Aparejador es una profesión entre dos aguas que, por eso mismo, siempre ha estado en conflicto creativo con su entorno y consigo misma. Pero, si sigue en pié quinientos años después de que se tuviera testimonio escrito de su existencia, es porque tiene un valor social incuestionable. Un valor que podemos resumir en servir de eslabón imprescindible, para un ser finito como el ser humano, entre el pensamiento y la acción. Un rol que le obliga a participar de ambas esferas, sin pertenecer a ninguna de las dos en plenitud. El aparejador es un errante inmortal, que representa en la construcción lo que tantos anónimos mediadores como él consiguen cada día, en cada uno de los sectores en que se concreta la acción industriosa del ser humano.

En el siglo XVIII, la ilustración, al comprobar cuántos conocimientos, no adquiribles por la mera práctica, se estaban acumulando desde que Galileo rasgó el velo de la experiencia e introdujo la nariz en el reino de las matemáticas aplicadas al mundo físico, llegó a la convicción de que había que formar a priori a los responsables de las cosas. Esta voluntad se tradujo en la creación de escuelas para las industrias de vanguardia de la época. Así, la construcción civil, como opuesta a militar, que ya desde su origen no tuvo en su seno a la construcción de edificios. Y la razón era que su peculiar factura hacía muy complicada la convivencia entre la potente y austera naturaleza del tránsito por caminos, canales y puertos y la sutileza de tejer la piel interior y exterior del hábito de las instituciones que son los edificios. Hábito para la familia, la iglesia o el poder. El aparejador cumplía una función en las obras que consistía fundamentalmente en la selección de materiales y el control de las operaciones para su implantación en el sitio. Acción gobernada por los documentos en los que el arquitecto de la obra representaba su idea sobre la forma y su disposición espacial. A esta función de aparejador podía aspirar todo aquel que contara con la experiencia, adquirida en la proximidad de un maestro y que gozara de la confianza del comitente.

El ilustrado Fernando VI creó en España la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que había tenido su antecedente inmediato en la llamada Junta Preparatoria hasta 1752, con el objeto de formar arquitectos. Su primer director fue el arquitecto y aparejador en el Palacio Real de Madrid Ventura Rodríguez. Una mixtura posible en una época en la que las condiciones personales y el talento primaban sobre las titulaciones. Una mixtura ancestral y una proximidad permanente que, creo, sigue ejerciendo su influencia en el secreto respeto que nos profesamos por surgir para el mismo fin, aunque con misiones muy distintas. La nueva tendencia a delimitar el ejercicio de una profesión a la posesión de un título llevó al primer ensayo de título para el ejercicio de la profesión de aparejador en 1816, un año después de la derrota de Napoleón en Waterloo y ya con el ominoso Fernando VII en el poder. No es este sitio para contar la historia de la profesión tras alumbrarse el título habilitante, pero diré que la titulación de las profesiones inauguró el tiempo de las batallas corporativas de las que el aparejador no pudo librarse. Primero batallas ajenas, como la que protagonizaron durante el siglo XIX arquitectos y maestros de obra, que le benefició porque fue reforzado para derrotar a éstos. El siglo XX nació con una gran vocación industrial que lo llevó a mezclarse con los títulos propios del mundo de la industria que reclamaba, atendiendo la llamada de la producción del hierro, el cemento y el cristal un lugar en el sol de las profesiones. Pero el aparejador no tenía ni vocación ni sitio en la fábrica y pronto volvió a su hogar: la obra de construcción. Pero para tener un principio de respaldo oficial tuvo que esperar a 1935, ese peligroso periodo de tiempo en el que los españoles llevaban sombrero o gorra para no confundirse y en el que la pasión por matarse unos a otros era tan popular. Un respaldo que se concretó en la obligación de su presencia en las obras que requiriesen arquitecto para su proyección como rasgo de su complejidad. Y así, sin más etapas reseñables hasta que el franquismo nominalista confundió la realidad con su etiqueta lingüística y decretó que se llamara, al aparejador, Arquitecto Técnico. Una denominación del título que pronto fue de la profesión que mi generación ha ejercido durante casi cincuenta años. En 2007 el título ha cambiado de nuevo de nombre pero la profesión sigue denominándose Arquitectura Técnica, aunque todos llevamos en el corazón la condición de la profesión que nunca ejercimos realmente, pero que todos mantenemos viva en una práctica un cierto espiritista, pero misteriosamente estimulante.

