INTRODUCCIÓN

Joseph Alois Schumpeter fue un economista nacido en lo que actualmente es la República Checa en 1883 y muerto en 1950 en EE.UU. Forma parte del grupo de grandes economistas del siglo XX, como Keynes del lado que podríamos llamar social, o como Hayek o Mises, del lado liberal. Es conocido, como a casi todos aquellos autores poco leídos fuera de sus ámbitos de especialización, por algún tópico. En su caso es un tópico muy potente: el de la “destrucción creativa“.

Schumpeter no necesitó situarse en un bando u otro, sino que utilizó su inteligencia para entender las distintas opciones y aportar ideas frescas al universo intelectual de la economía. Pero no se conformó con eso y trató de ir más allá y combatir con el, entonces, sólido sistema político, económico y social que representaba el comunismo, que él llama socialismo. Y lo hace con limpieza intelectual llegando a conclusiones sorprendentes.

En el prólogo al libro, el premio Nobel Joseph Stiglitz llama la atención sobre el énfasis puesto por Schumpeter en la innovación y el monopolio como alternativas a la pretensión de una economía en equilibro en base a la competencia perfecta. También destaca los factores desestabilizadores de las acciones oportunistas de las empresas financieras que generan burbujas en colusión con políticos arribistas condicionados por las ayudas a sus campañas electorales.

Este libro no es sólo un libro en el que la economía juega un papel específico, sino donde es utilizada como criterio para especular sobre la evolución social y política moderna. Está escrito en 1942, sumándose a otros textos célebres, como “Las sociedades abiertas y sus enemigos” del filósofo Karl Popper, escritos en plena guerra mundial. Una época en la que el sufrimiento social es tan evidente que estimula las reflexiones explicativas a la búsqueda de soluciones.

Schumpeter no rehuyó el encontronazo con el marxismo, como fuente de la mayoría de las tensiones geoestratégica del período previo a la II Guerra Mundial y las que se mantuvieron hasta 1989 entre los dos grandes bloques socio-económicos: el capitalismo y el comunismo. Como hombre inteligente no se limitó a despreciar al adversario, sino que lo estudió y retuvo algunas de sus propuestas una vez desbastadas de sus aspectos más controvertidos, si no falsos. Quizá los más llamativo de las reflexiones de Schumpeter sea su convicción de que el capitalismo se desliza paulatinamente hacia el socialismo como consecuencia de determinados factores, aceptando así una atrevida tesis a la que ni el propio Marx, ni el activismo comunista fueron leales: la inevitabilidad del socialismo por movimientos internos del capitalismo.

RESEÑA*

(*) Los comentarios a las ideas de Schumpeter están en tipo 15

Empieza su texto con un repaso a su visión de Marx en varias facetas. La primera la del Marx profeta, pues considera que gran parte del éxito del marxismo reside en que es una religión que promete el paraíso en la tierra. Marx dotó de terminología y munición política a sus correligionarios, pero fue mucho más que eso, pues, según Schumpeter, en caso contrario habrías corrido el destino al que la sociedad somete a aquellos que “escriben los libretos de sus operetas políticas“; que no es otro que el olvido.

El éxito del Marx profeta lo estriba Schumpeter en que fue una fe nueva en una época utilitaria y positivista que no ofrecía nada al desesperado. Marx dotó a millones de personas de un sentido para sus vidas. Un detalle que no debe olvidar ningún aspirante a reformador social. Aspecto éste que el capitalismo no necesita utilizar, dado que cree que basta con dotar a la gente de comodidad material para garantizarse el éxito, lo que tampoco es verdad, pues el ser humano no es unidimensional. Se nota en el propio Schumpeter el hechizo de la obra de Marx, lo que no le impide atacarlo sin piedad en sus graves errores económicos, aún sin conocer los crímenes que estalinismo estaba cometiendo mientras él escribía su libro. Probablemente a Schumpeter no le sorprendería que todavía treinta años después del derrumbe estrepitoso del estado que Lenin estableció en 1917 halla jóvenes que se sientan atraídos por el marxismo, e intelectuales adultos que presenten arteras tesis pretendidamente modernas y teñidas de hegelianismo para manipularlos en su natural ansia de destruir creativamente la herencia de sus padres.

Al analizar al Marx sociólogo, no le acusa de demagogo, pues siempre basó sus argumentos en hecho sociales. Otra cosa es lo certero de su interpretación que, según Schumpeter, estaba siempre teñida por su formación filosófica de aspectos ajenos a tales hechos confundiendo “a amigos y enemigos”. Le reconoce un mirada aguda para los acontecimientos históricos en los que sabía trascender la superficies para penetrar al núcleo causal de lo sucedido. Schumpeter resume la teoría de la historia de Marx en 1) “las condiciones de producción son el factor fundamental determinante de las estructuras sociales , las cuales, a su vez, engendran actitudes, acciones y civilizaciones” y 2) “las mismas formas de producción tienen una lógica propia, es decir, cambian de acuerdo con sus necesidades inherentes, de forma que crean a sus sucesoras simplemente con su propio funcionamiento“. Schumpeter acepta la mayor y critica a quienes piensan que son más influyentes los factores éticos y religiosos. Pero a continuación objeta que la tozudez con la que las formas sociales se mantienen contra toda innovación material hace sospechar de una fundamental desvinculación mutua, o, mejor aún, su mutua influencia.

Por lo que respecta a las clases sociales y la pretensión de que la historia se interpreta a partir de su enfrentamiento, Schumpeter de nuevo adopta una actitud crítica, pero atenta a lo que le parezca verdad en su formulación. En este caso, considera que del abusivo planteamiento marxista puede quedar la constatación de que los intereses sociales entran en conflicto y condicionan las acciones de los seres humanos. Pero, en ningún caso, acepta la simplificación de que siempre se han dado dos frentes y sólo dos frentes en conflicto: los detentadores de los medios de producción y el resto. Una visión simplificadora y tan discutible como es la pretensión de interpretar la historia como la lucha de razas, como Gobineau proponía. Schumpeter le reprocha a Marx que no acepte la idea de que la “acumulación primitiva” tiene origen en el ahorro y la inteligencia para usarlo.

Se podría añadir que tampoco hay que descartar el despojo por la violencia, pero eso no se da siempre entre el fuerte y el débil, sino entre fuertes más a menudo, a lo que hay que sumar que no todos saben usar el ahorro para crear riqueza. Ahorros que, por otra parte, no tienen porque provenir del mismo que los aplica, sino de esa institución fundamental que es el préstamo. Se pone aquí de manifiesto las dificultades de interpretación de unos mismo hechos históricos que, aportada una tesis, puede ser puesta boca abajo provocando la perplejidad en el lector. Hay muchas formas de tener relevancia social, aunque vayan acompañadas de su premio económico, distintas de la explotación. Y añado, que siempre existirá la sospecha de que el reparto generalizado de los beneficios, en la mayoría de los casos, hace colapsar el sistema por falta de recursos financieros para emprender los procesos innovadores. El capitalista, una vez satisfechas sus necesidades o sus caprichos dedica la mayor parte de su fortuna a las inversiones productivas. Otra cosa son sus herederos no forjados en el trabajo, sino en el hedonismo.

Así Schumpeter considera a las clases más una consecuencia que la causa de los procesos económicos. Pero la dinámica social y económica hace y deshace clases con más facilidad de la que la teoría marxista pronostica. Lo que no se puede negar es el carácter causal de la idea de la lucha de clases sobre el activismo comunista. Pero no más allá, pues, en realidad, es la lucha sindicalista la que realmente es activa, pero, ésta, no es una lucha para cambiar el sistema, sino para mejorar las condiciones de cada momento. Marx considera que su definición sociológica requiere comprender su relación con parámetros económicos del proceso que acabará con las divisiones de clase.

