Todo debe fluir (menos lo mío, que soy liberal)


14 Jun 2013

Desde hace siglos los pensadores se ha debatido entre una concepción fija, rígida del mundo y otra dinámica y flexible. Desde la ciencia al Arte y desde el mundo de la vida al intelectual o económico esta dicotomía se ha reflejado de diversas formas. Baudelaire en el siglo XIX definía famosamente la modernidad como “lo transitorio, fugitivo y contingente, que es la mitad del arte, cuya otra mitad es lo eterno e inmutable” (por cierto, faltaría lo necesario como opuesto a contingente). Pero mucho antes (2500 años, quizá) Parménides porfió con la diversidad y dinámica de la realidad percibida confinándola en un ser único, eterno, infinito e inmutable. En definitiva, la apariencia inquietante e inexplicable se combatía con la serenidad de lo estable. Todavía hoy el clasicismo se presenta como cura del tráfago diario. La puesta de sol como el reposo del día agotador. Al límite, la muerte frente a la vida. Esta querencia del ser humano por el reposo en lo físico y la serenidad en lo anímico se equilibra por la búsqueda incesante de acción para buscar la novedad que dé respuesta a las necesidades y a los interrogantes más profundos del alma humana. Esta polaridad es, a su vez, un clásico como tema en psicología (Tánatos y Eros), en el Arte (Figurativo-Abstracto), en la ciencia (Física del absoluto-Física relativista) o, aún, en la filosofía (Metafísica-Postmodernidad) y si me apuran en la educación (Docencia pasiva-Docencia activa) y en el trabajo o el tráfico (Seguridad-Libertad).

Sin embargo, la física nos informa sobre la inexistencia del reposo metafísico. Cuando se dice que algo está en reposo, en realidad se quiere decir que se mueve con el observador. Nada descansa, ni nada debe descansar, pues existir es estar en proceso continuo. Pero ésta cansada condición de lo real no es compatible con el ser de la psique humana que requiere un ciclo equilibrado entre acción y descanso y su correlato igualmente equilibrado entre riesgo y seguridad.

Lo que justifica estas reflexiones es la constatación de que lo que emerge ahora con una potencia no advertida en el pasado, para pasmo de la mayoría, es esta misma dualidad pero ahora en el ámbito de la economía. La necesidad de tranquilidad de individuos y familias para trabajar y descansar de forma productiva y serena se ve amenazada por una versión del liberalismo económico que puede destruir las esperanzas de una sociedad avanzada. Esta ideología nos propone que actuemos como partículas físicas estadísticamente sustituibles sin consideración alguna a la condición específica, idiosincrática, de la humanidad. La propuesta es que todo fluya. En imitación de la naturaleza nada permanece, todo cambia en un infinito baile con el resto de variables económicas. Cada individuo, cada día debe tomar decisiones que lo pueden llevar a la ruina y al paro sin compasión o la riqueza, ambos provisionales. Intereses, acciones, inflación suben y bajan en una imprevisible evolución resultante de las decisiones de millones de personas en sus tabletas cada noche al regresar del trabajo. Ir y venir de valores y patrimonios en un juego vertiginoso y mortal para los perdedores. Perdedores que sólo dispondrán de su cuerpo como última recurso que hipotecar. Juego cuántico de partículas humanas que no descansan nada más que aparentemente entre el estrés y la euforia de la victoria sobre otro más débil o distraído. Desconfianza entre seres humanos que miran de soslayo a sus congéneres como potenciales rivales en la disputa de lo elemental. El capital va de unas manos a otras, no descansa en un irracional (nunca mejor dicho) vaivén cuyo residuo último es la productividad de mercancías para mantenerse vivo para la muerte diaria. Un mundo en el que los medicamentos más perseguidos serían los ansiolíticos. Un mundo neo hobbesiano.

Esta escena del inferno liberal, que los ingenuos consideran la vida social más natural, tiene en la práctica un fallo, el mismo que tiene la utopía simétrica, aquella del eterno descanso en la protección de un sistema estatal a ultranza. El fallo es que unas pocas unidades, aquellas que consiguen dominar los resortes del poder y que con la mayor energía y entrega postulaban la ideología de la acción y el riesgo, en realidad, sólo la piden para los demás. En cuanto consiguen acumular riqueza en forma económica o política, pierden todo interés en el riesgo propio y sólo siguen defendiendo el riesgo ajeno. Afianzan su posición y dónde antes rechazaban toda protección estatal, la exigen para sus capitales; donde antes proponían la competencia, practican el cartel; cuando consideraban la igualdad de oportunidades una piedra angular de la vida social, pasan a defender la herencia; donde consideraban el esfuerzo personal como fuente de todo derecho, defienden el nepotismo con su prole; cuando consideraban la transparencia el fundamento de la competencia leal, ahora corrompen a los auditores para alterar evaluaciones y parámetros básicos para valorar activos y patrimonios.