Ya estamos instalado en un tiempo moderno que, curiosamente, regresa al siglo XVIII, pues a través del concepto de competencia, antes llamado experiencia, las titulaciones pierden su utilidad, aunque mantengan su aroma. Así la omnipresente y poderosa empresa contemporánea lamina la tradición del ejercicio liberal, que sólo se mantiene cuando se quiere prescindir de la responsabilidad corporativa estimulado lo que ahora han dado en llamar el “falso autónomo”. Una condición de libertad para los gastos asociada a la servidumbre para los ingresos y la función. Los título pierden presencia y cada uno tiene que demostrar su capacidad para hacer esto o aquello en competencia feroz con sus iguales. Competencia de la que se deriva la necesidad de emigrar a territorios fronterizos para ejercer las habilidades que proporciona el periodo de formación en los restos formales de lo que fueron las escuelas dieciochescas.

Sin embargo, a pesar de toda esta confusión, la construcción de edificios sigue siendo ese lugar especial, nebuloso por la incertidumbre del suelo y el subsuelo, que, al menos hasta que se acaba la cimentación, no tiene su momento racional. Cuántas noches en vela acumula el aparejador universal por el temor a un accidente en el vaciado de un sótano urbano. Además, en el plano humano, es tan peculiar tener que presentarse ante desconocidos, a los que el azar ha reunido, llegados de la subasta por la construcción material y desde las preferencias del promotor por este o aquel profesional, que cada obra es un ejercicio de ajuste entre personas y recursos que acaba con la obra y raramente tiene continuidad.

Hoy en día, tras un período de locura financiera que hundió a la construcción bajo varias toneladas de desconfianza en sí misma, ésta vuelve, se recupera y, como esos barcos de vela ligera que vuelcan por el viento o la impericia, saca su palo mayor chorreante al aire, vuelve a colocar el casco sobre el mar y sin esperar a que se seque la vela, se orienta, se tensa, se escora y sale disparado a cumplir su misión eterna. Dar cobijo es esa misión eterna y veremos aparejadores, o como demonios se llamen entonces, con escafandra construyendo en territorio alienígena. Aparejador extraterrestre que, cuando esté descansando y vuelva su mirada a La Tierra, si ha leído su historia y si no tiene un pensamiento más inmediato y personal, recordará a Guillem de Rohan en la catedral de Sevilla; a Antonio de Villacastín, dando cuenta al Felipe II de lo avances de la obra del Escorial; a Ventura Rodriguez en el Palacio Real de Madrid; a López Albaladejo construyendo la capilla del Palacio Episcopal de Murcia; a Carlos Aymat rehabilitando un monasterio; a Antonio Ramírez de Arellano calculando el coste de todo; a EIvira de Azúa Gruat, la primera aparejadora colegiada en 1945; a José María Cabeza cuidando religiosamente los Reales Alcázares, a Diego Soler Pintado dominando la escena, a Francisco López Soler cuidando los detalles, a Paco García Olmos torneando el laboratorio  y a Quim Romans acariciando madera.