En el capítulo sobre Marx economista, Schumpeter destila admiración por el personaje y su forma de trabajar. Aunque cree que su prosa ardiente facilitaba el desprecio de sus enemigos a la almendra de su pensamiento económico. Marx parte de la teoría del valor de las mercancías que sostenía, con algunas diferencias, el célebre economista y maestro de Marx, David Ricardo (1772-1823), que asociaba el valor a la cantidad de trabajo necesaria para su producción. Schumpeter la rechaza por ideológica con propósitos de lucha social y sin capacidad de explicación de los fenómenos económicos. En efecto, no funciona fuera de una competencia perfecta y, aún así, si el único factor de producción es el trabajo. Fue pronto sustituida por la teoría de la utilidad marginal. Según Schumpeter, las masas no siempre se han sentido explotadas, aunque esa sea la percepción de los intelectuales que han querido interpretarlas. Pero Marx no se limitaba a ese lamento, sino que buscó una causa impersonal, casi física de la explotación. Esta es la plusvalía que, en la interpretación de Schumpeter, se compone de horas utilizadas y no pagadas por el capitalista que exceden del coste que para el obrero supone estar en condiciones para el trabajo. Horas que, en el marco de la teoría del valor de Marx depende del número de horas empleadas en dotar al obrero de su “fuerza de trabajo”. Por tanto, si el obrero aporta unas horas de “puesta a punto” (comida, descanso), pero el empleador lo usa “más horas” y no se las paga, como en proporción, vende la mercancía más cara, está “robando” la diferencia al obrero. De modo que, bajo el hecho de que el empleador no paga al obrero menos de lo que vale su fuerza de trabajo y el hecho de que no cobra al consumidor más de lo que vale la mercancía en términos de valor aportado por sus trabajadores, se esconde la explotación en forma de horas de más aportadas por el obrero que, en vez de revertir a él, es retenida por el capitalista. A Schumpeter no le queda más remedio que rechazar la teoría, pues, en su opinión, ni en una economía de competencia perfecta es posible que, como se desprende de la teoría de la plusvalía, todos los capitalistas ganen dinero, pues eso llevaría a desequilibrios inmediatamente por su interés en aumentar ilimitadamente la producción.

Marx cree que el capitalismo no es estacionario, sino que está en constante evolución. Pero Schumpeter cree que esto no salva la teoría, aunque sí proporciona interesantes ideas. Por ejemplo, si el valor procede solamente del capital variable (los trabajadores) y no del capital constante (equipos, instalaciones), la evolución del sistema hacia empresas con menos trabajadores implica la caída de la tasa de beneficio. Una teoría que que Schumpeter rechaza, pero lo hace admirando a su autor por su ingenio y coherencia, aunque contraste con la realidad. Marx sostiene que la plusvalía acumulada (ahorrada) es empleada para la transformación en capital real que se aumenta por su parte variable (empleados), donde reside la plusvalía, antes que por su parte constante (equipamiento). Así se plantea la interesante cuestión de que en una supuesta situación de equilibrio llevaría a los capitalistas a aumentar la producción para aumentar el beneficio, para lo que necesitan acumular plusvalía, provocando el aumento de los sueldos (por exceso de demanda) y, por tanto, una paradójica reducción de la plusvalía. Situación que seguiría hasta la eliminación de la plusvalía y, con ella, a la eliminación del capitalismo mismo.

Este proceso evolutivo y autodestructivo no se da, en opinión de Schumpeter, debido a que el progreso capitalista tiene origen en la innovación, que destruye empresas y crea otras nuevas cambiando totalmente las condiciones de competencia y la distribución de salarios y beneficios mediante coacciones como las patentes y acumulaciones asimétricas por prácticas monopolísticas basadas en el conocimiento. Un mecanismo que obliga a la acumulación de beneficios para financiar la capacidad de competir ante nuevos productos y nuevas formas de producción. Para Schumpeter, Marx vio con claridad este proceso, pero no sacó las conclusiones adecuadas por su necesidad de fundamentar una revolución inevitable del capitalismo hacia su destrucción inexorable. Por eso no vió que los beneficios en estas circunstancias no provienen de la plusvalía, sino del conocimiento. Así, la destrucción de un empresa no estaría en la disminución de su plusvalía, sino en su incapacidad de competir con las innovaciones de sus rivales. Además el progreso del capitalismo no produce aumento del capital variable, sino, muy al contrario, del constante.

Una situación que lleva camino de su máximo con la creciente automatización robótica. Un proceso que, en la terminología de Marx, sería la inversión de la plusvalía acumulada en capital constante. También se podría decir que los científicos vierten al seno del capitalismo conocimientos por los que no son compensados. Véase, en contraste, la riqueza que puede acompañar a un cantante mediocre pero popular a base de honorarios y derechos de autor. La explicación obvia está en el valor que millones de personas con criterio más o menos discutible le da a las creaciones de ese artista. Un vía de enriquecimiento que el científico no tiene por ser su aportación apreciada en ámbitos restringidos.

Sin embargo, Schumpeter admira en Marx su capacidad de anticipar el desarrollo de acumulación del capitalismo, la aparición de los grandes grupos empresariales y sus implicaciones sociales. También la realidad ha desmentido, según Schumpeter, la tendencia a la baja de los salarios de las masas trabajadoras debido a la competencia del ejército de reserva compuesto por los trabajadores en paro resultado de la creciente mecanización. El retraso de esta “inmiseración” (depauperación) de la clase obrera, que traería la última fase del capitalismo con la expropiación de los expropiadores, no se ha dado.

Se puede añadir que, ni siquiera ahora, con la amenaza cierta de una decisiva automatización los salarios bajan, sino que aquellos países incapaces de seguir la deriva innovadora de otros, sólo saben competir bajando los salarios y, por tanto, poniendo en riesgo los equilibrios sociales. Pero dado que la industria moderna se basa, en gran medida, en el autoconsumo esta situación tiene un límite, pues el trabajador hace tiemp que se transformó en un consumidor antes que un “factor de producción”. Así la depauperación o inmiseración tenía un límite temporal y estructural: el del capitalismo basado en la colonización y la exportación. Una vez alcanzado el límite, la salida eran los mercados internos y éstos han traído una distribución de las rentas muy confortable para los trabajadores. Situación que también ha cumplido su ciclo para dejar paso a la sociedad de los inútiles que nos trae la inteligencia artificial y la sociedad ecológica que nos trae las señales de agotamiento del planeta. Una nueva situación que generará nuevas soluciones De momento, dada la novedad, los monopolios tecnológicos están produciendo verdaderos agujeros fiscales en las naciones en las que actúan por el triple efecto de 1) bajar los salarios aprovechando el low cost de los productos impidiendo que sus trabajadores coticen a la seguridad social; 2) destruir a las clases medias al sustituir el know how de las personas por la inteligencia artificial, eliminado el aporte fundamental de estas a la fiscalidad del estado y 3) no pagar impuestos en los países en los que actúan al situar su sede en otro país tras una subasta para obtener una posición de ventaja fiscal extraordinaria.

Es claro que Marx pronostica la depauperación porque no tiene la visión del aumento exponencial de la productividad debido a la tecnología. Sin embargo, según nuestro autor en el análisis de los ciclos es de las pocas ocasiones en las que Marx mira la realidad como es sin violentarla para su ajuste a su teoría. Para Schumpeter se adelantó a su tiempo con el mero hecho de percibir la secuencia cíclica de la actividad económica capitalista. También comparte con Marx que la evolución del capitalismo destruirá las bases de la sociedad surgida con él. Por último, le reconoce la originalidad de haber combinado “químicamente” la historia y la economía más allá de que aquella fuera usada como ilustración anecdótica de conclusiones. En definitiva, concluye que el fracaso de Marx ha resultado muy fecundo.

En cuanto al Marx maestro, Schumpeter considera que su interacción entre la economía y la sociología llena de contenido a las abstracciones de la economía. Las guerras, la revoluciones, los cambios de legislación, que en la economía son vista como perturbaciones, en Marx son componentes esenciales de su análisis holista de la realidad (acierte o no en sus análisis).

SUPERVIVENCIA DEL CAPITALISMO

Schumpeter arranca esta parte de su libro con un rotundo no como respuesta a la pregunta de si sobrevivirá el capitalismo. Su posición no es que se vaya a producir una quiebra económica, sino que su desarrollo exitoso mina las instituciones sociales que le dan soporte. El éxito del capitalismo lo mide con el crecimiento en equipamientos (capital) y rentas para el consumo puesta a disposición de la gente. Considera que el ritmo de este crecimiento es del 2% anual como media y que no se producen desequilibrios relevantes en la desigualdad entre pobres y ricos en términos monetarios, aunque no tanto en términos de objetos duraderos, cuya calidad es proporcional a su precio . De este modo la renta se dobla en cincuenta años. Con este crecimiento, Schumpeter cree que el capitalismo acabará con la pobreza, entendida como incapacidad para alimentarse, vestirse y tener cobijo. Por otra parte cree que los grandes beneficiarios del crecimiento acompañado de cambios tecnológicos son para las masas, puesto que los equipamientos industriales se amortizan en la medida que producen masivamente. Pone el ejemplo de Luis XIV que no necesitaba iluminación eléctrica puesto que tenía suficientes velas y sirvientes para que se ocupasen de su reposición y limpieza. La reina Isabel I de Inglaterra ya tenía medias de seda, pero ha habido que esperar al siglo XX para que hasta las obreras de las factorías las puedan usar. El capitalismo va haciendo crecer la riqueza general a golpes de cambios tecnológicos cualitativos que siguen un modelo ondulatorio de comienzo, desarrollo y saturación de mercados que provoca cíclicos procesos de renovación que incluyen la caída de empresas con instalaciones obsoletas. De este modo un mismo dólar aplicado al consumo multiplica su valor a obtener bienes más depurados y eficientes. Schumpeter no deja de lado, además, los bienes culturales que, no formando parte de la idea original de producción material, sí la acompañan. También suma al éxito capitalista las luchas sindicales que no tendrían objeto de no haber una riqueza a la que se aspira previamente producida. En definitiva, que Schumpeter cree que el capitalismo, dejado solo, da satisfacción a las aspiraciones de todos los reformadores sociales que el mundo ha dado. En cuanto al paro, considera que su picos se deben a los períodos de adaptación a las nuevas tecnologías y que el nivel de rentas alcanzado permite subsidiar esta situación temporal de los trabajadores. Por lo que rechaza alguna tendencia subterránea que llevarían al capitalismo a generar ejércitos de parados.

