Vivimos tiempos en los que, lo que hemos dado en llamar populismos se están extendiendo por Occidente de una forma peligrosa, tan peligrosa que se empieza a temer por la civilización. Pero ¿Qué es el populismo? 

Dice el sociólogo argentino Juan Carlos Torre: 

“La crisis de la representación política es una condición necesaria pero no una condición suficiente del populismo. Para completar el cuadro de situación es preciso introducir otro factor: una «crisis en las alturas» a través de la que emerge y gana protagonismo un liderazgo que se postula eficazmente como un liderazgo alternativo y ajeno a la clase política existente. Es él quien, en definitiva, explota las virtualidades de la crisis de representación y lo hace articulando las demandas insatisfechas, el resentimiento político, los sentimientos de marginación, con un discurso que los unifica y llama al rescate de la soberanía popular expropiada por el establecimiento partidario para movilizarla contra un enemigo cuyo perfil concreto si bien varía según el momento histórico ―«la oligarquía», «la plutocracia», «los extranjeros»― siempre remite a quienes son considerados como responsables del malestar social y político que experimenta «el pueblo». En su versión más completa, el populismo comporta entonces una operación de sutura de la crisis de representación por medio de un cambio en los términos del discurso, la constitución de nuevas identidades y el reordenamiento del espacio político con la introducción de una escisión extrainstitucional.” 

Como se ve, el populismo tiene origen en la insatisfacción de la gente por dos razones: una objetiva, que son las molestias o carencias que experimente en su vida cotidiana, y otras subjetiva, la que experimenta por considerar que quien tiene la obligación de cuidarlo, porque así se comprometió, no está cumpliendo esa promesa. Y aquí tiene hueco Heidegger. Como se sabe, este filósofo dejó dicho que la esencia del ser humano es su existencia y que, por tanto, cada ser humano no tiene otro motor vital que la permanente revisión de su proyecto de vida de acuerdo a cómo le va en la práctica a él y su entorno afectivo. Por eso, el ser ordinario es sentimental, tanto para entregarse al trabajo de forma automática, como para la rebelión cuando se siente traicionado. Pero también se entiende en relación con los otros, por lo que no tendrá una valoración absoluta de sí mismo, sino comparativa con lo que la media social exige y experimentará como pérdida cualquier desviación excesiva por abajo respecto de esa media.

Siendo esto así, ¿cómo responden las teorías políticas vigentes? Pues el liberalismo con una promesa de bienestar general, si se deja todo el capital en manos privadas, para que la riqueza emane desde las meritorias élites hacia las capas más bajas. La socialdemocracia con la promesa de los cambios estructurales que serán capaces de retener, mediante mecanismos fiscales, todo el capital necesario para que, sin que la riqueza vaya a los bolsillos particulares, el bienestar se obtenga a base de servicios públicos gestionados por burócratas bien entrenados para su gestión. Sin embargo, a pesar de que es constatable que, con mayor énfasis en las sociedades prósperas del mundo tanto oriental como occidental, las condiciones de vida en términos de esperanza de vida, mortalidad infantil, PIB por cabeza, servicios públicos de sanidad y educación tienen estándares incomparablemente mejores que en épocas anteriores, la percepción de incomodidad es patente debido al carácter relativo del estado de bienestar individual y familiar. Una sensación de carencia basada en el carácter ilimitado de los proyectos de vida que toman sus referencias de lo que hay a su alrededor. Y, téngase en cuenta, que toda la estructura que mantiene al sistema productivo capitalista está basada en la ilusión, transmitida por la publicidad, de un mundo siempre mejor. Recurso que no es interpretado como un medio ingenioso de venta, sino como la meta a alcanzar. Únase a ésta desviación del ser humano hacia el consumo fútil, la ausencia de metas y métodos comunes sobre cómo darle el sentido a una vida buena y pacífica en una época desacralizada y tendremos el cóctel del que se alimenta la irresponsabilidad populista. Además, el advenimiento de masas provenientes de países pobres atraídas por los mismos señuelos que empujan a los ciudadanos locales hacía la carencia subjetiva, han aumentado el estado de crispación porque ya no sólo se percibe la pobreza diferencial, sino una amenaza mucho mayor, la pérdida a manos de extraños.

Las élites liberales y socialdemócratas responden con el silencio altivo de quien piensa que las masas no entienden sus desvelos. Unos desvelos que ven (capitalistas y burócratas) como un mérito para ser titulares de la mayor parte de las rentas que se consiguen con el esfuerzo de todos, pues en estas élites no se incluye ni el talento científico, ni el esfuerzo profesional que ha constituido siempre el colchón sociológico de las clases medias.  Y ello, porque se ha decidido que el único modo de participar con provecho en la renta es adquiriendo la condición de empresario. Lo que se comprende para estimular el número de emprendedores por   la necesidad de poner a muchos a pensar soluciones para los problemas actuales de cantidad y complejidad creciente, pero que lleva al error de que todo aquel que no adquiere ese estatus debe ser arrumbado en la cuneta. Una situación peligrosísima en la que se nutren y engordan aventureros de toda clase que, por supuesto que no van a solucionar los problemas, sino que van a sustituir a las élites políticas actuales por otras que viene, no sólo con el autoritarismo como método, sino con sus extravagantes y reaccionarias propuestas de vida para todos. 

Volviendo a Heidegger, el ser humano necesita experimentar el sentido de su vida. Y el sentido de nutre de la afectividad, la comprensión y la reciprocidad en el cuidado. Si una sociedad no ofrece estos objetivos y los materializa explícitamente a sus componentes, no debe extrañarse de que sigan al primer flautista que toque esa melodía, aunque sea a ritmo de marcha militar. Por cierto, para mayor paradoja, el propio Heidegger creyó ver en Hitler al heraldo de una vida nueva en la que la vaciedad y la mediocridad sería sustituida por el brillo y esplendor de lo heróico cotidiano, traicionando su propio análisis genial del cómo somos. No es de extrañar su silencio de treinta años tras la derrota nazi, Nunca sabremos si por vergüenza o por rencor, pero sí sabemos, precisamente gracias a la tremenda desgracia que cayó sobre Europa por el régimen nazi, el más y mejor organizado populismo que jamás haya existido, que esa es una pista falsa. Por eso, nuestros líderes moderados deberían aprender de su enemigo qué atrae a las masas y procurar dárselo: respeto y cuidado mientras se las educa emocionalmente para que presten atención a los enormes atractivos de la existencia y sus posibilidades, sin miedo a los otros y sin desarrollar la impaciencia que hoy en día vemos surgir por todas partes en forma de reclamaciones sociales o de acardias identitarias, con riesgo de implosión estéril.

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