En definitiva, un liberalismo asimétrico que muestra su auténtica faz, la de siempre, la del dominio económico, financiero y político para protegerse con gruesas capas de bonus, dinero en efectivo y propiedades de su miedo a la incertidumbre y a la muerte. Irracionales premios a la más absoluta ineficacia en la gestión del capital mundial cuyo único fin legítimo, a pesar de todo, es la vida digna del mayor número posible de seres humanos. Los tiempos actuales han mostrado que la mano invisible de Smith no contribuye al interés general. Es hora de aceptar una nueva concepción de la dinámica social. Hay que aceptar una concepción de la naturaleza como proceso incesante. Pero un objeto familiar encima de nuestra mesa es un proceso incesante y, sin embargo, su presencia aparentemente inerte nos tranquiliza. Se puede afirmar la acción permanente sin negar el reposo. Esto es así concibiendo el reposo como movimiento simultáneo. Traducido a los social se trata de una vieja amiga: la justicia social. Cuanto mayor sea la diferencia social y peor funcione el ascensor social mayor sensación de movimiento se generará, pero hacia el desastre. El reposo es necesario porque la ansiedad como indicador de eficacia es un error que sólo residuos de formas arcaicas de ejercicio del poder del hombre sobre el hombre pueden explicar. El ser humano puede ser muy eficaz cuando percibe que el resultado de su esfuerzo tiene un propósito. Si la naturaleza no es teleológica el ser humano sí. Su fin es él mismo y, ahora lo sabemos, en armonía con la naturaleza de la que procedemos y formamos parte inexorablemente. Esta doble meta no es posible si se permite que los apóstoles de la ansiedad y el riesgo ajeno con el único propósito de vivir vidas serenas y seguras de forma exclusiva y excluyente impongan su parecer en nombre de una libertad de acción hipertrofiada.

Isaiah Berlin ya avisó del peligro de que unos valores prevalecieran respecto de otros. Enunció una especia de ley de la conservación del espacio axiológico, según la cual si uno de valores (como la libertad) se impone sin equilibrio sobre los demás (como la justicia o la compasión) el mundo irá mal. ¿Qué se puede hacer? 2500 años después de que Heráclito advirtiera el incesante flujo de la realidad y de que Parménides intentara congelar el flujo con el poder del concepto la solución no puede ser ya ingenua. Se ha sucedido todo tipo de propuestas políticas que ahora corren peligro de ineficacia por el poder desarrollado por los factores económicos a lomos de las tecnologías de comunicación. Tecnologías que han mostrado su cara deletérea al servicio de los movimientos del capital y su cara opiácea en forma de entretenimiento y como amortiguador de la frustración de la mayoría. Tecnologías a cuya brillantez tenemos que acostumbrarnos pronto para no ser deslumbrados y poder reorientarlas hacia los intereses de la gente. Tecnologías que nos han metido en el problema y han de sacarnos de él. Para ello, los líderes sociales han de aceptar jugar en el mismo campo impuesto por los hobbesianos. Es decir, a la continuidad del movimiento de los parámetros económicos, hay que oponer la continuidad de la voluntad de cambio del rumbo social. Se trata de comprender el mundo moderno y aplicar esa interpretación a los intereses generales.

Esto supone combatir la economización de la vida que corrompe cada día con la mera presencia de datos macroeconómicos cuyo objetivo es el sometimiento a la fuerza de las cosas y con la imparable intromisión de la publicidad en los espacios sagrados de la información. No digamos con la grosería insoportable de la entrega a un poder corrupto de la intransferible capacidad de legislar para conseguir islotes de entretenimiento lúdico y pornográfico. La economía tiene que volver a su lugar natural de soporte de los fines sociales controlada por la voluntad política entendida como construcción de la polis, fuera de la cual no hay salvación. La ideología neoliberal pretende precisamente expulsarnos a la naturaleza, contradictoriamente, contra natura, pues el hombre es un ser social. Convertirnos en materia manejable llevándonos a todos (ellos, pobres incultos, incluidos) al desastre colectivo.

Desde este punto de vista, es ejemplar el caso de las tres jóvenes rusas que nos llaman a la acción sonriendo. Es necesario recobrar el espíritu del 15-M (en situación de cesante) y volverlo incesante, presente en cada rincón del poder, invitando a la lealtad a la ley y a los intereses generales, pero no permitiendo que la ley se pliegue a intereses bastardos como consecuencia de la abstención. La abstención es la peor forma de reposo. Es la muerte de la polis, es la muerte social. Los seres de Lovercraft emergerán de sus húmedas tumbas por lo orificios que deje nuestra discontinuidad, nuestra falta de flujo permanente para exigir justicia y ley. Acción pacífica pero incesante, para fatigar la resistencia de los que se empeñan en vano en construir un mundo eterno e inmutable de explotación sobre la realidad mutante de una sociedad sorprendida en su buena fe por un tropel de insaciables.

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