Se puede decir que en 2030 se someterá el capitalismo a un prueba de fuego al respecto cuando la automatización de la producción llegue a los niveles que se anuncian con el desarrollo de las tecnologías digitales. Una situación en la que la salida que pronóstico será la generación de sofisticados servicios inter-personas como muestra el grado de calidad alcanzado por los servicios públicos al cuidado de la salud y la ancianidad o la economía colaborativa de las aplicaciones digitales. Lo que se lleva a cabo, obviamente, con rentas restadas a la distribución original.

¿CAPITALISMO DE RAPIÑA?

Schumpeter considera que la recompensa hipertrofiada a algunos empresarios proporciona un impulso más potente que el que supondría un reparto “más justo” entre industriales. La dureza del sistema de selección del que accede a la condición de “hombre de negocios” lleva a que algunos muy competentes sean excluidos enviando un mensaje de dureza que pone alerta a los demás en la gestión de sus empresas. Pero, en general, el competente asciende hasta donde su capacidad le permite.

Por mi parte añado la sospecha de que quien decide hacer una carrera en los negocios cruzará, sobre todo en la fase ascendente, las fronteras de la legalidad, ya por la vía del pago mermado de salarios o por la de involucrarse en operaciones de soborno para la consecución de mercados. El hecho de que estos combates entre empresarios tengan como objetivo la consecución de fortunas contrasta con el hecho de que los efectos son beneficiosos para la generalidad de la gente. Un argumento que se vuelve crecientemente eficaz cuando el proceso de enriquecimiento individual – beneficio general, se combina con el aumento de la productividad basado, no en la explotación de masas, sino en la tecnología.

Los economistas clásicos (de Smith a Ricardo) refutaron la idea de que el lucro iba en contra del bien general. Pero, Schumpeter ataca este aspecto de las teorías de los economistas clásicos. Primero acepta la tesis de que el beneficio del productor se maximiza cuando se alcanza, en un régimen de competencia perfecta, la producción máxima. Producción máxima que es cifrada en el momento en que el incremento del coste por la producción de una unidad adicional (coste marginal) iguala al precio con el que puede venderlo. Una producción que considera socialmente deseable. Pero, aunque los clásicos advirtieron que la competencia perfecta no se daba en casos de monopolio, consideraban que era una cuestión de tiempo su desaparición. El monopolio se caracteriza por crear situaciones en las que las empresas no aceptan el precio impuesto por la competencia, sino que lo imponen. Pero, nuestro autor, cree que, por el contrario, las situaciones de competencia perfecta son las excepción y son los monopolios, es decir, los mercados especiales lo normal para muchas empresas. Logro que consiguen mediante estrategias de calidad y publicidad, unidas a estrategias agresivas como compra de patentes para no usarlas o los costos del ejercicio de lobby antes órganos legislativos.

Este análisis parece darle la razón a la creencia de que el afán de lucro aleja a la maquinaria capitalista de sus fines sociales y la convierte en una máquina ineficiente con demasiadas pérdidas en las luchas por el dominio de los beneficios. Schumpeter presenta al respecto dos teorías alternativas: 1) se podría decir que la máquina funciona a pesar de los sabotajes a que la somete la ambición burguesa y 2) que, si bien hubo un tiempo en que la producción máxima era la norma, en la actualidad los monopolios de las grandes empresas han invertido la tendencia. Schumpeter sostiene provocadoramente que ni hubo una edad de oro de la competencia perfecta, ni los monopolios han parado el crecimiento del beneficio general de cada individuo procedente de la producción generada. Para ello examina el número de horas empleadas por el trabajador para obtener los recursos que le permitan comprar los mismos productos a lo largo del tiempo. Schumpeter considera que la pista de los productos que más se han abaratado conduce a las puertas de las grandes empresas, sospechosas de monopolio.

Ha llegado el momento de que nuestro autor exponga su tesis principal: el dinamismo del capitalismo no procede del medio social en el que se ejerce o de sus propios procesos internos, sino de la innovación de ideas, organización, materiales… Antes que Kuhn, Schumpeter alude en su campo a los cambios cualitativos que la ciencia y la tecnología supone a efectos de productividad y calidad de los productos, cuando no de la generación de productos para necesidades nuevas, que estando latentes, el mercado hace explícitas. Habla pues de mutación industrial, de destrucción creativa, las dos expresiones acuñadas por él que han trascendido de su obra.

Este enfoque tiene un efecto demoledor sobre el precio que estaba sacralizado, tanto en las teorías de competencia perfecta (como referencia para la optimización de la producción), como, añado yo, en las del valor del producto expresado en el precio (escuela austríaca), que siendo verdad en su formulación, ya no está reducida a la espontaneidad del consumidor, sino al efecto sobre éste de la novedad, publicidad y la manipulación de la psicología humana. En este punto hace el pronóstico, en fecha tan temprana como 1942, de que los problemas del pequeño comercio no le llegarán de la competencia con sus iguales, sino de los grandes almacenes. Schumpeter concluye, respecto de los monopolios, que la competencia perfecta es imposible e inferior, en todo caso, y que la gran empresa tiene el mérito de haber garantizado el progreso en términos de la expansión de la producción total.

Lo que habría que preguntarse en 2020 es si es saludable el empeño en seguir incrementando la producción de futilidades en los propios mercados y no serían mejor favorecer la transmisión de cierta capacidad productiva hacia países que han quedado retrasados, pero no para usarlos exclusivamente como mano de obra barata para producir baratijas para occidente, sino para elevar el consumo de productos necesarios en esos países. El problema, probablemente resida en que estos países no tiene capacidad de pagar los sofisticados bienes que la industria occidental puede producir aunque sean básicos como los alimentos, medicamentos o vestidos porque todavía no tienen niveles de renta suficiente. En Occidente, por el contrario, se incrementará la renta per cápita cada año, hasta el agotamiento de la capacidad de absorción o mediante el uso del mecanismo de obsolescencia programada, que tan peligroso es para el tratamiento de los residuos industriales generados por el acortamiento del ciclo producción-uso-desuso. Quizá, sea bueno organizar todo el conocimiento acumulado en occidente en personas jubiladas recientemente y jóvenes formados pero sin empleo, para que fuera utilizado en países atrasados a fin de proyectarlos hacia una producción eficaz, al tiempo que se exploran forma de producción no contaminantes. Operaciones que no parece que “el mercado” esté dispuesto a afrontar sin que los estados establezcan reglas de acción y financiación.

Es interesante el comentario de Schumpeter sobre el impacto de la explotación colonial como una razón para el incumplimiento de la intensificación en la explotación de los propios trabajadores.

Lo que le habría dado una tregua a estos, aunque este proceso de depauperación podría haberse activado en estos años, a partir de la crisis de 2008 en que la precariedad y la desigualdad aumentan al objeto de que los países controlen la deuda generada por el propio sistema, que invitó al consumidor a tener cotas de bienestar a un ritmo desproporcionado con el aumento de la renta. De esta forma se ha producido un despilfarro de los capitales ahorrados, que en vez de utilizarse para investigación (por ejemplo) se ha quemado en burbujas inmobiliarias para dotar a la población de segundas residencias en lugares inverosímiles.

Pero las coyunturas no le preocupan a Schumpeter, que trata de averiguar si el capitalismo podrá sobrevivir a la caída de los tipos de interés de las inversiones privadas. Interés que puede caer, según él, por la saturación de los consumidores, los nuevos territorios, las innovaciones técnicas y la relevancia de las inversiones públicas. La saturación la relaciona con las necesidades de los individuos y la caída de la natalidad. Aunque llama la atención para que no se confunda necesidad con demanda. Se pregunta si las necesidades podrán satisfacerse completamente en algún momento.

Desde 2020 ya podemos decirle que no, pues se generan nuevas necesidades lúdicas incesantemente.

En cuanto a la natalidad, cuya caída ya observa en 1942, está por ver la capacidad de adaptación del capitalismo generando necesidades nuevas o redirigiendo parte de la producción hacia la inmensas poblaciones de los países sin desarrollo mediante el low cost. Es curiosa su observación sobre la motivación de la caída de la natalidad, que asocia con las expectativas de satisfacer necesidades alternativas incompatibles con la crianza. En todo caso, no ve problema para el capitalismo en la caída de la natalidad.

