¿Hay parecidos entre la actitud de los que han apostado en Gran Bretaña por dejar la Unión Europea, los que han apoyado a Donald Trump de forma decisiva en Estados Unidos y los que, en nombre de la identidad, reclaman un estado independiente?

FUENTES DE CONFLICTO GENERALES

Los países democráticos suelen tener como conflicto clave el de la distribución de la riqueza. No en vano las preferencias políticas se han repartido en los último sesenta años entre los grupos “de izquierdas” y los “de derechas”. Pero, naturalmente, hay otras fuentes de conflicto. Es el curioso caso de Estados Unidos que incorporó irresponsablemente cerca de un millón de africanos para su explotación laboral en el siglo XVIII para encontrarse ahora con una comunidad que ha adquirido todos los derechos de ciudadanía. También sus tropelías en el centroamérica y el cono Sur lo ha convertido en un polo de atracción de la emigración masiva de la que ahora toma conciencia. Se puede añadir la relativamente reciente fuente de conflicto que es la pérdida de identidad que la globalización de todo tipo de signos culturales ha producido al recibir los países occidentales flujos migratorios de países con economías quebradas o en conflictos bélicos llenos de crueldad entre nacionales. Países de los que también están sufriendo la forma que el despecho toma en la actualidad: el terrorismo.  Hay que añadir el efecto más duro, económicamente hablando, de la deslocalización de empresas a la búsqueda de nichos de trabajadores baratos de la que se beneficia el país en el que reside la compañía originaria, pero que no puede disfrutar aquel que ha perdido el puesto de trabajo justamente por este traslado de las factorías a otros países. Pérdida de trabajo que también se produce por la competencia de los emigrantes. También, hay que sumar dos fuentes de conflicto relativamente recientes y con fuerte carácter ideológico. Uno es la lucha contra el deterioro medioambiental y, el otro, es la pretensión de cambiar bruscamente el sistema económica capitalista. El cuadro se completa con la fuente de conflicto social basadas en los derechos más recientemente incorporados al catálogo de los rasgos de una vida civilizada: así, el matrimonio homoxesual, el divorcio, el aborto, la abolición de la pena de muerte, la igualdad de géneros, etc. Un catálogo de conflictos potenciales mediatizado, en general, por las creencias religiosas. No podemos olvidar los conflictos latentes relacionados con el propio sistema político, pues siempre habrá quien apueste por la más radical de las posiciones que sería el cambio de un sistema democrático por otro autoritario de izquierda o de derechas, como se puede comprobar en cuanto se traspasan determinados umbrales de tensión.

Resumimos las fuentes de conflicto:

  • Desigualdad económica
  • Separatismo
  • Tensiones raciales
  • Efectos de la globalización
    • Pérdida de identidad cultural
    • Pérdida de puestos de trabajo por deslocalización
    • Pérdida de puestos de trabajo por competencia de emigrantes
  • Cambio climático
  • Derechos sociales
  • Sistema económico
  • Sistema político

LA GRAN ZANJA

En los países los conflictos tienen dos fases: una más rudimentaria en la que la violencia es la ley y no cabe más conflicto que sobre quién empezó primero, como ocurre con una guerra civil. Pero cuando hay paz entonces el ser conflictivo que es el ser humano vuelve la mirada hacia otros aspectos de la vida dividiéndose de nuevo en su resolución. En este último caso, se pueden hacer dos listas de posiciones ante estos conflictos (una azul y otra amarilla), sin perjuicios de los matices de aquellos que oscilan entre los dos grupos consiguiendo distintos tipos de verde.

