Este libro es una extraordinaria ayuda para comprender las propuestas de uno de los filósofos más complicados de la historia. En general los filósofos británicos son claros en su prosa y los continentales (alemanes y franceses) muy artificialmente complejos. Empezó con Kant, que se puede leer prestando mucha atención, pero remató Hegel que es un jeroglífico. La prueba es que su renacer en el siglo XX se debe a la extraordinaria labor de divulgación que llevó a cabo Alexandre Kojeve, un filósofo ruso que se formó en alemania y ejerció en Francia. Su versión de la Fenomenología del Espíritu de Hegel es extraordinariamente clara e invita a leer el original con las gafas con cristales de aumento que te proporciona. Experiencia con la que he podido interpretar su principal texto y poder hacer un viaje a la mente de un filósofo que pensó que con él se había acabado la historia del espíritu humano, porque había llegado a su condición de absoluto tras un viaje extraordinario por los avatares humanos.

Obviamente, el siglo XXI, tras los últimos coqueteos con la alta metafísica que llegaron hasta Sartre y, quizá Deleuze, está curado de espantos y todo el mundo es más claro expresándose y más cuidadoso proponiendo interpretaciones del misterio humano. Hoy estamos en días en los que se espera pacientemente a que la ciencia proporcione datos sobre el cerebro para enhebrar un discurso filosófico de vuelo raso, como se hace desde la filosofía analítica. Probablemente eso sea lo prudente, pero, quizá, se podría encontrar un término medio entre esa frialdad metacientífica y los delirios metafísicos.

Hablábamos del misterio humano, que ha retado a los grandes filósofos y, en ellos, encontramos la respuesta secular que, una y otra vez, es corregida por pensadores posteriores. El caso de Hegel es especialmente interesante por sus hallazgos existenciales que todavía hoy se siguen reconociendo como verdaderos a pesar de que se fundan en intuiciones fenomenológicas, es decir, basada en la observación de los demás y la introspección. Es la mirada de un filósofo realmente asombrado por lo que al común, entretenido en lo cotidiano, le parece lo más normal del mundo: la capacidad de construir conceptos. Capacidad que es el arma con el que Hegel afronta la interpretación de los acontecimientos históricos de su época. Acontecimientos tan relevantes como la Revolución Francesa y la expansión de sus principios (en teoría) a hombros de Napoleón.

La lectura directa de Hegel es realmente difícil, por eso muchos de los intelectuales franceses que renovaron la filosofía continental en la segunda mitad del siglo XX acudieron a los cursos que Kojeve dió en París entre 1933 y 1939, un período de la historia de Europa en el que todo se aceleraba camino del precipicio. La historia palpitaba y no es extraño que los jóvenes George Bataille (36), Maurice Blanchot (26), Maurice Merleau-Ponty (25), André Bretón (37), Jacques Lacan (32), Raymond Aron (28), Jean Hyppolite (26) escucharan al joven y brillante Kojeve (31) que les traía una versión renovada y fresca del Hegel decisivo de la Fenomenología del Espíritu. Estos cursos transformaron a los alumnos  e iniciaron una secreta conexión con la generación que treinta años después daría respaldo intelectual a la revuelta de mayo de 1968 encabezados por la influencia de Michel Foucault, Jacques Derrida o Gille Deleuze. También se puede hablar de la influencia sobre Jean Paul Sartre a través de sus compañeros de generación Aron e Hyppolite. Francia gracias a Kojeve vivía una época de neo hegelianismo entre guerras. Lacan tuvo gran influencia sobre la siguientes generación lo que establece una cadena de propuestas intelectuales que llega hasta la actualidad cuando todavía filósofos como Badiou o Zizek complementan o combaten con la tradición hegeliana mediada por el marxismo. Una tradición criticada duramente por el filósofo inglés Roger Scruton, crítica glosada ampliamente en este blog.  Todo esto justifica que sea una lectura (la de Hegel) que merece estar en el currículum de quien esté interesado por la cuestión. Ni que decir que la lectura directa de Hegel no es recomendable para alguien no experto. Pero la de Kojeve es una lectura introductoria imprescindible. También añadir que algunos de los temas propuestos por Hegel, sin perjuicio del cuestionamiento de su metafísica del absoluto y su aceptación del terror, son de interés por su vigencia, basada en la intuición de fenómenos humanos de carácter estructural y de difícil remoción mientras podamos seguir llamándonos humanos. La filosofía de Hegel está etiquetada justamente como idealista, lo que supone una hipertrofia de la fe en la razón y sus conclusiones a pesar del genial intento de Kant por limitar las ideas metafísicas a su función reguladora, a su función de horizontes hacia los que caminar y no realidades efectivas.