Otra cosa es la absorción de capital para el mantenimiento de grandes masas de jubilados. Un problema que probablemente se arregle sólo en el futuro, por la caída de la población y la simultánea conversión del capital variable en fijo por la robótica.

En lo relativo a las innovaciones tecnológicas, Schumpeter rechaza la idea de que “el gran paso en el adelanto técnico está ya dado y que no quedan por conseguir sino mejoras pequeñas“, pues piensa que, a pesar de todas las maravillas de la electricidad, “somos incapaces de descubrir de dónde vendrán oportunidades de una importancia comparable“. También rechaza la idea de que la técnica ya ha dotado de pertrechos suficientes a la fuerza de trabajo y no cabe esperar otra cosa que mantenimiento y reposición. No menos enérgico es con el rechazo a la idea de que el capital fijo disminuirá. En definitiva rechaza la idea general de que el aumento de la eficiencia del capital aplicado disminuya las oportunidades de inversión o aplicación a otras actividades. Idea que subyace en la intención de que las inversiones públicas sean más importantes aunque produzcan déficit. Admite que a medida que se alcanzan determinados estándar de riqueza generalizada se dedican más fondos al embellecimiento de ciudades, salud pública, etc, pero que esta verdad no condena a la inversión privada a pérdidas estructurales.

Lo cierto es que estos días (2020) el rendimiento del capital es muy bajo y proliferan los financiadores privados estimulando el consumo con intereses mayores que los que, al parecer, cabe esperar de la inversión en proyectos de tipo industrial. Sin embargo, también hay grandes apuestas por el desarrollo de software de optimización de recursos que adquieren con rapidez grandes beneficios por su capacidad de encontrar millones de usuarios.

SOCIOLOGÍA CAPITALISTA

Schumpeter ironiza con Marx y dedica unas páginas a la “superestructura” del capitalismo. Comienza con una comparación entre pueblos primitivos y el actual comportamiento poniendo en duda que la racionalidad “seca” y “crítica” sea la que proporcione los únicos criterios para orientar la acción. El ser humano busca beneficio, coherencia emitiendo teorías en número pequeño y contrastadas por la experiencia. Pone el énfasis sobre la pretendida superioridad de la capacidad crítica que cuestiona la existencia de reyes, impuestos o propiedad. No considera que la opinión de que esta capacidad crítica sea el rasgo de un estadio superior de civilización. Pone el ejemplo de lo que considera el fracaso de la ilustración en relación a la reacción conservadora posterior. La lógica, en su opinión, fue construida por la acción económica, desde la más elemental de buscar el alimento. El carácter práctico y cuantitativo de las decisiones económicas las hace más necesariamente precisas. Una vez convertidas en costumbre extienden su esquema al resto de decisiones.

Esta racionalidad es una característica de la actividad económica que se expande cuando el capitalismo convierte la moneda en unidad de coste-beneficio y genera la contabilidad de partida doble. Para Schumpeter esta mentalidad lo cubre todo, desde la medicina a la belleza. El nacimiento del capitalismo no es ajeno al desarrollo de la matemática y el individualismo rebelde de Galileo es ya el retrato del capitalista moderno. El capitalismo al crear un ámbito opuesto al cerco escolástico perturbando la paz intelectual atrajo a las mentes más vigorosas e inteligentes. Más allá de la iglesia, el señorío y los terratenientes, el capitalismo creó un ámbito nuevo para el desarrollo de carreras individuales. Primero fue prestamista, después minero y finalmente (hasta 1942) industrial. Sin embargo se tardó en que sus principales líderes tuvieran influencia social. Pero, según Schumpeter, el capitalismo ha sido el mayor impulsor del desarrollo de la racionalización del comportamiento humano. Racionalidad que vemos luego aplicada a las instituciones de todo tipo. Se atribuye al capitalismo el desarrollo de la medicina y, por ende, la educación. El arte no escapa a este enfoque. Más allá considera que los hábito creados por la búsqueda del lucro, con todos sus aspectos negativos está detrás de logros tan incontestables como los del dominio de las enfermedades, pero que está presente también en la evolución del arte. En su opinión “la liquidación expresionista de las formas objetivas nos ofrece una conclusión maravillosamente lógica“. Es decir, considera que la abstracción es el remate del proceso de aplicación de la racionalidad espoleada por el capitalismo. Se refiere obviamente al expresionismo abstracto recién llegado a América con los artistas europeos que huyen del régimen nazi. He aquí en toda su pureza la relación infraestructura-superestructura marxiana. Aprovecha esta relación de logros del capitalismo para ironizar con las quejas radicales en contraste con los avances políticos y económicos actuales. Se ríe de sus lamentos de fingidas cadenas y depauperación. En su opinión, nunca el capitalismo ha sido tan generoso con los problemas sociales y nunca la libertad para todos, surgida de la necesidad racional del capitalista de librarse de los abrazos reales, aristocráticos o religiosos, ha sido tan espléndida. Considera que el modelo racionalizador surgido con naturalidad del capitalismo ha disipado todas las atmósferas tóxicas supersticiosas, dejando los objetivos claramente humanos limpiamente a la vista, despojados de los misticismos radicales. Nadie ha hecho más por las masas que el capitalismo que, al crear riqueza, crea el estado de ánimo que admite las reformas sociales sin crispación.

Quizá olvida Schumpeter que los logros sociales has sido siempre consecuencia de la presión interna del sistema, vía el sindicalismo de primera hora, o externa, como las que resultó en su momento el comunismo como un supuesto rival en la conquista de los anhelos de la gente. Es decir, la racionalidad que crea y acompaña el capitalismo tiene su lado oscuro: la resistencia a cumplir su propia tendencia acaparando en pocas manos mucha riqueza. Se podría decir que el capitalismo necesita a los radicales anticapitalistas para ser fiel a sí mismo, dado que los individuos que los materializan no son conscientes de la hegeliana astucia de la naturaleza que los conduce más allá de sus propósitos.

Schumpeter profundiza en su tarea de colocar a la racionalidad capitalista en el fundamento de su propia superestructura. Toda superstición desaparece ante el foco de la razón capitalista, mientras sus críticos pierden el tiempo criticándola. Así dice lúcidamente: “… nuestro sentido heredado del deber, privado de su base tradicional, se concentra en ideas utilitarias sobre la mejora de la humanidad, ideas que de un modo completamente ilógico resisten la crítica racional mejor de lo que lo hace el temor a Dios“. Se atreve a decir que el feminismo es un proceso plenamente capitalista, considerando los movimientos reaccionarios “prueba” de la tesis. Llega al extremo de afirmar que el pacifismo y la moralidad en los tratos internacionales son hijos del capitalismo mirado como una fuente de limpieza de toda superstición y todo antihumanismo. Obviamente, de forma inmediata se defiende de los múltiples contraejemplos de una burguesía militarista, invasora y depredadora que la historia proporciona, pero se refugia en que eso son desviaciones de la idea clave: el capitalista tiene origen y es fundamento de una racionalidad depuradora de todo lo que no sea el bienestar material, primero, y espiritual, después, de la humanidad. Naturalmente se sigue de este razonamiento que las ideas de izquierdas no revolucionarias, mejoradoras de la vida cotidiana de las personas, del feminismo a la permisividad sexual, del ecologismo al pacifismo son hijas de la racionalidad capitalista.

¿Como ha pasado desapercibida esta idea? No había oído hablar de ella nunca. Toda la crítica anticapitalista, desde el Marxismo a la de la Escuela de Frankfurt, del anarquismo a los actuales antisistema creen ser enemigos acérrimos del que Schumpeter desvela como su padre ideológico. Desde luego es una tesis a desarrollar. La tarea parece ser librar al capitalismo de sus enemigos: los capitalistas. Irónica situación. Es algo parecido a librar al marxismo de los marxistas o al cristianismo de la Iglesia.

Todo ello en el marco trágico de una humanidad que no rige su destino, sino que es llevada más allá de sus propósitos por fuerzas que, al menos hasta ahora, no ha conseguido controlar. Por eso, es consciente de que los logros del capitalismo no hacen más certero los pronósticos sobre su futuro.

