Tanto la mujer como el hombre tienen la misma naturaleza básica con diferencias que aumentan la riqueza y el disfrute de la relación mutua. De esa semejanza se deben desprender los mismos derechos y oportunidades de realización plena. Pero, hasta prácticamente ayer, el hombre ha usado y abusado de su posición. Ha usado porque en un reparto de tareas discutible, pero históricamente demostrable, el varón se ha dedicado al trabajo fuera del hogar y la mujer al cuidado de los hijos y del propio hogar. Situación justificada solamente en las clases bajas, en las que el escaso salario obligaba a dedicar horas infinitas al trabajo fuera de casa y sólo quedaba tiempo para procrear y aturdirse con alcohol. De esta forma el matrimonio era asunto de la madre y el patrimonio asunto del padre.  También ha abusado, porque el reparto de roles debería haber sido reconocido como paritario en su importancia para el mutuo beneficio, pero fue interpretado como una situación de naturaleza diferencial que relegaba a la mujer a un lugar inferior con el consiguiente sometimiento al varón y sus necesidades, lo que incluía la violencia. Fue en las clases medias y altas donde empezó a surgir reclamaciones (Marie de Gournay, Hubertine Auclert o Emmeline Pnakhurst), pues la mujer liberada de las tareas domésticas e incluso de la crianza, anhelaba la libertad de lo hombres para la creación en los terrenos artísticos, sociales y políticos. Una reivindicación que sólo podía surgir de aquella parte de la sociedad donde la riqueza anticipaba lo que luego se ha generalizado gracias a la tecnología doméstica y reproductiva. Por eso, ahora tenemos una explosión. Ya no hay excusas ni para el uso, ni para el abuso. Pero hay algún problema y no menores en la interpretación de lo que ocurrió y de lo que ocurre. Con una intención clarificadora y en un plano hipotético aventuro lo siguiente:

Todo empieza hace mucho tiempo y muchas etapas de la evolución del universo. En el momento en que aparece la reproducción sexuada, que tiene tiene ventajas (la individuación) y desventajas (la muerte). La individuación posibilita la conciencia y, con ella, el deseo y la necesidad de reconocimiento. La muerte trae la desaparición del individuo, pero con ella la vida apuesta por el nuevo ser y deja en el camino a los progenitores, como el cohete espacial va dejando caer los depósitos de combustible a medida que los agota.

En esa misión telúrica de nacer, reproducir, procrear y morir consiste el flujo de la vida, pero, una vez alcanzada la conciencia de sí mismo, aún en las fases más primitivas, el ser humano comienza una aventura creativa en la que es capaz tanto de afrontar las exigencias de la realidad, como de diseñar un mundo para sí, en el que vuelca sus anhelos de paz, felicidad, conocimiento y goce artístico. Unos anhelos que le gustaría disfrutar perpetuamente, pero que una y otra vez son frustrado por la ignorancia y por el hecho ineludible de la muerte. En esa lucha permanente se dan unas formas que por repetidas se insinúan como estructurales. Están ahí, influyen decisivamente en nuestros conflicto y desencuentros, pero no siempre somos capaces de entender porqué nos pasan ciertas cosas y como resolverlas. Sin olvidar que en la solución no es siempre posible la eliminación de lo que nos molesta y, como consecuencia debemos pactar con la realidad.

Entrando en materia, creo que nuestra vida está atravesada por necesidades naturales permanentes que constituyen el argumento de todas las grandes obras de arte. La primera es que, una vez nacidos, no nos concebimos sin seguir existiendo. Mi hija, escuchando una conversación de sus padres sobre episodios que a ella no le sonaban preguntó: ¿y dónde estaba yo entonces?. Es decir no se podía imaginar sin ser, ni antes ni después de su nacimiento. Esto explica mitos como el de la metempsicosis (reencarnación) o el de la vida eterna (parusía). La segunda es la necesidad de alimentarse todos los días. Una tarea en la que, en tanto que animales, destruimos la naturaleza para asimilarla en nosotros. Esta necesidad explica el trabajo. El trabajo, en una primera fase, es la forma en la que el ser humano simplemente destruye la naturaleza como el animal, pero, en una segunda fase, lo que hace es transformarla, creando la cultura en forma de ciencia, arquitectura, medios de transporte o el propio arte.  Esta dos primeras necesidades han de llegar a una fase de armonía con la naturaleza antes de que esta se revele contra nosotros. La tercera, la de reproducirse comparte con el trabajo el origen de la mayoría de nuestros conflictos. El trabajo requiere recursos y su escasez lleva a la guerra que, a su vez, lleva a la destrucción de las sociedades. La reproducción requiere de un poderoso estímulo que es el placer y que lleva al uso, al abuso y, si es el caso, a la destrucción de los individuos involucrados en su consecución. Este último conflicto es el que ahora nos preocupa porque se están retirando muchos de lo velos que cubrían el abuso e incluso la destrucción de la mujer para satisfacer el deseo sexual y de dominio del varón. El uso de la reproducción hace tiempo que fue canalizado a través de una institución claramente matriarcal, como es la monogamia con éxito irregular.