Toda nuestra perplejidad moderna motivada por la velocidad de los cambios tecnológico, económicos, sociales y, en consecuencia, personales están ya prefigurados en Hegel. Con él la filosofía moderna abandona la metafísica estática e inaugura la metafísica dinámica. Las perpetuas transiciones que él describe están ya con nosotros y se ha dado en llamarlas líquidas gaseosas, pero son el resultado de un continuo crear y perecer que ahora se nos hace visible, porque ha aumentado su velocidad relativa a nuestra percepción. Añadamos que todos esos cambios son consecuencia de conceptos humanos, tanto en el ciencia, como en la tecnología y, como consecuencia, en la economía, en la política y en nuestras vidas ya estaban anticipados por Hegel como la pulsión de autoconciencia que el ser humano sigue sin cesar. No digamos el ateísmo asociado a su concepto de finitud que remató Nietzsche cincuenta años después. También algunos abusos de su pensamiento relacionados con su concepción de absoluto y del estado que lo materializaría políticamente, como fueron los estados fascista y nazi del siglo XX.

RESEÑA

A partir de ahora hago un resumen de lo que Kojeve desarrolló en sus cursos de interpretación del libro fundamental de Hegel Fenomenología del Espíritu. Hegel consideraba que la filosofía anterior a él cometió el error de pensar al ser humano y sus avatares del mismo modo que lo hacía con el resto de las cosas del mundo. Esto suponía no captar la esencia del ser humano, que es la temporalidad. Es decir la radical naturaleza en tránsito de la condición humana desde el futuro, reclamado por el deseo, hasta el presente, pasando por el pasado (la memoria) que es el contenedor de los conceptos.

Hegel identifica al ser humano con el concepto y al concepto con el tiempo. Es decir el único ser capaz de separar las características esenciales (su esencia) de un ser cualquier  (un animal por ejemplo) es el ser humano con su capacidad de crear conceptos. Al crear conceptos se inmortaliza a ese animal y a todos los de su especie. Mediante el concepto se abarca el mundo preservándolo de la aniquilación que produce el tiempo y la acción laboriosa del ser hombre . Un mundo traspasado por la temporalidad que afecta especialmente al ser humano revelando su finitud. Porque es finito, porque ha de morir, el ser humano trabaja para combatir la aniquilación del tiempo con el concepto. Su condición temporal esta marcada por el impulso que genera en él deseo. Pero no cualquier deseo, como el de alimentarse  que tiene un animal o el propio hombre, sino el deseo de un deseo. Es decir, el deseo de ser deseado por sus iguales. El ser humano necesita ser reconocido y esta pulsión es tan fuerte que lo lleva a arriesgar su vida por ello. En esa lucha, que es a muerte, el hombre se hace verdaderamente humano por el riesgo que acepta consciente de que puede perder la vida. En esa lucha hay un vencedor que se convierte en el Amo y un vencido que será el Siervo. Para Hegel la historia se construye por el desarrollo de esta lucha. Pero el Amo ocioso prescinde de una actividad, el trabajo, que es generadora de la historia porque es generadora de conceptos. El ser humano progresa porque la resolución de los problemas de la vida, que es un proceso de aniquilación de la naturaleza, cuyos componentes, transitan hacia el pasado, quedan retenidos esencialmente en su concepto. Así es posible, no solamente vivir la historia, sino registrarla conceptualmente, después de haberla destruido realmente. Hegel considera que la Revolución Francesa fue el momento clave de aniquilación del Amo por el Siervo, que había atesorado el conocimiento durante siglos para hacerle ver a aquél, su condición de parásito que vivía en la contradicción de haber conquistado el deseo del esclavo vicariamente, pues su sumisión era por preservar su vida y no por la admiración pretendida. En el hombre el carácter universal de la muerte como negatividad suprema le permite anticiparla y vivir condicionado por ella, además de aceptarla como un riesgo cuando merece la pena hacerlo. En Hegel el concepto de negatividad es decisivo, pues es la condición de la temporalidad, el mundo es negado sistemáticamente y pasaría al olvido de no ser por el ser humano que lo retiene en el concepto. Así pues hay un proceso continuo de aniquilación, de negación, de lo real, que se recrea continuamente. Una negatividad que afecta y es comprendida por el ser humano, lo que hace su vida trágica y digna de ser vivida al tiempo. Un dinamismo dialéctico en el que la Universalidad es negada por la Particularidad en una síntesis de la que resulta la Individualidad, que es el ser humano concreto.