Personalmente tengo presente todavía en mi olfato el olor al polvo de cemento al pasar junto a un “volcan” de amasado y el olor a serrín mezclado con sudor al pasar cerca de un carpintero (en aquella época era raro uno experto que tuviera todos los dedos de la mano); notaba en mi piel la rugosidad de la mano de un albañil; en mi cuerpo el escalofrío del peligro por la caída desde la altura; en mi mente el vértigo de las reuniones por encontrar el equilibrio en las soluciones para una necesidad no prevista. Discusiones en lugares provisionales con la presencia del jefe de obra, un joven o un experto representante de la empresa constructora siempre intentando encontrar argumentos para que se elija la solución menos costosa; con el encargado de la obra con un plano en el que sólo él podía ver la cota después de dos meses de sol y sudor; con el arquitecto, seguro de su propuesta, luchando para que la banalidad no la desvirtúe y con nosotros los aparejadores buscando siempre el equilibrio y apostando por la razón de la experiencia y la experiencia de la razón. Aún recuerdo la primera obra y mi temblor de piernas. Con Domingo el encargado disimulando respeto ante mi bisoñez de diecinueve años y mi  delgadez de cuerpo e ideas. “Porque usted esto y usted aquello“, decía. Aun me estremezco cuando veo, dos años después, a aquel joven albañil a horcajadas con un pie en cada lado del cajón de metal que hacía de contenedor del contrapeso de la grúa. Allí, a 35 metros del duro suelo, tirando de una soga para subir el capazo de arena con el que rellenar las delgadas láminas metálicas que se doblaban por su peso. Me tiré al libro de órdenes a ver si conseguía escribir la orden de parar la obra antes de que llegara a tierra. Me costó mi primer disgusto con un constructor, que exigió mi cese en el estudio de Diego Ros De Oliver, en el que calculaba estructuras (que están todas de pié hasta este momento). Le dije que era un irresponsable con sus trabajadores, me dijo “chaval, eres un estorbo” como el que tiraba un ladrillo a mi cabeza. El estudio, que me había propuesto al promotor, me respaldó y mi juventud dio un salto firme hacia adelante. Rustiquez inicial y luminosidad final, inseguridad primera y certeza gratificante cuando la obra se entrega y todo está pulido, la pintura supura aromas de resinas y pigmentos, cuando el suelo todavía resbala por el serrín y la madera, madre, materia luce su confort esperando a una familia que vivirá largos años o a los visitantes del museo o a los dolientes del hospital. Sin ningún talento especial podía haber caído en cualquier profesión al alcance de mi tozudez, pero el hecho de que mi madre tuviera un primo arquitecto acabó con mis huesos en el claustro de un bello edificio Burgalés que hacía de Escuela de Aparejadores. Y de aquella primogenitura (condición de primo), mi carrera profesional como arquitecto técnico de la segunda promoción. Unos estudios en los que tuve el privilegio de compartir aula y escuela con la última de aparejadores. Entre ellos el único aparejador que no renunció a su condición para acceder a la de arquitecto técnico, por amor a su condición: José Ibeas Ruíz, que aún transita por las calles que los aparejadores del barroco murciano pisaban para ir a la obra del imafronte de la catedral.

Ser pintor o escultor, un bailarín o un actor no necesita título, sino talento. Son profesiones sobre las cuales no se ha podido tender el manto de la burocracia académica, que cubre a las profesiones con algún aspecto técnico y tecnológico en su ejercicio. La razón es que basta un gesto suyo, un requiebro, para expresar quienes son. Pero con esas profesiones eternas compartimos la eternidad de la necesidad de la función respectiva. Si el arte consuela o inspira para seguir viviendo, la vida misma se ejerce bajo un techo. Y no ha llegado el tiempo en el que la humanidad quiera habitar bajo un techo y junto a unas paredes en las que no quiera dejar su impronta, o en las que no quiera rememorar su historia o, incluso su tozudez cuando de sorprenderse a sí mismo se trata. Pero si el arquitecto tiene la misión de trazar las formas de esa emoción, mirando más acá y más allá de la propia historia, el aparejador está ahí garantizando que el proceso llegará a la meta, ya sea incorporado a un equipo, ya con su mochila a cuestas haciéndose responsable de su vida. Una mochila de la que cuelga el hilo de su plomada y asoma la punta de su escuadra. Una plomada y una escuadra que ahora se adhiere a un procesador digital complejo, pero que siguen cumpliendo su misión fundamental: mantener al ser humano erguido en su casa para conectar el ideal con la tierra, y recto en su oficio, cuando se vuelve necesariamente angular para resolver los conflictos.

2 respuestas a “Aparejador

  1. Magnífico testimonio y que tantos recuerdos me trae. Yo también dos de la segunda de AT. Quien tuviera esa facilidad y don para la escritura que tú tienes. Enhorabuena Antonio, un abrazo y gracias por los momentos vividos cuando hemos coincidido.

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