Low Cost es la expresión inglesa utilizada para traducir el complejo concepto español de “barato”. Tan complejo, por lo visto, que hemos renunciado a él y nos hemos rendido al inglés, ¡qué vamos a hacer!. Es lógico, pues en nuestro idioma sabemos perfectamente qué significa “barato” y hasta qué punto está relacionado con pobreza, esa odiosa condición. Como no nos gusta la pobreza aceptamos aliviados el eufemismo inglés. Por cierto que una vez en un mostrador había un folleto que anunciaba un low-cost de depilación en estos términos: “depilación de axilas e inglés… tantos euros”. Me sorprendió en principio, pero me pareció barato que mientras te depilaban las axilas te dieran clases de inglés. Lo comenté con la dependienta que me tomó por loco y tenía razón, porque donde yo había visto “inglés” ponía “ingles”. Total una barata tilde imaginaria cambiaba completamente el sentido de la frase y ponía, otra vez, el mundo sobre su axilas, digo, sobre sus pies.

Ayer leía en un artículo de El País El precio de comprar a golpe de clic en el que se resumían las ventajas de la nueva economía de plataformas, en forma de servicios nuevos, rápidos y baratos y las desventajas en forma de empleo precario. En el artículo no se habla del origen de esta economía de precios baratos y sueldos, igualmente baratos. Por eso, voy a comentar algunos aspectos de esta forma de comercio que se ha convertido ya en “la forma de comercio“. Todo es barato, incluso la política, donde ya sólo hay profesionales baratos aunque cobren mucho. Esa forma de comercio ha surgido por la inteligencia codiciosa que ha sabido crear un nuevo mercado donde pescar para aumentar la riqueza de los astutos. Es una revolución semejante a cuando se descubrió el mercado interno como complemento de un saturado mercado exterior. En aquel momento, lo que se hizo fue producir para los compatriotas en vez de tenerlos trabajando en precario para producir mercancias para la exportación. Después, la fórmula fue extraer dinero de los incautos bancos que compraban misteriosos paquetes de activos como pardillos, con el consiguiente costo para los estados. Ahora, la fórmula es prácticamente definitiva y agotará la fuente de millonarios, pues no va a dejar nada por explotar, hasta que haya una nueva revolución tecnológica. El Low-Cost es la nueva máquina de hacer millonarios a un ritmo aproximado de 1 por cada 500 pobres (antiguos y nuevos).  Ahora el invento ha consistido en sustituir la fabricación de productos para clases medias por productos para todos menos para ricos, que tienen sus propios canales hacia los productos de lujo.

Este giro sólo era posible gracias a dos hechos: 1) tecnología que lo hiciera posible y 2) precarización general de las clases medias que estrechaba el intervalo entre rentas bajas y medias bajando el límite superior. Este fenómeno fue visto por avispados gestores de medios de transporte y de fabricantes de ropa, fundamentalmente, aunque, ahora, se ha generalizado a todo tipo servicios, pues el cliente potencial está en precario igualmente. La tecnología del plástico, fundamentalmente, ha proporcionado la base material para la producción masiva de sucedáneos de los productos basados en la piel, la madera o el metal. Además la tecnología digital en Internet ha abierto la puerta a la posibilidad de la prestación de servicios nuevos y la optimización de los recursos varados por acumulación de sus propietarios. No hay más que ver en la calle como el abrigo o la chaqueta de piel ha sido sustituido por otro de fibras plásticas con muy bajo coeficiente de conductividad o cómo de fácil es desprenderse de un útil inútil para el vendedor o se puede convertir una plaza de garaje en el centro de la ciudad4 en un parking público para un único usuario a la vez. También se ha sumado la hostelería ofreciendo cobijo precario en cualquier cuartucho gracias a ese mostrador de recepción en que se han convertido algunas plataformas digitales.Y qué decir del transporte, que mueve masas atónitas de un lado a otro por unos pocos euros, para destrozar, con su desenfadada forma de vivir durante unos días, el modo en que las familias que no son propietarios de sus casas sobreviven. La burbuja del alquiler turístico es un caso escandaloso de destrucción de la convivencia en los centros de las ciudades para convertirlos en casamatas de bajo precio individual y alto beneficio empresarial. Es un mundo que se parece a las loterías y las apuestas, que son un negocio financiado por pobres, que los sigue dejando pobres menos a uno, que sale disparado hacia el grupo de los nuevos millonarios.

