Londres 2012

28 Jul 2012

La ceremonia de ayer tuvo un momento clave imprevisto e inadvertido. El tránsito de la campiña a las chimeneas y de las chimeneas a la ciudad es el de la naturaleza al ensimismamiento del ser humano. De forma acaramelada Gran Bretaña olvidó todo el sufrimiento infringido a millones de personas durante dos siglos para crear las condiciones actuales. Sufrimiento involuntario y sin un relato mítico apropiado para justificar el sacrificio. Las manos invisibles y la utilidad de la riqueza que se llevó por delante a miles de niños con cáncer en los testículos por su permanencia en las chimeneas de los propietarios de las chisteras que ayer veíamos tan ufanos con la mano apoyada en el chaqué. Qué pena que Shakespeare fuera recitado en levita por Graham. Hubiera sido más apropiado un traje renacentista, pero eso llevaría a pensar en la cruel Isabel I que bautizó en sangre la nueva religión anglicana. Los seres humanos somos expertos en camuflaje, mucho más que los camaleones. Ocultamos nuestra realidad a nosotros mismos. Qué alborozado nuestro Trillo repuesto de sus trapacerías carniceras con el Yak o su intrigas para que la verdad resplandeciera en el asunto de los trajes. Menos mal que nuestros jóvenes deportistas por mor de su pureza provisional nos redimirán mostrando al mundo lo bueno que puede ser este país cuando es bien dirigido. Bondad de la dirección que sólo hemos ensayado en el deporte. Lo que es lógico porque en el deporte los discursos no pueden sustituir a la realidad. O se llega antes o no se llega. En política, sin embargo, no se llega nunca pero las palabras de unos y otros desvían nuestra atención mientras con la mano nos roban la estima y el dinero. Ojalá la política fuera como el deporte. Esa sería la mejor herencia de los siempre mejores juegos olímpicos que se han celebrado jamás (hasta las siguientes). Para ello habría que someter a los políticos a pruebas de realidad. Ahora que caigo, pensó Hernández, si eso es lo que está pasando ahora y da igual. La realidad abofetea todos los días las promesas y los actos y da igual.

 

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