Cuando asistimos a una obra de teatro o vemos una película sabemos que estamos viendo una ficción concebida por un congénere y, sin embargo, si la obra es buena, nos reímos o lloramos, nos asustamos o nos reconciliamos con la vida como si estuviéramos ante hechos reales. Cuando estamos en el graderío de un espectáculo deportivos sabemos que es un juego con reglas convencionales, inventadas, pero experimentamos emociones contrapuestas entre la excelencia atlética y el deseo de que el resultado caiga del lado del equipo de nuestras simpatías. En ambas situaciones se consigue que la tramoya no estorbe a la pulida superficie de lo que te cuentan en el escenario o lo que sucede en la porfía deportiva en la cancha. Así, nuestras emociones pueden ser provocadas con el consiguiente disfrute, incluso ante la tragedia, por la seguridad que proporciona nuestra posición en la butaca y un sexto sentido que no nos deja creer que estamos ante acontecimientos o luchas reales. Esta convicción es antigua, probablemente tan antigua como la representaciones artísticas o deportivas, aunque creo que el primero en expresarlo explícitamente fue el filósofo escocés David Hume.

La política tiene rasgos de obra de teatro y contienda deportiva; no en vano se usan metáforas y símiles muy habitualmente que provienen de esos campos de la acción humana. Cuando los políticos toman iniciativas nos muestran, por un lado, con palabras bien encadenadas sus intenciones en forma de beneficio para la ciudadanía, mientras que detrás bullen todas las intrigas y deseos de perjudicar al contrario. La diferencia con el teatro es que nadie nos chilla al oído avisandonos del carácter perverso de las intenciones del proponente. Advertencias que no necesitamos porque de sobra sabemos que, cuando se anuncia una iniciativa buena para nosotros, el político que profiere el anuncio busca algo. Pero ¿quién puede parar el enfado de la oposición o del gobierno por que les roben una idea o les hagan reproches, aunque sea con razones poderosas?

Por el carácter teatral de la política, por su necesidad de hacer buenas cosas con malas intenciones, los ciudadanos necesitamos aislarnos de sus luchas fratricidas (todos pertenecen a las misma fratría) y celebrar la iniciativa. Y debemos hacerlo del mismo modo que aplaudimos un aria o una escena dramática bien interpretada, aunque nos llegue el ruido de la explotación de figurantes o de las peleas feroces entre los directivos de clubes deportivos disputándose un fichaje. No olvidemos el síndrome del Mago de Oz que hace referencia a que lo que se nos aparece de la política, por imponente que sea, está realizado por seres humanos normales sin más méritos que haberse impuesto en los casting internos de los partidos. Normalidad que siempre se ha dado, incluso en los grandes nombres de la Historia, pero que ha permanecido oculta por la ausencia de la transparencia que hoy se padece como individuo y se disfruta como miembro de una comunidad civilizada..

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