EL GIRO DRAMÁTICO

Una vez sentada la importancia de la racionalidad capitalista en nuestra civilización, Schumpeter se dedica justificar una idea funesta: el capitalismo está tocado de muerte. Empieza reconociendo que, aunque las necesidades aún tienen un largo recorrido por la transformación del goce frívolo en necesidad (el juego, el ocio…), podrían acabarse las posibilidades de acción empresarial con la saturación de las necesidades humanas. Sin empresarios no hay capitalismo. El empresario transforma los medios de producción en función de las novedades surgidas. Esto requiere audacia y confianza, cualidades que sólo tienen una pequeña fracción de la sociedad. El empresario no inventa, consigue que se hagan las cosas. Pero su intuición está empezando a ser sustituida por cálculos de especialistas. Algo parecido a lo que ocurrió cuando el valor personal del caballero fue sustituido por las armas de fuego que cualquiera podía accionar. No hay que confundir al empresario con el burgués. Clase ésta compuesta por los más ricos que viven de rentas, a la que accederá solamente si tiene éxito. El empresario da sustento a la burguesía renovándola, pero una vez en ella, si se desconecta del negocio, su familia decaerá en no más de dos generaciones.

Por otra parte, la automatización y burocratización convertirá al empresario en un asalariado, lo que anticipa la pérdida de rentas por parte de la burguesía. Este proceso puede acabar con el capitalismo mismo. La tesis de Schumpeter es que el capitalismo morirá por sus propios éxitos sin intervención de radicales anticapitalistas. Destaca nuestro autor lo curioso de la permanencia del prestigio del caballero medieval frente a la atonía de la reputación del empresario. En el caballero y su heredero el aristócrata hay poesía y en el empresario sólo hay prosa. Por eso rehúye la política, pues en ella quedaría desvelado su desamparo retórico, cultural o meramente emocional. El burgués no puede dirigir su país ni, muy a menudo, defender sus intereses de clase. En teoría necesitaría un amo, pero ha prescindido de él y creado las condiciones políticas y sociales para que no se a posible su emergencia. Según Schumpeter, el capitalismo, al eliminar la estructura social del medievo, quitó obstáculos a su desarrollo, pero también protección para evitar su colapso, pues es un sistema que también se autodestruye. Empieza por destruir a los estratos más bajos de sus propia estructura (el pequeño comercio). En el pequeño comercio o empresa productiva están presentes de forma cercana el ejercicio de la competencia y de la libertad de contratación. Valores que desaparecen con ellos para dejar un vacío ocupado por relaciones viciadas basadas en la desconfianza y la precariedad impuesta por los monopolios. En efecto en la gran empresa el propietario desaparece para ser sustituido por gerentes y accionistas. El gerente adopta la actitud del empleado y el pequeño accionista la del pueblo maltratado, volviéndose, unos y otros, contra su empresa con facilidad. La desaparición del propietario y de la efectiva y personal libertad de contratación son resultado del propio desarrollo del capitalismo.

Un proceso que la digitalización está llevando a sus límites posibles (Amazon, Google…). Hoy en día algunas empresas nacen ya sin su equivalente a pequeña escala por las tremendas inversiones necesarias. Es el caso de las llamadas tecnológicas como Samsung o Apple.

Por su parte el accionista no se siente propietario y no defenderá su empresa con el vigor que lo haría éste. Con la autoridad del propietario desaparece la subordinación moral y, con ella, cualquier defensa de la propiedad de los medios de producción.

Todo esto se traduce en hostilidad hacia el capitalismo por razones que van más allá de la crítica de sus enemigos. Por eso, Schumpeter nos propone otra teoría causal. El espíritu crítico del capitalismo que fue utilizado contra sus adversarios precapitalistas, se vuelve ahora contra sí mismo, a atacar, no ya los privilegios de la Iglesia o la monarquía, sino contra su fundamento: la propiedad privada. En su defensa, el capitalismo no tendrá bastante con argumentos, pues con ellos sólo llegará a la superficie racional del adversario dejando incólume su núcleo irracional, pues al librarlos del freno de la tradición sagrada lo deja al descubierto. Para Schumpeter ya se ha dictado sentencia contra el capitalismo, y la defensa basada en sus logros prácticos, no le salvará.

Desgraciadamente para el capitalismo los únicos que ven sus ventajas a largo plazo son los que hoy se benefician. Por el contrario es difícil convencer al parado con el argumento de que sus bisnietos estarán mejor. El capitalismo, por otra parte, es incapaz de generar una adhesión emocional. Sin embargo para Schumpeter todavía no es suficiente con estos hechos para justificar la hostilidad al capitalismo. Para eso hace falta la acción premeditada de los que llama intelectuales, a los que considera agentes del resentimiento. Adversarios surgidos de la misma lógica constituyente del sistema. Les reconoce su capacidad de influir por dominar los mecanismo de la comunicación escrita y hablada. Pero les reprocha que no tienen experiencia directa en los hechos relevantes y que su actitud es siempre crítica. Contradice, él mismo, la tesis del surgimiento del intelectual en el seno de capitalismo cuando advierte que ya existieron en el pasado (qué decir de Sócrates que le costó la vida su visión crítica). Pero sigue viendo en el capitalismo el clima ideal para el intelectual al dotarlo de libertad e imprenta.

El pensamiento racional aparece en la historia de la humanidad mucho antes que el capitalismo, pero éste le da un sentido especial. De hecho, asocia el nacimiento del humanismo al del capitalismo (no está claro quién precede a quién). Pero en su nacimiento, los riesgos, si no se contaba con la protección de un señor eran altos. Es el capitalismo el que los convierte en agentes libres de opinar al convertir sus opiniones en mercancía con valor. Poco a poco el protector individual fue sustituido por el protector colectivo (el público burgués). Un ejemplo del primero fue Aretino y del segundo John Wilkes. El intelectual en el mundo burgués es protegido aunque tenga enemigos (los perjudicados por sus embates).

El burgués sólo autoriza la violencia fuera de la ley cuando está aterrorizado “la libertad que desaprueba no puede ser destruída sin destruir también la libertad que aprueba“. Lo peor para Schumpeter es que la crítica intelectual a las personas y los acontecimientos ha derivado en la crítica a las instituciones. Cree que el origen está en el aumento de la educación provocado por las necesidades industriales que ha traído una especie de persona ilustrada incapaz de participar productivamente en la sociedad, ya sea como trabajador manual, ya sea como profesional liberal. Atribuye al sistema educativo el proporcionar un tipo de egresado incapaz de superar las pruebas de las empresas para la contratación de personal. Este excedente engrosan las filas de los intelectuales resentidos, que siempre que tengan ocasión atacarán a las instituciones a las que hacen responsables. Sin embargo, Schumpeter no atribuye toda la responsabilidad de la hostilidad al capitalismo a los intelectuales, sino que cree que éstos simplemente amplían un malestar más profundo: el que subyace en los movimientos obreros, que no habiendo solicitado nunca el apoyo del intelectual se ha encontrado que se ha puestos al frente haciéndolos más radicales. Schumpeter pronostica que la atmósfera creada pondrá en peligro al capitalismo. Parte de esa atmósfera la crea las burocracias nacionales que están más cerca de los intelectuales por formación y que nunca se han compenetrado con los valores capitalistas.

DESCOMPOSICIÓN NO MARXISTA DEL CAPITALISMO

Entre el resentimiento y la legislación inspirada por él, el capitalismo sufre un grave riesgo… Pasa ahora, Schumpeter a analizar los cambios en las estructura social del los burgueses como consecuencia de estas tendencias. El principal es la desmotivación de los burgueses, que ven ya imposible la creación de dinastías industriales. Desmotivación que va más allá de la teoría de la reducción de las oportunidades de inversión. Las causas que ve son: 1) la pérdida de sustancia de la propiedad que se ha disuelto en sociedades anónimas, 2) la desintegración de la familia burguesa al romperse la fuerza de los vínculos matrimoniales y filiales como consecuencia de la generalización de la búsqueda de la felicidad individual frente a los intereses de clase. Tendencias que ve progresar aunque no se atreve a pronosticar la gravedad que pueden alcanzar.

POSIBILIDADES FUTURAS DEL SOCIALISMO

Una vez que pronostica el final del capitalismo por las razones aducidas, se pregunta Schumpeter si el socialismo tendrá alguna posibilidad. Su respuesta de salida es “sí”. Para razonarlo empieza aclarando que si una sociedad mercantil es aquella en la que existe el derecho a la propiedad y los medios de producción son privados, el capitalismo es una forma de sociedad mercantil, pero no la única. Entre las posibles sociedades mercantiles, el capitalismo se caracteriza adicionalmente por la concesión de créditos. Obviamente, el socialismo no es una sociedad mercantil, pues en ellas los medios de producción y su gestión son de titularidad pública y es ejercida por funcionarios.

Schumpeter, cuando habla de socialismo está pensando en el comunismo. En ningún caso en lo que actualmente se entiende por socialdemocracia, normalmente gestionada por los llamados partidos socialistas.