La reproducción es la causa remota de la aproximación de los seres humanos de sexo distinto, pero el placer sexual y su transfiguración en forma de amor es la causa inmediata. Cuando atendemos su llamada, no estamos pensando en cumplir con un mandato trascendental, sino en satisfacer el deseo. Lo que ocurre es que el ser humano no hace nada sin transformarlo y, en este caso, hemos sido capaces de convertir en un arte, todo el proceso que va de la seducción a la entrega. A lo que hemos añadido, durante una época, el cigarrillo final con un brazo por detrás de la cabeza y, sobre todo, la capacidad de perseverar en la convivencia de la pareja hasta los finos placeres de la vejez compartida como culminación de una vida en la que las etapas han sido siempre un ejercicio práctico de lo que llamamos amor. Ensayo permanente de exigencia y entrega, hasta casi llegar a la perfección. Unos placeres que van del verde al sepia otoñal, que sólo están reservados a los que perseveran. Pero en el camino hay muchos obstáculos. Básicamente son dos: la necesidad de seducir para atraer al otro y la necesidad de conseguir su reconocimiento. Sexo y reputación: dos necesidades básicas que son usada en el juego amoroso, pero que también están activas en el juego social. Hegel dice que el ser humano en tanto que animal desea a otros seres distintos de él, como el alimento o el cuerpo ajeno. Pero que, en tanto que humano, desea el deseo de otro. Es decir, no se conforma con su cuerpo, sino que reclama, según los grados, su admiración, su amistad o su amor. Veamos algunos detalles:6

La mujer:

  • seduce para atraer, pero selecciona para garantizar buen material genético, puesto que gestará y cuidará del bebé. Indirectamente así consigue la salud de la especie.
  • cuando pasa su época fértil entra en una fase especular en la que prolonga las técnica de seducción, pero ya en el plano simbólico, por placer estético de la propia contemplación y la promesa preterida de ser elegida manteniendo su reputación.
  • mientras está atada al hogar por la división del trabajo doméstico, es responsable de la economía doméstica y disfruta del poder y de la reputación sobre los hijos y el compañero.
  • cuando es liberada de tareas domésticas reclama el goce de la reputación en ámbitos sociales y académicos exclusivos del hombre hasta ahora. Y lo reclama porque estos deseos existen en ellas como en nosotros, pero han sido reprimidos.
  • rechaza el asalto sexual porque violenta su derecho a la selección del compañero para la reproducción, lo que genera una insoportable repugnancia.

El hombre:

  • se exhibe para ser elegido porque su aspecto, poder y reputación implica que aportará buen material genético y protección a la progenie.
  • mantiene su deseo sexual y fertilidad hasta avanzada edad garantizando la reproducción en caso de escasez de varones.  Al conservar su deseo de satisfacción sexual y reputación, ha sido el motor de la lucha económica externa.
  • la prolongación de la fertilidad cuando decae la capacidad de seducción, si no es bien controlada, es fuente de desgracia, dado que se degrada en la búsqueda del placer y padece la burla social (el viejo verde).
  • lleva a cabo el dominio sobre la mujer si considera que su reputación depende de la aceptación o rechazo por parte de ésta. Tal dominio se expresa con la demostración de poder y éste es ejercido despóticamente. Cualquier atisbo de abandono o desprecio, real o imaginario, provoca la explosión de violencia.
  • potencialmente puede asaltar sexualmente a cualquier mujer, porque no está interesado en retener al bebé y no necesita seleccionar a la compañera para obtener plena satisfacción.