La teoría neoliberal, por su parte, con su tramposa propuesta de libertad de empresa (legítima) unida a libertad de toxicidad financiera globalizada (ilegítima), ha completado el panorama al generar los mecanismos para arruinar países enteros mediante la tripleta préstamo para comprar la mercancia del prestamista, incremento de la deuda con los intereses y, finalmente disposición impuesta de las políticas del país endeudado. Así, se ha trasladando la producción y los capitales con gran rapidez de una zonas del globo a otras. Es decir, podemos producir barato y en abundancia porque el material es barato, pero se necesita que la mano de obra también lo sea y, así lo uno lleva a lo otro. Se empezó ofreciendo lo barato producido en zonas del mundo vulnerables y, a continuación, con el pretexto de que no se puede competir con esos precios, se ha bajado los ingresos a todo el planeta. De esta forma se restablece el equilibrio pero el nivel estándar está más abajo.

En resumen se ha reorganizado la producción y el consumo llevándolo de un mercado de productos de calidad tangible que se había saturado por haber encontrado el límite de su clientela en las clases medias mundiales, a un mercado de productos de calidad inferior para un mercado en expansión que es el de los consumidores precarios. Naturalmente, en este proceso, el valor absoluto de la “comisión” cobrada por los astutos visionarios de las posibilidades de la tecnología ha aumentado respecto a lo que extraían del anterior formato para clases medias. En definitiva hemos pasado de un mercado dirigido a la clase media a un mercado dirigido a una nueva clases baja a la que se han incorporado las antiguas clases medias, reduciéndose la desigualdad local, al desaparecer la capa social intermedia. Igualdad cínica que no oculta en crecimiento exorbitado de la desigualdad respeto de las clases altas.

Pero, el efecto más dañino es que, al empobrecerse las clases medias, que se hacían cargo de la mayoría de los impuestos, la factura de los servicios públicos tendría que gravitar sobre las clases altas, a lo que, obviamente, no están dispuestas, con lo que se dan las circunstancias para desmontar el estado del bienestar, que “no se puede pagar” y ya sabemos por qué. Todos los días escuchamos que toda propuesta política tiene que venir acompañada de su memoria económica o que se bloquean iniciativas parlamentarias porque no hay dinero para su materialización . Una petición muy razonable a priori, pero que, ahora, sabemos que es consecuencia de una estrategia del nuevo capitalismo de lo barato que crea más pobres, pero enriquece a sus élites. Estamos en un estado de cosas tal que, cuando alguien acierta en una idea con materialización económica, salta directamente a la clase alta sin pasar por la media, como en las apuestas, por la globalización de su mercado potencial. Por eso, aumenta el número de millonarios (16 millones el año 2016), mientras disminuye el de familias de clases media.

En este trajín se ha democratizado la pobreza de nivel “medio”, pues el comercio global barato ha llevado a sacar a parte de la población mundial de la pobreza de nivel “nulo” y al tiempo se ha aumentado la riqueza de nivel máximo. El origen está en que el PIB mundial crece a menos velocidad que la población. De modo que se ha considerado más interesante empobrecer a las clases medias de los países avanzados para extraer ls riqueza extra respecto de pobres. Lo que se ha llevado a cabo en tres fases, dos de las cuales ya conocemos (producción barata allí y, a continuación, producción barata aquí), a lo que se añade, finalmente, la privatización de los grandes servicios públicos de salud, educación y pensiones, para poder empobrecer a los profesionales, único modo de poder ofrecer estos servicios a la nuevas estructura precaria de la mayoría de la población. De este modo se obtiene un doble beneficio para consolidar la situación: se eliminan los impuestos para ofrecer estos servicios y se abre la veda para la sanidad, educación y jubilación gestionada por empresas privadas. Todo este proceso se ha activado cuando se estuvo en condiciones tecnológicas de llevarlo a cabo.