Hegel, que murió en 1831 no reconoce sino tangencialmente que la naturaleza previa al hombre también está “temporalizada” por la evolución. Un concepto que los biólogos de su época estaban madurando hasta la publicación de las conclusiones de Darwin en 1859. Lo que impedía que Hegel visualizara los evos previos a la aparición del homo sapiens y considerase que naturaleza y ser humano han sido siempre contemporáneos.  De haberlo hecho habría incluido a la naturaleza en el devenir, bien que mediada por los conceptos humanos, que son los únicos seres capaces de producirlos y retenerlos para hacer balance histórico. Un balance resultado del conocimiento de toda la historia del proceso de conceptualización de la civilización y del conocimiento de este conocimiento del que Hegel es sujeto. Una perspectiva que le permite asumir la tarea de mostrar el proceso completo en su desarrollo y culminación.

Hegel es el primer filósofo en identificar el Concepto con el Tiempo. Pues, en su opinión, el tiempo aparece con el concepto, es decir, con el ser humano que enuncia un discurso, que habla. El ser (lo que existe) es revelado por el discurso del ser humano. Sin el hombre, la naturaleza sería espacio y sólo espacio. No habría tiempo, puesto que no habría concepto que lo captara. Sólo habrá tiempo mientras el hombre construya la historia transformando el mundo mientras persigue el reconocimiento de los otros. Deseo este es que, también, el fundamento de la negación del mundo al que se destruye en el propósito de asimilarlo y someterlo. En su lucha el hombre transforma la esencia del mundo convirtiéndolo en otra cosa. El hombre es concepto y temporalidad. El concepto va ligado a la condición de finitud. Lo infinito no es objeto de concepto y, por tanto, de comprensión. Sólo lo que ha de morir es comprendido. Por eso la historia es el progreso del concepto.

Como resumen hay que decir que los conceptos fundamentales de Hegel son: Tiempo, Concepto, Deseo, Trabajo, Finitud o Muerte y, por supuesto el ser humano. La articulación sería la siguiente: El hombre crea el concepto empujado por el deseo y se hace consciente del tiempo que implica la muerte. Por tanto, el hombre que es tiempo, es el concepto que existe en la experiencia y transforma el mundo creando nuevas esencias mediante el trabajo. Hegel se ocupa de la mente del hombre, pero no niega su condición animal. Hegel considera que lo específicamente humano es el concepto originado por el deseo que transforma el mundo por su acción aniquiladora y creadora a la vez. Sin esta acción el mundo estaría, como pensaba Aristóteles, cristalizado en esencias eternas que no generarían conceptos, lo que implicaría la no existencia del hombre ni de la historia. Esto implica que, según Hegel, la naturaleza no puede ser comprendida mientras no la transforma el hombre. Por eso afirma que sólo la historia es realmente comprendida. Kojeve lo confirma diciendo que la naturaleza se revela por algoritmos matemáticos y no por conceptos que constituyen un discurso. El hombre tiene además la tarea de perfeccionar el concepto de sí mismo en su desarrollo histórico.