Además aclara que su gestión pública es centralizada, excluyendo otro tipo de intereses particulares. Reconoce que el socialismo aspira a ser algo más que un proveedor de recursos materiales para la totalidad de la sociedad y enarbola conceptos como libertad, justicia, igualdad, además de acabar con la “explotación del hombre por el hombre” para hacer posible la dignidad individual y colectiva de todos y cada uno de los seres humanos. Pero en el campo contrario se advierte (Von Mises) que la economía socialista no puede actuar racionalmente porque carece del referente esencial de los precios que sólo el mercado puede proporcionar. Referente que controla la pertinencia de la producción. Al faltar esta referencia tiene que ser sustituida por un acto político en el que la distribución está separada de la producción y condicionada por la cultura política y social del régimen, lo que lo convierte en un acto completamente arbitrario desde el punto de vista económico. Con el problema añadido de la decisión de qué producir y cómo hacerlo. De resultas Schumpeter dedica unas páginas a imaginar situaciones a cual más complicada y frustrante para las autoridades planificadoras en la fijación de las normas para controlar aspectos tan complejos como los gustos de los ciudadanos y una demanda ajustada a la oferta de productos para evitar derroches. Concluye que para ejecutar de forma racional una economía socialista es necesario utilizar los conceptos capitalistas con abstracciones más o menos importantes. Quizá la analogía más importante es la de la “competencia perfecta”, aquella en la que el productor no influye en el precio, ni el consumidor distingue entre productores por la homogeneidad de los productos.

Pero las diferencias son notables nada menos que en la formación de las rentas, las selección de los gerentes, la distribución de la responsabilidad y la definición del éxito y el fracaso. Acciones que en la economía socialista tiene que ser resultado de decisiones planificadas por una autoridad. Lo que implica el reproche desde las filas antisocialistas de que ésta es una tarea imposible por su complejidad alejada de la capacidad del más inteligente de los potenciales dirigentes políticos. No hay semidioses que planifiquen ni arcángeles que dirijan la economía, por lo que habría que pensar que el socialismo es lógicamente posible, pero prácticamente inviable, incluida la falsa esperanza de que el ser humano cambie radicalmente en su comportamiento para adaptarse a esa idealidad. Pero Schumpeter sigue con su experimento mental y afirma que la financiación desde el Estado es posible con más eficacia y que el mecanismo de retribuciones a altos directivos, que ahora escandaliza, puede ser perfeccionado con pagos en especies.

En el orden sociológico se espera una mayor lealtad moral al régimen por razone éticas y de compromiso con los fines. A esto se suma la pérdida de reputación del empresario y el progreso de la democracia en la fábrica. Formas de sostén de un régimen económico que sólo podrá recuperar un régimen socialista, en opinión de Schumpeter, pues la gerencia capitalista ha perdido la fuerza para recuperar la disciplina y la ética del trabajo por la propia naturaleza de su desarrollo. Se añade la ya mencionada desaparición de oportunidades de inversión y préstamo a interés a medida que se colman la necesidades. Finalmente dice provocadoramente, que el desarrollo del capitalismo “configura las cosas y las almas para el socialismo.” Pero no olvida que la aplicación de un igualitarismo radical echaría a perder este proceso. Pero en caso de advenimiento del socialismo, Schumpeter especula sobre cómo se llevarán a cabo las indemnizaciones a los tenedores de títulos de propiedad o accionistas de compañías. En fin, con este pesimismo acaba el primer tomo de la obra de Schumpeter.

SOCIALISMO Y DEMOCRACIA

El segundo volumen enlaza con el primero al plantearse la cuestión de la dictadura del proletariado. Lo que equivale a la implantación de un régimen no querido por la gente, pero supuestamente bueno para ella, en un flagrante desprecio por la democracia. La democracia, en tanto que método político, no es un fin en sí misma, sino una de las formas de conseguir dirigentes para los intereses comunes. Llevando al extremo su aplicación cualquier cosa que el pueblo decidiese, por criminal y estúpida que fuera, debería ser aceptado.

Esto plantea el falso problema de si se debe aceptar que un dictador elegido democráticamente acabe con ella. Falso problema porque, quien elige no tiene por que saber que va a ser suspendida la democracia. Pero en caso de que el candidato incluya en su programa tal suspensión no debe ser admitido en la contienda electoral. Es decir, si su propósito es suspender la democracia no necesita ser legitimado por esta para hacerlo, que se tome la molestia de tomar el poder por la fuerza.

TEORÍA CLÁSICA DE LA DEMOCRACIA

Schumpeter considera que la democracia representativa implica que el electo podrá tomar decisiones conforme a su mejor criterio y no necesita estar consultando continuamente a sus electores. Ya habrá ocasión de que rinda cuentas en las siguientes elecciones. Pero critica el error de aceptar los principios utilitaristas de “la mayor felicidad para la mayor cantidad de gente posible” y el principio roussoniano de educar a la gente para que ejerza en libertad su voluntad configurando la “voluntad general“. Opina que a pesar del descrédito del utilitarismo sus principios se siguen utilizando en política sin más análisis. Según la teoría clásica de la democracia, ésta es el sistema político que obtiene el “bien común” dejando al pueblo decidir por sí mismo las cuestiones planteadas mediante la elección de representantes que apliquen la voluntad popular. También se caracteriza por aceptar la existencia claramente percibida del bien común que se corresponde con la voluntad común que lo desea. Por tanto, las diferencias políticas deberían limitarse al ritmo con que deben aplicarse las políticas para lograr tal bien común.

Schumpeter empieza la crítica de esta visión atacando a la propia idea de bien común. Un desiderata de difícil definición en cuyas redes cayeron los utilitaristas como base de su simplista visión de lo valores humanos. Valores que son tan diferentes que fracturan la felicidad humana haciendo prácticamente imposible la convergencia en qué y cómo obtenerla. Se puede estar de acuerdo en planos muy generales, como la salud, y discrepar en el uso de la vacuna, por ejemplo. Si no hay bien común, difícilmente habrá una voluntad general que lo busque. Añade Schumpeter las sospechas de que el comportamiento humano tiene suficientes componentes irracionales como para sospechar de su influencia y efectos sociales y políticos. También considera las dificultades para que los seres humanos conviertan en una experiencia subjetiva nexos objetivos que se dan “delante de sus ojos“. De este modo tardan en advertir las soluciones a problemas endémicos. Un ejemplo es la relación entre la higiene y las epidemias.

Vivimos tiempos en lo que hábitos saludables adquiridos por las generaciones precedentes se abandonan en base a ideologías sobre la maldad de supuestos dirigentes globales que las recomiendan. Es el caso de las vacunas. Tal parece que un fondo irracional de sospecha facilita el que mucha gente se posicione contra determinadas prácticas recomendadas universalmente, especialmente si sus procesos son difíciles o imposibles de observar organolépticamente (microbios, radiaciones), atribuyendo a la malicia o la codicia su difusión. Ocurre lo mismo con el cambio climático que la mirada profana convierte rápidamente en conspiración de intereses ocultos. La voluntad humana es tozuda y rígida. Está relacionada con sentimientos de autoestima y seguridad que complica el abandono de creencias familiares, la primera de las cuales es sospechar de la buena voluntad o de la acción de azar. Cada individuo tiene a su disposición un ámbito en el que puede ejercer su voluntad, lo que da satisfacción primaria a su pulsión de ejercicio de dominación, pero encalla ante problemas más complejos a los que aplica sus escasos recursos cognitivos. Voluntad que llega confusa al ejercicio del derecho democrático al voto. Hoy en día esa confusión llega a valores extraordinarios debido al empleo, por parte de determinadas opciones políticas, del recurso al sentido común como fuente de acción para el gobierno de complejos tan importantes como los estados modernos.

Siguiendo con su crítica a la teoría clásica de la democracia, Schumpeter recuerda que el ciudadano puede llegar a ser un mal juez hasta de sus propios intereses, si atiende exclusivamente a las ventajas a corto plazo. Aunque cuando los asuntos nacionales tienen un efecto directo sobre sus intereses suele reaccionar con rapidez, pero, en cuanto las cuestiones planteadas se alejan de su círculo de intereses más inmediatos, su forma de razonar se vuelve dudosa. Esta circunstancia debilita su voluntad y lo aleja de un comportamiento responsable. Comportamientos que resultan más sorprendentes en personas educadas. Lo que se explica por la falta de interés en desarrollar un espíritu crítico ante la información que le llega del ámbito político, por muy competente y responsable que sea su desempeño en su ámbito profesional. Su rendimiento mental se reduce cuando abandona el círculo de sus intereses inmediatos y penetra en el de la gestión de los intereses generales. Schumpeter cree que aunque no hubiera políticos que expresamente intentaran intoxicar la opinión de los ciudadanos, estos ya poseen prejuicios suficientes para enturbiar su juicio. Lo que se acompaña de una menor exigencia moral, como consecuencia de la atribución de la responsabilidad a los dirigentes. Esto facilita la fabricación de la voluntad por parte de los profesionales de la política.