Esta es la verdad del comercio barato, conocido por su alias “low-cost”. Un sistema que ha venido para quedarse hasta que, al menos, el conocimiento materializado en tecnología consiga, sin destruir el planeta, aumentar el PIB mundial para que los ricos pueda estar saciados (si esto es posible) y concedan que el resto de la población tenga vidas dignas. Porque si no, la creciente población mundial combinada con los placeres del lujo moderno, llevará a una desbandada de ricos hacia el Nuevo Arca del próximo diluvio. Un diluvio metafórico que nos inundará, no con agua, sino con desperdicios y pobres. Un Arca en el que seguramente el nuevo Noé meterá, junto a parejas de animales, una pareja de pobres para que las generaciones futuras sepan como eran. Entre tanto, todos seguiremos el señuelo de lo barato, entre otras cosas, porque en ello nos va, no sólo la supervivencia física, sino también la intelectual, pues hay que admirarse de la inmediatez y costo, casi ridículo, de la cultura en su formato virtual.

Los jóvenes en los que perviva el aliento de justicia, tienen que desarrollar una especial astucia que les permita conocer en profundidad los mecanismos tecnológicos, sociales y antropológicos para que, en este crítico momento de la humanidad, no se vayan las fuerzas en luchas secundarias tipo nacionalista, de supremacía racial o, incluso de clase, pues, tras cualquier gesto violento aparecen los nuevos tiranos. No se trata de quitar físicamente a nadie de ningún sitio, como único procedimiento de cambio, sino de tomar el poder para cambiar las estructuras de la nave, sin romper estúpidamente las turbinas que la empujan, que son los rasgos de la naturaleza humana, que no hay que cambiar, sino canalizar. El capitalismo explota perfectamente la ambición y la codicia, pero también el coraje de arriesgar o la pulsión de transformar el mundo. Cualquier alternativa no puede ser considerar estos aspectos secundarios y, mucho menos, reprimirlos para conducir a la humanidad a una condición gregaria sin libertad ni positiva ni negativa. No hay que cambiar al hombre en sus fundamentos constitutivos, sino a sus instituciones.

Paradójicamente, el low-cost, que es resultado de un nicho de mercado que se ha mostrado expansivo, puede ser la solución a la expansión global de una vida decente, pues, de momento, no parece alcanzable un estándar de vida como el europeo para 4000 millones de familias que hay en el mundo. A los habitantes de los países occidentales se nos va a  quedar cara de tontos, pero tal parece que las élites encuentran más beneficioso el low-cost para todos, que el medium-cost para los 300 millones de clase media. La cuestión es que en los aspectos esenciales de sanidad, educación y vejez haya una respuesta de un nivel soportable para quienes hemos disfrutados de unos niveles espléndidos. Añadamos que, como, ante una previsible sanidad, vejez y educación elitista la inasistencia total es peligrosa, por el nivel de protestas previsible,  es necesario contar con sucedáneos low-cost. En educación es Internet claramente y en sanidad ya veremos, pero la industria farmaceútica ya debe estar pensando cómo sustituir las compras masivas y millonarias de los estados y la medicina como abordar la salud, incluso la invasiva, para todos.

Si esto es irreversible, a falta de un salto cualitativo en la tecnología que aumente la productividad mundial no lesiva para el medioambiente, la labor es evitar que la parte que se lleven los instalados en las turbinas productivas y financieras sea obscena. Al fin y al cabo entre los privilegiados de la situación nunca vemos a científicos o educadores. De modo que, ahora que los libros son low-cost, a leer, reflexionar y actuar conforme a la estructura de la tozuda realidad, no de una fantasía bien intencionada, pero ignorante. El caso es que hemos picado, pero la receta parece ser ¡Austeridad para todos!

 

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