y si es gorrino como mi hermano, ya lo corregiré yo, que seré gruñona», decía Laura con un calcetín en la mano, mientras retorcía sus veintiún espléndidos años en el edredón de su cama y corregía la posición de una foto de París con el pié. Su piel morena destacaba sobre la cama de color de crema. Su ojos azules chispeaban con la descripción de su «imposible mejor». Sus senos descubiertos para placer del espacio se negaban a atender la llamada de la gravedad y señalaban al techo, mientras que el tiempo pasaba sin que su padre, al contrario que la Gran Compañía de Teléfonos, supiera nada de lo que se le venía encima. «Te espero a las seis en Dublín. No, en la Gran Vía ya no está, al lado de Rumbo, enfrente de Singolare. De ahí nos vamos al Refocilón» remató con la cara plena de seguridad de quien brillaba en su carrera de biológicas (hay que salvar el planeta). Lo conseguiría. Antes o después, toda su capacidad de amar encontraría al ser amado. Era cuestión de paciencia y de no dejarse llevar por la comodidad sentimental y quedarse con este amigo de mi hermano o aquel compañero de clase.

«Soy Guillermo, tengo veinticuatro años, he terminado la carrera y no he encontrado a la mujer de mi vida». Hablando solo, un muchacho fuerte se lamentaba delante del espejo mientras se ajustaba el pendiente en el lóbulo de su oreja izquierda. Un discreto brillante que le había regalada su hermana en un ataque de locura. «Esta tarde será, de esta tarde no pasa, lo presiento». «No me conformo con cualquiera». «Tendrá que ser morena, con ojos azules, con miel en vez de pechos, como quería Salomón, estudiante de biológicas, quiero que tenga conciencia ecológica pero con conocimientos científicos. Pasearemos, discutiremos sobre política, nos besaremos, nos amaremos y volveremos a discutir sobre el color que debe tener una puesta de sol». Echó la cabeza hacia atrás en un gesto de repugnancia tras su intento se saber si podría ponerse una camiseta usada. No se atrevió a oler los tenis por si necesitaba respiración asistida.  «Vamos a hacerlo bien, una ducha primero, ropa limpia y a buscar mi Sigrid de Thule». Miró a la pared donde un ligero Jordan se mantenía en el aire de papel con un balón que pedía a gritos ser encestado y pensó que debía ordenar aquella jungla de habitación si quería que ella no lo considerara un adán.

Refocilón era el macro-mega-centro de diversión de Murcia. Allí todo el mundo encontraba lo que buscaba: o la soledad de la cinefilia o la multitud bailante, pasando por la conversación reposada sobre cuántos aros cabían en un ombligo.  Laura entró por la puerta sur y Guillermo por la norte, dos mil cuerpos los separaban y toda una tarde para que dos desconocidos provocaran una explosión de feromonas y transformaran sus vidas. Ella se dirigió hacia la franquicia de cafés Boli junto a los minicines, él hacia los minicines directamente (le habían dicho que «el diario de Bridget Jones» era mejor que la novela). En la puerta de los multicines miró la cartelera y vio que se estrenaba «los otros» de Amenabar, cambió de idea. Ella se tomó un café con Carmen mientras decidían qué película ver. Eligieron «el diario…».

