Individuo e institución: tele y twitter

20 Ene 2013

Llevamos algún siglo porfiando con el dilema tipo huevo-gallina (yo creo que primero fue el huevo) de la relación entre individuo y sociedad. En este caso se trata del problema de mejorar la vida humana interviniendo sobre la sociedad, es decir, sus instituciones o esperando la mejora del individuo. A la mejora de la sociedad se han dedicado los reformadores y a la del individuo las religiones, aunque éstas tienen ahora la competencia de la neurología.

En el momento en el que estamos con un colapso general del liderazgo individual e institucional, creo que sería conveniente aceptar que cualquiera se quedaría con un maletín negro de un millón de euros en billetes de cinco encontrado en un lugar desierto y de noche. Pero también debemos aceptar que la mayoría asistiría a un congénere en condiciones de inminente peligro o de constante sufrimiento, siempre que esto no lo conociéramos mediante un reportaje en la tele. Si esto es así, es que todos llevamos un demonio y un ángel dentro que emerge cuando las circunstancias lo hacen posible. El cambio de este individuo ambivalente (ángel – demonio) es imposible y, me atrevería a decir que indeseable, por el riesgo de que sólo ángel o demonio resultemos monstruosos. Por tanto sólo nos queda actuar sobre las instituciones.

Las instituciones son los artefactos del progreso humano. Su corrupción debería ser objeto de las graves penas. Privar de la vida a un ser humano es gravísimo, pero privar de la vida a una institución es de alcance telúrico. En el momento actual de caída sin freno es necesario que aprovechemos el crecimiento de la clase culta entre los pobres para ensanchar las bases críticas y operativas de la acción política y sus dos momentos fundamentales: la legislación y la aplicación de al justicia a sus trasgresiones. Estos dos momentos decisivos de la vida social han sido securstrado por los más energéticos congéneres que se han aplicado a la rapiña legal o alegal, hasta dejar exhaustas las ubres económicas del Estado. Apaguemos la tele y twitter en mano establezcamos pacíficamente las nuevas reglas de juego a nuestro representantes provisionales.

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