PAQUETE AZUL

  • A favor de:
    • Unión de la patria
    • Elitismo
    • Raza blanca (o etnia en países de otros continentes)
    • Rasgos identitarios (bandera, himno)
    • Sistema capitalista
    • Sistema financiero
    • Autoritarismo
    • Sociales
      • Pena de muerte
  • En contra de:
    • Sindicatos horizontales
    • Separatismo
    • Emigrantes
    • Deslocalización
    • Respeto ecológico
    • Democracia
    • Sociales
      • Aborto
      • Matrimonio homosexual
      • Divorcio
      • Uniones de hecho
      • Igualdad de géneros

PAQUETE AMARILLO

  • A favor de:
    • Derecho a decidir
    • Igualdad social
    • Diversidad racial
    • Libertad simbólica
    • Sistemas económicos igualitarios
    • Democracia asamblearia
    • Defensa del medio ambiente
    • Sociales
      • Aborto
      • Divorcio
      • Matrimonios distintos del heterosexual
      • Uniones de hecho
      • Igualdad de género
  • En contra de:
    • La atomización de los trabajadores
    • Del derecho a decidir
    • Las fronteras
    • La globalización
    • La deslocalización
    • El sistema económico
    • El sistema financiero
    • Sociales
      • La pena de muerte

En general las poblaciones nacionales mezclan sus posiciones y además las jerarquizan poniendo más o menos énfasis en unas u otras. En esta poliédrica realidad chapoteamos políticos, artistas, oportunistas, analistas y la gente común.

FUENTES DE CONFLICTO ESPECÍFICA: EL CASO DEL INDEPENDENTISMO

Los imperios son formas políticas y económicas de subsistencia de élites. Cuando no había tecnología que mereciera el nombre, sino, a lo sumo, artesanía y se necesitaban miles de hombres para extraer minerales o recoger cosechas, la guerra de conquista era el método para que la metrópoli acumulara riqueza para unos pocos. Naturalmente el ser humano siempre transforma el barro de las fuerzas que lo mueven en el oro de la cultura y todos los grandes imperios han generados la suya. De Grecia, Homero; de Roma, Virgilio; de España, Cervantes; de Francia, Moliere; de Britania, Shakespeare; de USA Faulkner; de China…

El lado oscuro era el sometimiento cruel y explotación económica de pueblos con características bien definidas, que de vez en cuando se rebelaban y eran reprimidos de forma sangrienta. La institución de la esclavitud era el destino de muchos de los rebeldes. En las fases estables de los imperios, y antes de que comenzara la decadencia de cada uno, florecían las artes y los oficios, siendo las únicas perturbaciones las producidas por las luchas crueles entre facciones de las élites por disfrutar del poder y sus regalos. La historia tiene sus leyes y una de ellas es que conforma las unidades políticas y cuando las estabiliza son muy difíciles de deshacer si tienen un tamaño adecuado a la época y sus técnicas de guerra. La desaparición de los imperios dejaron en el exterior a la metrópoli el desorden suficiente para que llegara el imperio sucesor y comenzara el nuevo ciclo de explotación. Las grandes metrópolis deben su esplendor a la acumulación de riqueza que experimentaron en los momentos de Gloria respectiva. Cuando desapareció el último imperio duro (el británico), todos los pueblos recuperaron la autonomía aparente para empezar a sufrir el dominio suave de la corrupción de élites locales, que garantizan la explotación de recursos naturales autóctonos, y el dominio a través de los parámetros financieros que prestan dinero para que consuman los productos imperiales y acumulen la deuda que sojuzga. El hecho es que la descolonización ha generado 193 países de los que unos 50 pertenecen al llamado Occidente. Muchos de esos países se han concretado recientemente generando una sensación de frivolidad creativa que ha tenido como consecuencia la generación de una conciencia artificial de neocolonialismo que requiere, supuestamente, una neo-emancipación. Hay casos de separación amistosa recientes como entre Noruega y Suecia o Eslovaquia y la República Checa. En el caso Eslovaco, tal parece que cuando son dos pueblos unidos artificialmente tras la Primera Guerra Mundial que fueron juguetes de las geoestrategia europea, la separación es deseada por ambas partes. En el caso noruego, la unión con Suecia es tan reciente como 1814 después de haber pasado por un período de unión con Dinamarca, de modo que la separación pacífica de 1905 fue un hecho natural. El abuso de la Unión Soviética tras la II Guerra Mundial anexionando países de su periferia produjo la natural desbandada tras la caída del régimen en 1989. Sin embargo, las naciones europeas conformadas con el cincel histórico a partir del siglo XV fueron el residuo de la hegemonía de los Habsburgo, en el caso español; de la hegemonía de Inglaterra en las Islas Británicas que, por ejemplo consiguió la unión voluntaria de Escocia en 1707; mientras que en el caso Italiano y Alemán son naciones nacidas en el siglo XIX en un proceso de unificación de territorios que se reconocían mutuamente como homogéneos, en una época en la que el país que no tenía un pasado mítico lleno de bruma y heroísmo, no tenía nobleza. Una vez liberadas las tensiones con fundamento histórico, Europa se ha dedicado a un proceso de integración que armonizara países para buscar un tamaño geoestratégico que le permita competir con otras grandes áreas económicas mundiales. Y lo hace respetando la conformación de países, al tiempo que se espera que los países heterogéneos respeten la diversidad interna. Este es el contexto en el que España se ve sorprendida por un cambio de intensidad de la reivindicación de autonomía que traspasa el umbral que hace posible la convivencia y se activa un desafío formidable del que aún no se ha salido. Un desafío que se basa en la transformación de luchas dinásticas en el siglo XVII en luchas de independencia, en reclamar una libertad cuando se es libre y en fingir que se vive en un régimen opresor, cuando, con todos sus defectos se vive en un estado de derecho reconocido internacionalmente. En resumen, el separatismo como fuente de conflicto surge de regiones en general ricas que tiran de expediente histórico para su reclamación. Unas lo hacen con más fundamento que otras, aunque todas llegan tarde en su pretensión cuando los vientos históricos soplan en otra dirección. Por ejemplo, no es lo mismo que una región italiana reclame independencia habiendo sido incorporadas en el siglo XIX, que lo haga Normandía en la Francia que inventó el concepto de nación.

