Ayer, paseando por la playa al caer el sol, ví un señor que podría ser director gerente o consejero delegado de una gran empresa, o quizá, también, un sacristán, no sé. Lo que quiero decir es que su aspecto era venerable y su panza prominente. Canas en las sienes y una mirada hacia la raya del mar que me hacía presumir que estaba en profundos pensamientos. Estaba solo, lo que hizo suponer que era viudo o quizá soltero. De ser lo primero, lo acompaño en el sentimiento, aunque es un caso estadísticamente raro, pues las esposas viven más. En todo caso espero que no haya sido un trance largo y doloroso, aunque algunas arrugas en su frente y junto a los ojos, sumado a un rictus amargo, parecían indica que, lamentablemente, había sido una larga agonía. De ser soltero, tendría que atribuir su rictus a la soledad, esa carcoma de toda felicidad. Nadie a quien contarle nada, ¿cabe más desesperación? Claro que también podría agravarse, y su rostro en conjunto parecía dar pistas, con la solitud: ese carecer, incluso, de la compañía de ese amigo íntimo con el que el poeta conversa para aprender el secreto de la filantropía. Parece un hombre de costumbres humildes sin apegarse a los bienes de consumo. Su aire general me recordaba a una escena que presencié en Isla (Cantabria) sin que nada permitiera adivinar lo que iba a ocurrir. Caminaba por la fina arena de la marea baja con los ojos llenos de contrastes entre rocas, vegetación, y agua, qué agua, qué río puro y purificador. Bañarse en aquellas aguas frías y transparentes, inocentes aguas llegadas de la montaña sin recibir vertidos antrópicos. Aquella experiencia me sirvió para estar preparado para este otro encuentro. Acabo:

Cuando me acerqué (no por mi interés, sino por mi trayectoria normal de paseante) pude comprobar hasta qué punto despreciaba lo innecesario este hombre, que parecía un director gerente o consejero delegado, o quizá, también, un sacristán. Al verme llegar se volvió pudoroso y con donaire, no para ocultar sus sentimientos, sino sus glándulas reproductoras, ofreciéndome a cambio sus nalgas. Admiré su recato y seguí el paseo con mi mujer, que me hizo un comentario que no recuerdo (y eso que fue ayer mismo)…

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