Nick Clegg, el político liberal inglés, contaba que en la campaña del Brexit en 2016, un miembro de su demarcación política le decía que iba a votar contra la permanencia en la Unión Europea “sólo por armar un poco de follón“.

Así vemos cómo se usan las mismas técnicas utilizadas en la publicidad, creando asociaciones entre los deseos y las expresiones políticas de medios y fines. Evasivas, reticencias, repeticiones de ideas simples son las armas. Y todo ello sin el freno que supone para un producto material su mala calidad constatada. No por ello cree que sea imposible que a largo plazo, la experiencia negativa permita rechazar propuestas falsarias, pero muy a menudo esta clarividencia de la ciudadanía expresada colectivamente llega tarde.

Esta idea subyace en el comportamiento político de las masas tras una terrible conmoción como fueron las guerras del siglo XX, pero apenas han pasado ochenta años y los estímulos de demagogos producen los mismos efectos nocivos que antaño sobre las voluntades actualmente en ejercicio adulto. La consecuencia es la repetición trágica de los errores.

Esta visión escéptica sobre la democracia se pregunta cómo ha podido permanecer tanto tiempo en el candelero social a pesar de que la teoría utilitaria en la que está basada hace ya tanto tiempo que fue refutada. Schumpeter encuentra explicación en la asociaciones entre el utilitarismo y la religión. Es decir, en el carácter religioso de la pretensión de felicidad para todos que el utilitarismo propuso. Pone como ejemplo el anhelo de igualdad, que no resiste el análisis empírico, pero que es un fin indiscutible de la doctrina de la religión cristiana. La insistencia del redentor en la importancia de cada alma es un aval para la democracia entendida como ejercicio de una voluntad general con fundamento en los anhelos comunes de todos los individuos. Una vez instalada en ese registro, la democracia clásica es inatacable, cometan lo errores que comenta sus dirigentes. Se ha convertido en una religión. Pone el ejemplo de Suiza como un país en el que puede funcionar el antiguo concepto de democracia clásica, basada en las decisiones bien comprendidas de la gente, debido, no a un especial forma de ser del suizo, sino por la simplicidad de los problemas que se plantean a la gestión política del país.

PROPUESTA DE TEORÍA DE LA DEMOCRACIA

Hecha la crítica a la teoría clásica de la democracia, Schumpeter aborda una propuesta mejor adaptada a la naturaleza humana. Parte del hecho de que hay regímenes no democráticos que pueden servir a los intereses del pueblo perfectamente (Quizá estuviera pensando con una antelación de ochenta años en el régimen chino actual). En todo caso, tampoco incluye en el concepto de régimen democrático a las monarquías constitucionales, por no existir competencia en la elección del Jefe del Estado y, al menos formalmente, ser el gabinete un servidor del monarca antes que del pueblo. El criterio que utiliza para definir una democracia es el de colocar la capacidad de decidir de los políticos elegidos por delante de la del pueblo que se limita a elegirlos y destituirlos, pero no interviene en la marcha gubernamental entre elecciones. De ahí se sigue la importancia decisiva del liderazgo y el reconocimiento realista de su intervención en la configuración de la voluntad general. Como se ve es la postura opuesta a la de la teoría clásica, en la que la voluntad general es previa y espontánea. Cuando el pueblo tiene necesidades éstas se incorporan a la acción política cuando un líder se decide a explotarlas y no antes. Entre tanto, se tendrá en sordina con distintos subterfugios. La elección del líder ideal es por el voto, pero entre esta situación y la imposición autoritaria hay numerosos casos de fallos en la competencia por el voto, debido a métodos fraudulentos (como la financiación ilegal de partidos). Queda así establecida, en opinión de nuestros autor, la relación entre la libertad individual y la democracia, pues el individuo goza de un ámbito de dimensiones variables en los que ejercer su voluntad de forma limitada en cualquier sistema político, pero con cotas de expresión y discusión que son propias de la democracia, incluida la libertad de se elegibles y de elección de los líderes.

La posibilidad de que cualquier ciudadano sea elegible en una democracia es un buen ejemplo del concepto de “libertad limitada”. En efecto todo ciudadano puede presentarse a las elecciones, pero ni todos cuentan con los medios, ni todos los que lo pretenden pueden alcanzar la meta. Es de aplicación este concepto al llamado “sueño americano”, expresión de la libertad de cualquier ciudadano americano de hacerse rico. En efecto, ni todos tienen las capacidades, ni las oportunidades, ni hay sitio para tanto rico. Es decir, tanto la política como la riqueza son ámbito limitado a los que no pueden acceder todos, por lo que no debe derivarse del éxito un derecho ilimitado: el de acabar con la competencia, ya sea instaurando un régimen totalitario en el ámbito político o un monopolio absoluto en el económico. Soluciones de las que se derivan tanto patológicas dinastías políticas como económicas. Además de confiar al juicio de uno o pocos hombres la complejidad de las soluciones a tomar.

Schumpeter no duda en afrontar la espinosa cuestión de los sistemas de elección proporcionales o mayoritarios. En un caso las minorías tienen representación, en el otro, los gobiernos son más estables. Él cree que el principio democrático de elección del liderazgo es coherente con el sistema mayoritario, en el que el vencedor gobierna sin lastres. Una libertad de liderazgo que supone el sometimiento de aquellos que los eligen en el parlamento, en el caso de las democracias europeas, o del propio electorado, en el caso de la elección directa del presidente como ocurre en Estados Unidos.

Desde luego la descripción que da Schumpeter de democracia real se ajusta mejor a nuestra experiencia de electorados manejados por la propaganda y diputados sumisos al líder, si quieren conservar su puesto. Suenan en nuestros oídos las impostada frases de halago al líder de los miembros de Consejo de Gobierno y la ausencia total de críticas, mientras no llega una crisis y es obligado elegir entre líderes tras un fracaso electoral sonoro. Por eso se puede decir que los partidos políticos son, de algún modo, empresas de proveedoras de empleo.

Los partidos políticos con sus líderes al frente no tienen otro objetivo que alcanzar o mantener el poder. Del mismo modo que cuando un ejército se empeña en la toma un colina no lo hace por las vistas o la sombra de sus árboles, sino por la victoria final sobre el enemigo, incluso cuando un partido político propone o se oponen a una ley está tratando de minar al contrario según considere que esa ley le va a aumentar su reputación ante el electorado, o se la va a dar al contrario. Pero no hay que olvidar que el liderazgo se ejerce en una democracia con limitaciones que obligan a mantener las formas y a aceptar derrotas parlamentarias tratando de limitar daños con mociones parciales o con sibilinas posturas del tipo “como decíamos nosotros…”. Y esto porque, del mismo modo que la actividad económica se explica antes por el afán de lucro que por la satisfacción de necesidades, la acción política se explica mejor por el deseo de poder que por las promulgación de leyes. Obviamente, ni el lucro, ni el poder obtendrían formas de satisfacción de no existir las necesidades humanas materiales o de organización social.

Finalmente resume sus puntos de vista sobre la democracia diciendo que raramente los electores saben por qué elegir a un candidato y esperan que éste les haga propuestas. También es raro que lleven espontáneamente a un ciudadano al poder y es más habitual que escojan entre los que se proponen. Por otra parte, un partido político no es un grupo de hombres comprometidos con unos principios, que sin duda serán enarbolados continuamente, sino de vigorosos competidores por el poder, al menos por lo que respecta a líderes y camarillas anexas con influencia en los acontecimientos.

SOCIALISMO Y DEMOCRACIA

Con este capítulo acaba la parte más interesante del libro de Schumpeter. En él trata de dilucidar si democracia y socialismo son conceptos inseparables, como afirman la socialdemocracia o, por el contrario, como afirman los enemigos del socialismo, no es posible la democracia en el socialismo. Para nuestro autor, estos dos conceptos no son incompatibles, pero tampoco se siguen el uno del otro.

En la democracia el pueblo no gobierna de forma efectiva, sino que elige a quien ha de hacerlo. Por eso rechaza la idea de que la política ha de ser una actividad amateur. Por el contrario la considera una actividad para profesionales, tal y como se ejerce. El político moderno necesita aplicarse plenamente a su carrera; tanto como tenía que hacerlo un cortesano en las monarquías absolutas.