Es muy interesante la propuesta de Hegel que nos dice que el ser es revelado por el discurso del ser humano. Algo así como que no conocemos realmente hasta que ponemos la mirada sobre algo con nuestros conceptos. Y a esa revelación la llama Verdad. Como el propio ser que es capaz de crear conceptos revela el ser, debe revelarse a sí mismo, lo que implica que el discurso y la correspondiente revelación de la totalidad no puede realizarse hasta el final de los tiempos. Un proceso que Hegel llama circular porque el ser a ser revelado incluye al que lo revela. Una complejidad espesa que no puede ser eludida porque constituye la paradójica situación del ser humano que debe explicar una realidad de la que él mismo forma parte. Una explicación que por ser temporal no puede acabar hasta que tal temporalidad no cese. Por eso Hegel considera que la Historia debe acabar en un momento dado. Momento en que cesa la producción de conceptos porque se habrá alcanzado el concepto absoluto o sea, la revelación de la Totalidad del Ser.

FINAL

Como se ve un relato genérico de la historia del ser humano contado por alguien (Hegel) que alcanzó, según pensaba, una posición que le permitía ser testigo privilegiado de la misma. Un relato que cautivó a su autor y a parte de la intelectualidad europea haciéndoles creer que era posible realizar el concepto absoluto. Hegel pensaba que el Estado era ya el Absoluto que cancelaba la historia y eliminaba la confrontación entre el Amo y el Esclavo. Marx invirtió el sistema hegeliano bajándolo, en su opinión, del cielo para ponerle los piés en el suelo. Cambió el motor de la historia, que dejó de ser el deseo, y puso en su lugar la lucha de clases, que no deja de ser un trasunto de la lucha de Amo y Esclavo.

Tras la muerte de Hegel hubo una reacción intelectual que reclamaba la sensatez de volver a Kant y otra de carácter cientifista que se convirtió en filosofía positiva y pragmática. Pero Hegel siguió manteniendo su influencia a través de la fenomenología de Husserl y del que se considera el libro filosófico más importante del siglo XX, Ser y Tiempo del filósofo alemán Martin Heidegger, que con su propia versión del ser humano, menos cataclísmica, también buceó en el mar de la metafísica a la búsqueda de verdades estructurales. Hoy en día, el mundo intelectual todavía tiene nostalgia de la visión transformadora del mundo y, por tanto, revolucionaria, entre aquellos que se asfixian si piensan en que no hay esperanza de cambiar nada.

De Hegel, en mi opinión, quedan como hallazgos perdurables, el relato, aunque se le descabalgue de su mítica pretensión de realidad última. Un relato que nos presenta al ser humano como un asombroso ente que tiene la titánica misión de revelar el mundo a través de sus conceptos, lo que le incluye a él. Un relato en el que se inaugura la presencia del tiempo tras Heráclito como etiqueta para referirse al flujo imparable de la realidad que continuamente pasa a ser aniquilada por el carácter finito de todo lo que existe. Un relato en el que el amor por el conocimiento que identificaba Aristóteles, deja de ser una opción personal, para convertirse en un agente esencial del proceso de humanización del mundo, al retener la esencia de los entes en forma que la memoria (el pasado) puede retenerlo, aunque haya desaparecido por la acción del hombre. Un relato en el que se revela el motor de la historia, que es el reconocimiento. Una pulsión que había pasado desapercibida y que todos los individuos experimentamos en nuestra vida cotidiana cuando queremos que los demás nos respeten. Una pulsión que Hegel llama Deseo y que nos llama desde el futuro para ser satisfecho. Un deseo que lo es, no de cosas, sino del deseo de los otros. Un relato en el que el Trabajo aparece, no como una obligación penosa cotidiana, que no llevaríamos a cabo de poder estar ociosos (la condición del amo), sino como la fuente de la dignidad humana que asume que le va la vida en ello (la condición del esclavo). Aunque, también es un relato en el que Hegel muestra la fe que tiene en la potencia del concepto, en coherencia con su creencia de que es el gran cómplice del tiempo y de la acción humana para transformar (negar) el mundo. Pero esta fe lo lleva tan lejos como para considerar que, sin la muerte de todo, su sistema no tiene fundamento porque enervaría cualquier deseo. Un relato coherente, compatible con los que sabemos si desactivamos su atmósfera metafísica y la pretensión de que el final de la historia “sucedió” en el siglo XIX y antes sus ojos.