Noventa minutos después, con los dos mil chicos y chicas revoloteando arriba y debajo de un local a otro, con las papeleras llenas de fundas de helados y frutos secos, con la calefacción mitigada para aprovechar el calor emanado de tanta juventud palpitante, Guillermo se dirigió a la librería que había en el segundo piso, junto a la tienda de deportes, buscó entre las novedades y se quedó con el último libro de Eduardo Mendoza, no sin contenerse para comprar los tres tomos de poesía de Borges que Alianza había publicado recientemente. Pidió que le envolvieran el libro con papel de regalo; le gustaba ligar con un libro en las manos. Pensaba que en el peor de los casos pasaba por un chico leído y, en el mejor, si encontraba por fin  a la mujer de sus sueños, le haría el primer regalo el primer día, el primer minuto. Incluso le gustaría darle el primer beso. En ningún caso pensaría que si le daba un beso tan prematuro, en realidad se lo estaba dando a cualquiera. Porque su encuentro sería único, resultado de la acción del destino. «Pronto encontraré a mi morena de ojos azules y la reconoceré entre mil a la primera». El dependiente le envolvió el libro en un papel con elefantes indios sobre fondo marrón. Dos minutos después estaba otra vez en el primer piso tomando un café con Antonio, su colega de la universidad, con el que había preparado el trabajo fin de carrera. Su charla sobre fútbol le aburría esa tarde, respondía de modo mecánico mientras metía bolitas de servilleta en su taza de café. Con la mirada escrutaba a la multitud que en ese momento se dirigía hacia la discoteca. Eran ya las ocho.

Laura y Carmen no paraban de comentar las andanzas de Bridget. ¡qué torpe y encantadora!. «Al final se queda con su hombre predestinado, no podía ser de otro modo», decía Laura. «y mira que el tonto de Hugh se lo pone difícil», «claro como Bridget ya había visto Sentido y Sensibilidad pensaba que se iba a quedar con él, pero no, no era el predestinado». «yo lo sabré a la primera». Se dirigieron a la planta segunda y entraron en la librería. Laura compró el último libro de Eduardo Mendoza y se lo hizo envolver en papel de regalo para su hermana. El papel  era marrón con elefantes indios sobrepuestos. Con el libro entre las manos se dirigió con Carmen a la planta primera, entró en el café y al pasar tropezó en la banqueta de un chico alto que había en la barra con otro compañero, se cogió a él para no caerse, se disculpó, cogió el paquete con el libro que él le recogió del suelo y siguió riéndose con Carmen hacia una mesa vacía.

Guillermo estaba a punto de irse cuando notó un golpe y una mano que se posaba en su hombro. Sujetó a la chica que había tropezado con su taburete admitió su disculpa le recogió el paquete que se le había caído y pidió la cuenta. Se despidió de su amigo en el pasillo caminó hacia la puerta del macro. En vista de que no se había encontrado a la chica de su vida esa tarde decidió volver a casa. Al salir recibió un golpe de viento frío, que tratándose de Murcia, tenía que venir del norte, muy del norte. Se abrigó y paso por el escaparate brillante de luz de la cafetería que acababa de dejar. Distraído en sus pensamientos, que empezaban a orientarse a los próximos y atareados días preparando currículos y buscando trabajo, miró de soslayo a la chica que había tropezado con él un momento antes y se perdió en la oscuridad camino de su casa.

Laura y Carmen hablaron de todos y todas. Se lamentaron de que fuera domingo y de que pocas horas después tuvieran que soportar de nuevo a «la comadreja», su profesora de bioética, esa extraña asignatura de la que no comprendían nada. «a mí lo que me gusta son las matemáticas, tan redondas, tan perfectas, sin ambigüedades». Ese recuerdo les sugirió la conveniencia de volver a casa. Pagaron y al salir comprobó que el libro para su hermana estaba en la barra. Extrañada comprobó que, en realidad lo llevaba en la mano. «Debe ser del chico del tropiezo». Preguntó al camarero si lo conocía y le dijo que no, que era la primera vez que lo veía. Se quedó con el libro para pensar después qué hacer. Juntas abrieron la puerta del macro y salieron al frío.

En su casa, ante el envoltorio de los elefantes abierto, tras concluir que nunca podría devolverlo, comprobó que se trataba del mismo libro que ella había comprado. Se dejó caer sobre la cama y un extraño sentimiento, mezcla de desilusión y enfado por su falta de atención le hizo pensar que, como una rama de hipérbola, se había acercado hasta su gemela, el amor de su vida, sin llegar a poseerlo.

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