Lo dos:

  • la atracción entre sexos es la expresión de la estrategia de la naturaleza para garantizar la reproducción. Es una consecuencia de la seducción y selección mutua. Siempre es posible pactar el placer mutuo sin compromiso ulterior.
  • los conflictos entre sexos es la expresión del desajuste no bien canalizado entre los deseos mutuos debido a que:
    • el deseo  sexual en la mujer tiene cierta caducidad y en el hombre prácticamente no.
    • el deseo de reputación de la mujer es limitado por el de dominio del hombre, que la relega al ámbito doméstico.
    • cuando la mujer se libera del trabajo de crianza e invade lo que el hombre había considerado su terreno reputacional exclusivo.
    • la mujer exige su derecho a la selección y rechaza la sexualidad indiscriminada del hombre.

Obviamente este discurso pleno de biologismo y vanidad no pretende otra cosa que, si es cierto, no demos la espalda a nuestra naturaleza, lo que sería dramático, pues la solución de nuestros conflictos están en afrontar la realidad, y conseguit el respeto por la integridad psíquica y física de cualquier hombre o mujer. Dicho esto, es más cercano hablar en los términos como vivimos nosotros el fenómeno. La cultura, gracias al lenguaje y a nuestra necesidad de construir relatos específicamente humanos, traduce estos mandatos naturales y sus patologías asociadas a un lenguaje diferente. Así hablamos de amor y bondad, de repugnancia y de satisfacción, o de maldad y violencia y, en este caso, de machismo.

El machismo es el nombre que damos a la pretensión de algunos varones de poder obtener satisfacción a su necesidad de ser el objeto de deseo de una persona concreta ejerciendo sobres ella un dominio patológico asociado a su reputación social y, al tiempo, dar satisfacción a su deseo sexual sobre cualquier mujer en su proximidad. Cuando la primera necesidad es frustrada surge la violencia en el hogar y, cuando el deseo sexual es frustrado, surge el acoso y, al límite, la violación. Tal parece que, siempre que se cree una atmósfera de impunidad, habrá abuso. Por eso, es tan lamentable que las organizaciones eclesiásticas y, ahora sabemos que también las ONGs hayan sido instituciones que han consentido u ocultado este tipo de atmósferas por el mero hecho de mantener su reputación. Un error muy grave, pues la impunidad en el abuso de los vulnerables (niños, pobres) atrae a estas instituciones todo tipo de personas sin control de su deseo sexual. Y está por estudiar si la impunidad no despierta, también en cualquier hombre, el deseo de satisfacción inmediata y sin compromiso posterior.

El varón tiene un mandato biológico muy fuerte que se manifiesta desde el chiste entre amigotes a la violación de la mujer o, en los casos más detestables, de las niñas. La sociedad ha sabido crear mecanismos de control con mayor o menor éxito con el matrimonio y su válvula de escape que es el divorcio (la duración media de los matrimonios en España es de 16 años). Hoy en día se exploran nuevas formas de relaciones de parejas con las consiguientes consecuencias sociales. Naturalmente el machismo es una lacra en su expresión más odiosa y una epidemia en su expresión más leve. Se necesita una verdadera revolución cultural para su erradicación, pero que nadie espere que desaparezca el deseo sexual del varón, pues lo constituye. Lo que debe ocurrir es que el varón comprenda dos cosas:

  1. La necesidad de control del deseo sexual para que sea compatible con el respeto a la mujer. NO es NO
  2. La necesidad de control del deseo reputacional tanto en el ámbito doméstico, como en el social, donde debe compartirlo con la mujer. SÍ es SÍ

Aunque se ven síntomas preocupantes de una regresión en determinados ambientes juveniles, creo que esta revolución está en marcha. Como todas las revoluciones tiene sus jacobinos, y se están manifestando especialmente en la arbitrariedad ejercida sobre el lenguaje, pero, más allá, somos muchos lo hombres que no lo seremos íntegramente hasta que tengamos a las mujeres a nuestro nivel de disfrute de lo que una sociedad civilizada es capaz de darnos en todos los ámbitos. También somos muchos los hombres que hemos tenido la fortuna de disfrutar prácticamente toda la vida de adultos de una compañera con la que compartir todos los matices alegres y dolorosos de nuestra misteriosa existencia, aunque sea en medio de la indiferencia del universo.

 

 

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