Londres o la última inconsistencia

El atentado de ayer en Londres es una nueva oportunidad para la inconsistencia política. Es odioso que alguien alcance un nivel de desatino tal que vea el mundo a través de unos ojos inyectados en sangre que lo conduzcan a matar indiscriminadamente a seres humanos y a inmolarse él mismo en medio del éxtasis. Es difícil de aceptar que personas inocentes vean truncada sus vidas de forma tan cruel y sorpresiva. Pero es insoportable que aquellos a los que encargamos que dirijan nuestros países de la forma más racional y equilibrada desde el punto de vista de los intereses generales se comporten de forma tan inconsistente con las causas de nuestros males.

Del asesino de ayer, aún no sabemos si tuvo motivaciones políticas o religiosas. En todo caso, este tipo de acciones se llevan por delante a cualquiera dado su carácter ciego y cruel. Todas las semanas oímos de atentados en oriente próximo que acaban con la vida de cientos de árabes a manos de árabes, dejando los atentados de Europa en mantillas. Los atentados en Occidente suelen estar protagonizados por marginados fanatizados en su última etapa de resentimiento social, ya sean espontáneos o enviados formados y armados desde los focos de terrorismo internacional. A medida que las autoridades han ido tapando las fisuras por las que llegaban los terroristas profesionales, han proliferado los ataques artesanales cuyo ejemplo máximo fue el ataque con aviones civiles llenos de pasajeros a las Torres Gemelas de Nueva York, pero también son ejemplificados con ataques con algo tan trivial como un coche. Añádase el carácter suicida de mucho de ellos para elevar la dificultad de detección y prevención a niveles inaccesibles. Si hay otro lobo solitario por ahí, esta misma mañana en cualquier lugar del mundo podría producirse un ataque similar y nadie podría impedirlo.

Pero la inconsistencia que da título a este artículo tiene que ver con la respuesta que dan nuestros políticos. No se sigue de un atentado como el de ayer cerrar las fronteras ni sacar el ejército a las calles. Serían dos medidas absurdas. Los atentados los cometen gente que está ya dentro y el ejército es inútil contra la voluntad homicida de un sólo hombre. Lo que sí se sigue de estos actos es lo que los gobiernos no están dispuestos a hacer por razones enigmáticas. ¿Qué cosas? pues no liberar pueblos ajenos con guerras; no comerciar con el país que financia descaradamente al terrorismo mientras no acepta a un solo refugiado de su raza y cortar radicalmente la circulación de armas que hacen posible la existencia y resistencia de núcleos de terror con aspiraciones de gobierno en Oriente Próximo. Si hay países estables los fanáticos se diluyen como nosotros tenemos diluidos a los nuestros. ¿Alguién piensa que entre nosotros y con nuestro mismo aspecto no hay gente dispuesta a practicar el terror si se permite que se cree un caldo ideológico suficientemente tóxico? Pues véase lo que ha costado acabar con ETA y juéguese con suficiente torpeza en otros territorios nacionales y se comprobará lo dicho a un alto precio. Si no hay focos de terrorismo, no será necesario prohibirle a nadie que visite un país o que, dentro de leyes universalmente aceptadas, emigre. Mucho menos será necesario deportar a individuos o familias.

En el Reino Unido mueren por violencia de todo tipo unas 600 personas cada año (9 por millón).En Francia 800 (12 por millón) y en el país del xenófobo Trump 12.000 (40 por millón). En España, afortunadamente, las cifras son menores: 300 (6 por millón)  Sin embargo la conmoción de estos crímenes afecta solamente a los familiares, mientras que la del terrorismo a toda la nación y a toda Europa o América. La razón es que el terrorista no sólo quita una vida, sino que aspira con ello a demoler una sociedad. Lo paradójico es que eludiendo las medidas contra las causas profundas se facilita su pretensión, mientras que tomando solamente las medidas típicas y de contenido nulo se minan los fundamentos de nuestras sociedades democráticas. Dureza con lo síntomas, sí y sí. Pero, también y sobre todo con las causas.