Schumpeter cree que las condiciones para el éxito de una democracia concebida como lo hace él son: la calidad de los líderes, la calidad de los funcionarios, evitar legislar en caliente sobre delitos y, aunque a los políticos les cuesta mucho, no interferir y mantener a la justicia y al control financiero lo más lejos posible de las decisiones políticas. Por supuesto que la independencia del legislativo respecto del ejecutivo es una batalla perdida, aunque hay sistemas de designación como las “constituency” inglesas que lo favorecen. Por otra parte, recomienda que la oposición resista la tentación de desestabilizar al gobierno a la menor ocasión y que los electores no retiren la confianza a sus elegidos antes de la siguientes elecciones, salvo incumplimientos lesivos graves. Finalmente, sugiere que se debe escuchar al otro sin desorden, por mucho que sus palabras repugnen al que las escucha. Otra cosa será que los electores apoyen a los candidatos que sostengan esas ideas. ***

La democracia moderna nació con el capitalismo (También la democracia griega floreció en un estado comercial). Fue el marco político en el que el comercio dio un salto cualitativo para la riqueza de las naciones. Cuando ha dejado de ser cuidado por la burguesía ha resistido bien los envites de sus adversarios dando acogida y protegiendo incluso a quienes la critican acerbamente. Los burgueses, por los intereses que defienden, han mantenido siempre una atención especial a los acontecimientos políticos, sin embargo, la burguesía ha permitido que individuos nacidos de su seno hayan combatido “su” democracia creando las condiciones para su desequilibrio.

El socialismo democrático ha sabido integrar todos los principios de la democracia burguesa menos el del respeto por la propiedad privada. Dado que, por otra parte, desde el punto de vista económico (cree Schumpeter) que el socialismo es viable, duda de que acabe sabiendo gestionar la democracia que podría heredar o acabaría con ella.

En esa misma época Hayek había dado ya una respuesta negativa a esa pregunta. Aunque luego tuvo que reconocer que el socialismo nórdico lo desmintió al respetar la democracia con altas cotas de igualitarismo social.

Schumpeter cree que la clave reside en el peligro de la extensión del método democrático a todos los ámbitos económicos (por ejemplo a la gestión de una empresa, que para él equivale a introducirlo en el ejército). Es decir, a la intromisión de los político en lo económico. Una situación que se puede resolver distinguiendo entre extensión de la gestión pública y extensión de la gestión política. Acaba concluyendo que en una sociedad socialista nada podrá impedir el imperialismo político entrometiéndose en todos los ámbitos y haciendo fracasar la democracia y, con ella, a la libertad. La intromisión política también corrompe la selección de los gestores públicos de las empresas generando incompetencia. Schumpeter termina con algunas vacilaciones sobre las posibilidades de una economía plenamente socialista y simultáneamente democrática. Curiosamente sus esperanzas residen en que la ética del trabajo relajada en el capitalismo por abandono de la burguesía, se recupere en mano de los gestores socialistas, que una vez elegidos pueden imponerla sin trabas.

Creo que Schumpeter no ve la incompatibilidad entre el poder de elección del obrero y el poder de imposición del gerente. Al menos en el capitalismo actual el mecanismo de disciplina es la amenaza de despido. Pero hay que reconocer a nuestro autor que vió con claridad hace ochenta años que el capitalismo se deslizaría hacía una especie de socialismo por el doble camino de socializar la riqueza con su enorme capacidad productiva y debilitar la defensa de la propiedad privada por su propio desarrollo en grandes conglomerados empresariales. No poco influye el hecho de que la influencia del “pueblo” convertido en consumidor ha crecido exponencialmente al aumentar, también exponencialmente, el peso relativo de la satisfacción de necesidades artificiales. El capitalismo ha contraatacado con sistemas de producción industrial automatizados altamente eficiente que, al abaratar la satisfacción de necesidades primarias, justifican bajos sueldos y con sistemas de prestación de servicios (aplicaciones digitales) que alejan al empleado de los gestores y rompen los vínculos tradicionales entre trabajador y empresa. Esta zanja hace posible el despido a coste cero y una competencia feroz entre desempleados que aumentan sus posibilidades de empleo aceptando condiciones laborales semi esclavistas. Este mismo trabajador en su dimensión de consumidor no puede dejar de consumir el producto barato que él mismo produce perpetuando el círculo en el que ha quedado atrapado. El socialismo moderno trata de paliar la situación aplicando los códigos laborales clásicos a las nuevas situaciones. Cepos de los que las grandes compañías digitales escapan haciendo competir a naciones enteras por la prestación de sus servicios obligándolas a reducir sus impuestos. La situación ha creado dos grandes boquetes en el sistema fiscal. De una parte, la empresa no paga por la razón aducida y el trabajador precario no puede cotizar por sus bajos sueldos. La consecuencia es un decaimiento brusco de los servicios públicos que la demagogia busca compensar con altos impuestos a las grandes fortunas, lo que un poco de aritmética pone de manifiesto que es insuficiente. El sistema en su conjunto se ha convertido en una máquina de general desigualdad, no sólo en la distribución de la renta y su correspondiente estándar de vida, sino en la capacidad de hacer previsiones de futuro para la mayoría de la gente.

Hace unos años los agricultores franceses se oponían violentamente a la globalización comercial (en Francia estas cosas son siempre serias, conforme a la tradición) en base a la falta de protección de sus productos por la competencia de países más baratos (por más pobres). Pero la globalización siguió hasta que ha sido los propios países promotores los que la quieren paralizar con aranceles al ver que la libertad de comercio desequilibra su balanza comercial. Se vuelve así al mercantilismo del siglo XVII de aquellas naciones que sólo quería que exportar sus productos sin comprar los del vecinos.

Creo que sólo desde un mayor grado de globalización planetaria será posible ir equilibrando la desigualdad entre países y dentro de los países. Igualación que tiene un límite por debajo del cual el ser humano se deshinibe cayendo en la pobreza generalizada y en la tiranía. Si hay una desigualdad tolerable debe ser compensada con una generalización de los recursos que hacen posible una vida digna (saludable, educada y previsora). No puede predicarse que cada uno se ocupe de los suyo como ideal político y económico, del mismo modo que no puede proponerse que todos dependan de un super estado. Lo primero porque desde el rico al funcionario o el político todos buscan situaciones confortables desde las que opinar sobre los males y defectos de los demás. Pero lo hacen a costa de estos precisamente, ya como consumidores, ya como contribuyentes. Lo segundo porque el mundo necesita del esfuerzo de todos o, en un mundo improbable de producción ilimitada, del consumo de todos. Tampoco puede proponerse como modelo el “sueño americano”, pues en el olimpo de la riqueza ocurre como con las loterías que sólo unos pocos pueden ganar aunque todos crean que la suerte o el mérito será con ellos. Si esto es así estructuralmente, las diferencias no racionales deben ser corregidas, pues no será pobre el indolente, sino también el que no muestre suficiente ferocidad para hacerse con uno de los pocos puestos disponibles. También es cierto que, a medida que el sistema produce más riqueza, la tendencia del sistema a acumular la renta y la riqueza, el número de puestos aumenta. En los últimos años los millonarios del mundo han aumentado en cinco millones de personas. Una de las fuentes del aumento de los “puestos de trabajo” para ricos ha sido, en mi opinión la explotación del low cost (viajes, alimentos, vestidos…)

Los liberales consideran una falacia socialista decir que la riqueza de unos pocos es consecuencia del expolio de los muchos. Creo que la palabra “expolio” que significa “despojar a alguien con violencia o con iniquidad” es inadecuada, pues el rico que alcanza su riqueza utilizando con habilidad el sistema capitalista no tiene nada que reprocharse (obviamente no entran en esta categoría traficantes y delincuentes). Pero, si el uso hábil y legal de esos mecanismos acumula renta y riqueza en proporciones tales que hace disfuncional el sistema, es necesario introducir mecanismo correctores. El mecanismo tradicional es la fiscalidad. El rico decente a la ida puede incurrir en indecencia a la vuelta evadiendo impuestos. Estos mecanismo correctores no pueden tener la pretensión del reparto modelo Robin Hood, sino la concentración de recursos para invertir en los problemas de las complejas sociedades modernas. Item más si esos mismos mecanismos han quebrado las fuentes tradicionales de fiscalidad.

Los socialistas consideran una falacia liberal decir que el Estado tiene que ser lo más pequeño posible para que el dinero circule y todos los servicios que presta estén privatizados. Aquí “pequeño” se refiere a conservar para el estado prácticamente y en exclusiva el uso de la fuerza “para preservar la propiedad privada”. Obviamente que la propiedad privada debe ser protegida (el más pobre de los seres humanos luchará por ello). Un estado que sólo tenga esa función principal y no se ocupe de la sanidad, la educación y las pensiones de aquellos a los que el sistema no les deje sitio generará enfermedad, irracionalidad e inhumanidad. Factores éstos que degradan al ser humano y ponen en peligro la paz social. Grandes masas de enfermos, iletrados y ancianos abandonados a su suerte sólo necesitan un cabecilla elocuente para que las mayores pesadillas se hagan realidad. Pesadillas inevitables aún cuando el sistema coercitivo sea capaz de neutralizarlos con prodigiosos sistemas de “contención”.

Estos últimos párrafos se redactan bajo el influjo de Schumpeter y su extraordinaria facilidad para razonar sobre cuestiones tan trascendentales para el buen gobierno de una sociedad.

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