FUENTES DE CONFLICTO ESPECÍFICA: EL CASO ANGLOSAJÓN

Británicos y norteamericanos son los dos últimos casos de dominio imperial. Sus poblaciones respectivas vivieron en su momento en la confortable situación de metrópolis en pleno disfrute de la explotación universal basada en el contundente uso de un ejército poderoso cuyos mitos de heroicidad se alimentaban de la represión de las poblaciones sorprendidas por su altiva presencia. Por supuesto que las élites de estos imperios se sentían confortables en la situación, pero también el pueblo trabajador vivía espiritualmente haciendo suya la gloria del imperio, aunque sólo fuera luz reflejada por sus símbolos. En general el retrato es el de un hombre o mujer blancos que imitaban en su comportamiento cotidiano los gestos de señorío de sus amos. Orgulloso de sus costumbres, de su arquitectura y de su countryside. Naturalmente confiado en que todo el entramado institucional cuidará de él o ella. Que siempre tendrá preferencia en la mente y las políticas de las respectivas élites de Londres o Washington. Pero los dos actos electorales del año 2016 muestran que esa confianza había desaparecido porque, aunque el proceso de deterioro de todo lo que constituía su entorno o, mejor, todo lo que los constituía como ciudadanos de la primera hora, se había desvanecido. De modo que cuando aquellos que no padecían estos males, pero sí tienen objetivos propios de los delirios elitistas, tiraron de catálogo de males en sus proclamas de campaña, sus palabras cayeron en tierra abonada por un denso resentimiento.

El resultado ha traído como consecuencia la superación (temporal) del eje izquierda-derecha, en el que el factor económico tiene que ver con los enfrentamientos internos por el reparto de la riqueza para dar lugar a la salida a escena de una paradójica rebelión de olvidados y agraviados que, de la lista de conflictos, dicen sufrir fundamentalmente con:

  • La desnaturalización identitaria producida por la emigración masiva.
  • La pérdida del puesto de trabajo por la globalización.
  • La pérdida de autoestima de la raza blanca al caer a niveles sociales no esperados frente a otras comunidades nunca bien asimiladas.
  • La pérdida de autoestima por la europeización en el caso británico y de la hegemonía comercial de otros países en el caso estadounidense.

Del sentimiento de relegación surgido de estos agravios se han derivado las sonoras votaciones de rechazo a la pertenencia a la Unión Europea o la elección del presidente Trump, cuyos promotores se ha limitado a prometer la curación de estas heridas de la forma más rápida y contundente posible. Promesas que se hacen en medio de una profunda crisis económica cuya salida es un cambio de paradigma social en base a cómo la tecnología hace posible las nuevas relaciones económicas entre individuos y empresas con una fuerte tendencia al trabajo autónomo y a la ausencia de todo compromiso contractual con el destino de los que antes eran trabajadores por cuenta ajena y ahora pasan a ser microempresas proveedoras.