Una frase apócrifa dice sensatamente que la locura es hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes. En ciencia se considera que hay una probable relación causa-efecto cuando al variar la intensidad de un acontecimiento siempre varía la intensidad de otro. Tampoco hace falta ser un sabio. ¿Cuántas veces se necesita quemarse la lengua con una sopa caliente para no hacerlo más?. Pues bien, los políticos de las grandes potencias no tienen en cuenta el ejemplo de la sopa ni el de España con su ejemplar resistencia y paciencia para acabar con el terrorismo de ETA. Muy al contrario, tozudamente siguen haciendo lo mismo esperando resultados diferentes. Es decir están técnicamente locos. ¿O no? ¿y si el grado de terrorismo que se produce en Europa lo consideran un efecto colateral soportable frente al éxito geoestratégico de seguir enredando en países cuyas materias primas desean controlar? ¿Y si ese grado de terrorismo permite que el miedo facilite las políticas más convenientes a los fines señalados?. En ese caso sus respuesta habituales del tipo: “no podrán con la democracia”; “estamos en guerra con el terrorismo”; “acabarán pagando sus crímenes”, etc. no serían producto de una locura convencional, sino de la peor de todas: la locura lúcida, hiperracional del ejercicio homicida del poder de quien cree que el ser humano no tiene remedio y que los recursos son escasos. Y que, por tanto, lo que hay que hacer es ejercer un egoísmo institucional inmisericorde y ¡sálvese quien pueda que somos demasiados para repartir!. Si esto es lo que hay detrás de las declaraciones enfáticas, retiro lo de que son inconsistentes y afirmo lo de la locura de ciertos hombres y mujeres.

Engrudos mentales

30 Dic 2011

Esta mañana en la tertulia de Hoy por Hoy una diputada de Murcia a la pregunta ¿En qué ha metido la pata su partido? Respondía “en la falta de credibilidad”. Falacia de “petición de principio” en la que el efecto de un fenómeno era su causa. Es evidente que la falta de credibilidad de un partido es el efecto de una causa que no se quiere mencionar. La metedura de pata se llevó a cabo mucho antes, en 2004, cuando su partido se aprestó a seguir la juerga financiera para pasar por lo que no era.

Este es un ejemplo de lo mal que se debate en nuestro país. Cuestión que es especialmente grave cuando hace falta ideas, que no pueden surgir de un engrudo mental. En general los contertulios se atacan con argumentos parciales. Así, si la situación económica actual podemos analizarla en los siguientes términos: 1) tenemos la obligación, como miembros de la UE, de reducir el déficit del Estado entendido (no es ocioso recordarlo) como diferencia entre ingresos y gastos; 2) tenemos la necesidad de estimular la economía y 3) tenemos que hacer ambas cosas con atención a la cohesión social, en general, se discute sobre ello de forma fragmentada para tener razón a toda costa. En realidad ¿cómo armonizar esta tripleta de objetivos? Primero no troceando la complejidad interesadamente, sino, en todo caso, para entender e inmediatamente ver qué efecto tiene cada movimiento sobre las otras cuestiones. Por ejemplo, la inmoral congelación del Salario Mínimo Interprofesional, que empieza por atacar a los que, desde luego, no se han corrido ninguna juerga financiera estos años, ayuda a reducir los gastos del Estado pero ataca a la cohesión social. Aumentar los impuestos indirectos aumenta los ingresos del Estado, pero reduce la capacidad de consumo o, lo que es lo mismo, reduce las posibilidades de estímulo de la economía. Es decir, las dos formas de reducir el déficit del Estado afectan a las otras dos cuestiones. Sin embargo, nada se habla de estimular la economía forzando el crédito a las empresas por parte de bancos que esconden su dinero en el BCE sin que ni los perjudicados (los empresarios) exploten de ira. Lo que no ocurre porque sólo tienen voz los empresarios que aún resisten. Que, por cierto, cuando pintan bastos piden la “suspensión del capitalismo” desde la mismísima calle Diego de León de Madrid. Tampoco, se hace nada para aumentar los ingresos del Estado y, complementariamente, la cohesión social con las distintas formas de impuestos a grupos de ciudadanos con fortunas tradicionales o generadas en los torbellinos de dinero producidos en los últimos años para ganancia de pescadores. Fortunas refugiadas, en el mejor de los casos, en fórmulas fraudolegales (SICAV).

