Máster en economía


28 Abr 2013

Los economistas siguen escribiendo libros que impúdicamente publicitan en los platós y en las tertulias radiofónicas. En ellos nos dicen lo que ya les dice la nómina a los que todavía la conservan y lo que saben los parados hasta cuando logran que no se les quiebre el sueño. Todos sabemos lo larga que se hace la noche por un problema nimio cuando alcanza el carácter de obsesión sin fundamento objetivo, cómo será si la causa es haber pasado en poco tiempo de una normalidad social a la exclusión. Los economistas viven de explicar lo sabido: que la contracción trae depresión o, si están a sueldo real o moral de los tenedores del capital, de contarnos extrañas historias de algoritmos en los que no entra el sufrimiento. Ya se decía en 2008, cuando nuestro lunático presidente a la sazón negaba como un creacionista inculto o se dice todavía, cuando el actual presidente se esconde porque la táctica de la negación ya ha sido arrumbada por inútil. Ahora la nueva herramienta es el discurso barroco. Un discurso que produce risa hasta a ellos. Siempre recordaré el “de qué se ríen ustedes” de la Manjón en el Congreso de los Diputados.

Tiempos crueles donde se ataca a lo material y a lo inmaterial. Tiempos en los que ya no queda ni siquiera el consuelo de vivir la desgracia de forma inteligente, sino que hay que soportar el cinismo perruno (expresión redundante pero oportuna) de unos gobernante que rayan la impudicia y la debilidad sólo explicable por la estupefacción que en los tejidos cerebrales produce la pérdida no explicada o la culpa insoportable de una oposición que ya no merece el nombre, pues es una “dejación”. El líder de la dejación está bloqueado por su pasado y los que le acompañan a ninguna parte están bloqueados por su temor a ser desplazados antes de tiempo. Los ciudadanos estamos cursando un máster de economía no oficial que nos permite comprobar que la estupidez de los gobernantes, primero, convirtió a la sociedad española en créditomana y, luego, le niega la metadona. La sacó de su crecimiento natural para lanzarla a producir objetos innecesarios para que los promotores políticos o financieros cobraran sus comisiones. El batacazo era previsible, pero no había red, de hecho no la hay todavía. La única solución que encuentran es correr hacia la zanahoria del déficit que se aleja atada al palo de su larga nariz de mentirosos. El déficit, que es un indicador relativo, que es una diferencia y que llegará a cero cuando no haya ni ingresos ni gastos, en efecto. Olvidan los valores absolutos de gente real tirada a la cuneta y empresas reales dejadas caer a pesar de que saben hacer bien cosas necesarias. Y ellos, en sus clubes financieros en las alturas o en las Cámaras Bajas, entre susurros de alpaca y frotando con sus pies la moqueta de los pasos perdidos, creen estar fuera del alcance protegidos por jóvenes atrapados en sus uniformados y precarios sueldos.

Salga a la palestra, señor presidente. Explique con su cualidad más apreciada (el sentido común) lo que pasó (y no empiece por la herencia, que usted ya tiene la suya y todos los presidentes han sido españoles que sepamos), lo que pasa y lo que debemos hacer para volver como sociedad a una vida austera, sí, pero sin excluidos. Una vida respetuosa con el planeta y sus limitaciones. Una vida culta que disfrute de la excelencia de nuestros mejores en vez de enviarlos al exterior entre risitas de neofranquistas. Volvamos, en definitiva, a la vida y empujemos a las ciencias descriptivas como la economía a su papel instrumental y quitemos a los nuevos corsarios sus bajeles, no si antes haberlos encarcelado en las mazmorras rodeados de libros de economistas de medio pelo.

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