CONVERGENCIA ENTRE CASOS

El caso es que España ha pasado a incorporarse a las sorpresas de la época al aportar “originalmente” al catálogo de respuestas a la globalización el independentismo pacífico y pegajosamente tenaz. Un movimiento que aporta la originalidad de que, al no contar con un situación empírica contra la que reclamar, se la ha inventado literalmente. Un movimiento que pretende la separación de un país sin más razón que la voluntad de una parte de la población que ha sido movilizada abusando del altísimo grado de autonomía de que goza esa parte del país. Un autonomía que ha hecho creer a los gobernantes que, puesto que ya han probado ha gobernarse, para qué seguir unidos a un grupo de regiones con menor PIB relativo. Una autonomía sobre y contra una mayoría de conciudadanos que rechazan tal independencia por los intrincados lazos que unen a Cataluña con el resto de España.

Se observa que, en el paquete de la reclamación de independencia, figuran algunos rasgos comunes con los casos de Estados Unidos y el Reino Unido. Son los del sentido de pérdida identitaria por la disolución que favorece la globalización y la molestia de una emigración cada vez más visible, a lo que se puede sumar la conciencia de ser especiales en un entorno hostil. Se añade un adanismo que borra el pasado e inventa el futuro en base a la pretensión, negada por los hechos históricos, de que será posible un nuevo país que no conozca la corrupción ni el abuso del poder. Sospecho que los dirigentes que están impulsando este movimiento no creen sus propias palabras por dos razones: una, que entre ellos ya hay curtido corruptos y, otra, que entre ellos hay, y con gran entusiasmo, partidos políticos que parten de la base de que el sistema capitalista debe ser eliminado como generador de riqueza, por lo que deben, en consecuencia aprestarse a la revolución una vez conseguida la independencia.

El rechazo a los que no comparten el relato de agravios y victimismo incorporado al sentir independentista es también un rasgo en común con los casos de Gran Bretaña y Estados Unidos. Algunos británicos, especialmente los ingleses y algunos americanos deploran que sus sociedades se hayan visto enajenadas por grupos de emigrantes que, no solamente compiten por el trabajo, sino que mantienen sus “enojosas” costumbres en su vecindad. Finalmente hay que decir que hay una característica fundamental que es común a los tres casos: se trata del desafío a la autoridad, no al autoritarismo. Es decir, que, conscientes como serán los más responsables en estos grupos de que algún tipo de orden debe organizar las sociedades, lo urgente es el desafío al orden reinante. En el caso británico es el desafío a la clase política de cualquier signo que sometió la soberanía del país al mandado europeo. En el caso estadounidense, se trata del desafío a la clase política de Washington, que ha favorecido la competencia económica internacional que ha destruído las industrias locales y los ha dejado en el paro y la indigencia. En el caso de los independentistas catalanes, como en el cualquiera de los casos ya dados (y frustrados) en Occidente, el desafío es a la estructura política, jurídica y humana que les envuelve dando la sensación subjetiva de opresión. Por supuesto que en los tres casos su voto fundamental negativo produce un efecto nulo, pues las condiciones de unos y otros no cambian, aunque lo hagan los rostros de los que han de gobernar los resultados del desafío. Por eso, tras la resaca, se volverá a la lucha eterna en las zanjas de la división ideológica. En breve, a la zanja de la desigualdad económica y a la zanja de la concepción de lo social. Una lucha que nos desgastará mientras otras dos grandes amenazas muestran sus rostros en el horizonte: la superpoblación y el deterioro de nuestra única patria común: el planeta Tierra. Amenazas de las que solamente nos puede sacar el conocimiento en su doble acepción: el de conocimiento científico y el que da la serenidad de afrontar la vida en toda su seriedad sin perdernos en brotes de ira, que nos asuran, o en brotes de frivolidad que nos distraen.

 

 

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