Pero no podemos negar que somos sujetos de pulsiones que nos moviliza para su satisfacción y que, entre ellas, el reconocimiento está en la base de conflictos que van desde las más graves disputas entre naciones a los más banales conflictos entre personas. No podemos negar la capacidad transformadora del concepto, en el sentido más genérico de conocimiento teórico-práctico, sobre el mundo, hasta el punto de que estamos poniendo en peligro al propio mundo natural y, con él, a la propia especie humana. Y, finalmente, no podemos negar que, con aceleraciones más o menos evidentes, la realidad es una fuga permanente, en la que se nos escapa la realidad física y nuestra propia vida. Fuga que sólo podemos mitigar mediante el recuerdo, que no es otra cosa que la sustitución de la realidad por su esencia conceptual. Por tanto, hemos de reconocer la gran altura de este filósofo que tuvo una vida de éxito y la oportunidad de Alexandre Kojeve, que hizo una versión de su libro más importante con el resultado de afectar poderosamente las mentes de toda una generación de intelectuales franceses y alemanes. Su eco todavía llega a nuestro tiempo.

Se dice que hay hegelianos de izquierdas y de derechas. Los primeros sería aquellos que utilizaron la filosofía de Hegel para transformar el mundo y, los segundos, serían aquellos que la utilizan para sacralizar las estructuras políticas y sociales, lo que sería la prueba de la complejidad de sus propuestas. Los hegelianos conservadores derivaron hacia el positivismo de apoyar al régimen prusiano cuando vieron que en la filosofía de Hegel había un germen subversivo. Pero fueron los hegelianos de izquierdas, los revolucionarios, los que creen en el poder de transformación social, los que han traído explícitamente a Hegel hasta nuestros días vía el marxismo y más allá. Aunque hay que reconocer que su influencia es ya pálida y queda como un material que seguramente será utilizado por el siguiente filósofo que intente construir un relato coherente sobre la aventura humana o, como diría el propio Hegel, un filósofo que termine la tarea de revelar el ser.

Al sistema de Hegel le pasó como a sus herederos lo que ocurre cuando se anuncia un final, que tienen que empezar a introducir metafóricos “epiciclos” (ajustes para corregir las diferencias entre la profecía y la realidad). Pero los grandes filósofos siempre dejan un herencia aprovechable y, desde luego, este es el caso de Hegel. Paradójicamente, cuando pasó, tras un siglo de crecimiento y victoria transitoria del hegelianismo de izquierdas que representaba el marxismo, silenciosamente se ha impuesto el hegelianismo de derechas, pues la razón ha desaparecido del horizonte, los hechos son la referencia del más chato economicismo actual. Una situación de riesgo que se traduce en la desorientación actual, en la que toda clase de ismos disparatados encuentran su sitio al sol de la democracia, que es invocada por todos aquellos que desde la irracionalidad de la raza, la identidad o el miedo reclaman el apoyo popular para ponerlo a continuación al servicio de la versión más descarnada de economicismo. Si el idealismo sin contrapesos es un riesgo, el positivismo dejado a su acción ciega, es la destrucción. Tal parece que estamos en una época que requiere la búsqueda de una filosofía capaz de reconocer el carácter rector de la razón para fijar metas y el carácter reactor de la naturaleza (física y humana) para evitar desvaríos. Una paradójica relación dialogante entre lo que aspiramos a ser y lo que somos. Una diálogo entre lo universal y lo particular que nos saque del atasco deletéreo en el que estamos desde el punto de vista del planeta y la totalidad de sus habitantes de todas las especies.

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