El liberalismo es una honorable postura política y vital que tiene entre sus méritos haber conducido la lucha contra el antiguo régimen, el aristocrático y tiránico previo a la Revolución Francesa de 1789. En España fue la referencia política durante todo el siglo XIX, oponiéndose sin mucha fortuna a todos los intentos de mantener los antiguos privilegios aristocráticos y los nuevos privilegios de las burguesía naciente. Curiosa alianza ésta entre el antiguo régimen monárquico restaurado tras la caída de Napoleón y los detentadores de la propiedad industrial que no quisieron que la libertad económica fuera seguida de la libertad política. Tan contumaces fueron en su resistencia que hubo que esperar que pasaran 78 años del siglo XX para que una democracia que mereciera el nombre se instalara en nuestro país con visos de permanencia. Nada queda de aquellas almas puras del liberalismo político que masacró Fernando VII.

Sin embargo, el término liberal ha sido contaminado por su cara económica en la actualidad hasta el punto representar una nueva y paradójica tiranía a combatir. Cuando alguien se declara liberal hay que preguntarle si lo es económico o político. Los de carácter políticos deben ser lectores de John Locke, Stuart Mill, Popper o Soros. Los de carácter económico de Adam Smith, Milton Friedman o Friedrich Hayek. Si reúne las dos características hay que echarse a temblar como ocurre con un lector monográfico de Marx, Mao o Alexander Buzgalin a estas alturas del desengaño.

Los liberales políticos no son economistas pero dotan de aroma intelectual a los liberales económicos. Los liberales económicos no son políticos pero dotan de argumentos técnicos a los liberales políticos. Hasta el último cuarto del siglo XIX el liberalismo político aceptó las propuestas del economista Keynes ante las consecuencias de la economía inocentemente aplicada desde la segunda revolución industrial. Con Keynes se consiguió descubrir el mercado interior y se neutralizó el atractivo teórico del primer comunismo. Pero en los años ochenta del siglo XX, los liberales políticos y los liberales económicos entran en convergencia. Quizá fuera la influencia del libro de Hayek The constitution of liberty de 1960 sobre Margaret Thatcher. Una política en la que las convicciones políticas liberales confluyeron con la creencia de que la economía era la herramienta para sus metas. Naturalmente en ese momento la presencia del dañino y absurdo estado al que había llegado el comunismo soviético y chino era un aliciente para marcar distancia. Hasta ese momento se había pensado que el keynesianismo era la solución y Berlín el ejemplo con el contraste entre el estado social de las dos alemanias separadas por unos metros. Pero los políticos liberales de los años ochenta instigados por los detentadores del capital llegaron a la conclusión de que el miedo al comunismo había llevado a crear una especie de socialismo a base de prestaciones sociales que absorben capitales que debían estar utilizándose en otras cosas. Por ejemplo, en tecnologías de automatización y globalización que dieran acceso al liberalismo político y económico universal como utopía para una nueva sociedad dinámica en la que recursos y capitales fluyen por todo el planeta a cargo de las personas de más mérito evitando los subsidios de los que no contribuyen con su esfuerzo a la riqueza general.

Todas las utopías acaban en farsa o tragedia porque la coherencia extrema devienen demencia en nuestro mundo real que no acepta los viajes al infinito. Y a ésta le ha pasado lo mismo y eso que aún no ha terminado de hacer daño. En efecto, la liberación de los capitales empleados en los servicios sociales, el trasvase de los recursos de titularidad pública a manos privadas y la reducción del Estado a base de reducción de impuestos ha traído un estado de cosas en el que el dinero no va a inversiones tecnológicas sino a paraísos fiscales y a una grosera industria del lujo o el entretenimiento; los trasvases de recurso públicos a empresa privadas se ha utilizado para que los políticos que tomaban estas decisiones cobren comisiones y la reducción del Estado ha dejado en situación de precariedad a millones de personas en todo el mundo. El liberalismo extremo como el socialismo extremo han llevado a las sociedades a situaciones de inercia hacia un desastre que hay que frenar, primero y parar después. En cuanto al mundo en su conjunto, por la debilidad de los estados, no recibe los beneficios de los avances del conocimiento por la codicia de los que administran estos flujos.

No es posible ni inteligente negar la potencia productiva de sistema económico liberal, pero como toda fuerza debe ser conducida o resulta autodestructiva. No es posible ni inteligente negar que las personas deben sentirse beneficiarios del resultado de sus esfuerzos pero, como acción compasiva, no puede llegar al extremo de enervar las energías sociales. Es sabido que en la política democrática, al estar basada en las percepciones de la gente, pueden ser apoyados políticos potencialmente peligrosos para sus intereses que usa discursos groseros pero seductores, aunque esto tiene sus límites, pues hay umbrales que no pueden ser traspasados sin reacción. Es sabido que los detentadores del capital presionan a los políticos, cuando no los compran, desvirtuando la legitimidad del ejercicio del poder democrático. Es sabido que la condición humana nos tiene siempre al borde de la traición a nuestros ideales si las tentaciones son suficientemente atractivas.

Con todo este conocimiento no es de extrañar que haya que estar vigilantes, pues la ideología reinante, el liberalismo, está a punto de quedarse sóla en la administración de los intereses generales, dado que el equilibrio que debería llegar de la política social está desacreditada por razones que analizaremos en otro artículo. Esta soledad puede llevar al delirio. Pues ya comprobamos lo mucho que le gustan a los liberales económicos tener como cliente al Estado y hasta qué punto están dispuestos a retorcer el sistema económico mediante sobornos o impulsando guerras si conviene a sus propósitos. También comprobamos hasta qué punto los liberales políticos están dispuestos a dejarse corromper utilizando el dinero público para beneficiar a empresas incompetentes o ficticias al objeto de garantizarse el paso de estudios primarios a la riqueza más obscena sin pasar por el filtro de la proclamada competencia entre opciones. Hayek impulsó la guerra al comunismo, Friedman al socialismo y sus hijos de Goldman Sachs no quieren dejar rastro de política social. El caso de Peter Thiel es paradigmático. La sagrada libertad está siendo utilizada para destruir todo rastro de civilización llevándola hasta la condición de espectro individualista sin más fundamento que el egoísmo más recalcitrante.

El panorama de 2017 en España muestra la decadencia del liberalismo político español desde aquella playa de Málaga el 11 de diciembre de 1831. Las agusanadas declaraciones de los actuales propietarios políticos de la marca liberal muestran un estado de descomposición que será difícil recuperar la dignidad del término en el futuro. La libertad que fue la meta contra la tiranía ha devenido orgía económica cuando no hay tirano que combatir. Y de la orgía económica a la conservadora de los valores más rancios no hay nada más que un paso para preservar las ganancias.

En las próximas décadas habrá que construir una filosofía de la libertad cooperativa o de la cooperación libertaria que evite los peligros de la falacia del individualismo como única realidad digna y la falacia del colectivismo como única forma de gestionar los intereses generales. Sin individuos no habría energía y sin acción cooperativa esa energía no podría tener efectos reales. Somos resultado de la cooperación de unidades con vida propia que no pueden progresar sin asociarse.

“The world has never had a good definition of the word liberty, and the American people, just now, are much in want of one. We all declare for liberty; but in using the same word, we do not mean the same thing. . . ” (Abraham Lincoln)

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