Muy al contrario, aprovechando el descrédito de todo lo social que propagandistas positivos perpetran desde tribunas y medios de comunicación y propagandistas negativos perpetran desde su torpeza supuestamente de izquierdas, se actúa contra los propósitos enunciados adelgazando el Estado, no para la eficacia de servicios, sino para su eliminación y posterior privatización. Todo ello a la búsqueda de la eficacia de la “mano invisible” que produce el bien buscando el mal. Es decir, se proclama la virtud del ahorro, mientras se hunde la economía (ellos podrán aguantar desde sus cabinas transparentes) y se esconde el verdadero propósito: que es un cambio de modelo de Estado para pasar del Estado Social de Derecho a un Estado para poner Derecha a la Sociedad. Un Estado del ¿Qué os habéis creído? Entre tanto, la diputada murciana de izquierdas sigue despistada confundiendo la luna con el dedo que la señala y afirma que su partido no tiene credibilidad porque la gente no cree en él. Vamos bien.

Tertulias falaces

30 Dic 2011

Tertulias falaces

En los años ochenta surgió en la radio española una modalidad de tratamiento de la información política que pronto hizo fortuna y, hoy en día, llena horas de espacio en las emisoras de radio y televisión a lo largo del día. En la radio, con la fórmula 3+1 (tres intervinientes de la cuerda ideológica de la emisora y uno de la contraria) se habla sobre temas de actualidad, incluyendo alguna noticia palpitante que pueda surgir durante su desarrollo. En la televisión la fórmula va desde 1+1 a 4+4 siempre con equilibrio de posiciones. Posiciones que se mantienen a ultranza, contra toda lógica y nadie cambia de campo durante la discusión. Básicamente hay dos tipos: las escandalosas en las que se busca atraer a la audiencia mediante la superposición de voces simultáneamente (hay gente que no está interesada en los argumentos, sino en los enfrentamientos) y las moderadas (por su desarrollo y porque hay un moderador efectivo en vez de uno incendiario). Las escandalosas son propias de la televisión porque en ellas la imposibilidad de escuchar por los gritos es compensada por las imágenes. Las moderadas son propias de la radio porque en este medio, si no se escucha, nada se puede sacar en claro. Echas estas precisiones de salida, hay que decir que todas padecen de un mismo mal: la argumentación falaz cuando se enfrentan posturas. En las tertulias gritonas las falacias mas utilizadas, por su eficacia para el escándalo, son la “ad hominen” y su complementaria “tu quoque”, que traducidas son los conocidos dichos españolísimos de “más te vale callar” y “tú más”. En las tertulias formales de la radios las falacias más habituales son las del “espantapájaros” y la de “olvido de alternativa”. La primera consiste en parecer que no se ha escuchado al contertulio atacando lo que no ha dicho. En este caso, es característico que de fondo se escuchen las protestas del otro y que el que esté en posesión de la palabra se escurra diciendo “déjame acabar” o “no me refiero a ti”. La segunda falacia de las tertulias formales consiste en manejar sólo alguna de las posibilidades, no considerando por incómodas, otras que complican la conclusión aunque se acerquen más a la verdad. Conclusión: nos gustaría que los contertulios nos educaran discutiendo honradamente y no tratándonos como ascuas que llevar a su sardina.

Cuatro ocurrencias

26 Nov 2011

Sursum Corda

Hernández pensó, el sol brilla, la vida no necesita justificación. O te invade una ola de energía o no. O tus hormonas inyectan exultantes estímulos o se hace las locas y te dejan en la depresión. A ver, no dramaticemos. Sinvergüenzas ha habido siempre. Las elecciones las ha ganado un español que parece buena persona, aunque tenga alguna que otra hiena en sus proximidades. La meta-ideología del cuidado de la gente parece irreversible. ¡Levantemos el corazón un par de meses! Auto convencido Hernández se fue a dormir una siesta.

04 Dic 2011

Franco, Borges y Europa

Ayer hubo una votación en un programa de televisión sin publicidad (que hasta parece mejor así). Se trataba de opinar a favor o en contra del traslado de los restos de Franco a un lugar distinto de la basílica del Valle de los Caídos. Al parecer después de votar 60.000 personas había un empate. Hace unos años a Borges le preguntaron si daría una aportación económica para el traslado de los restos de Flores (un antiguo mandatario argentino) y Borges con su poderosa retranca respondió que “para los de Flores no, pero para los de Perón sí” Perón en esa época estaba vivo y coleando por Madrid. Con este humor deberíamos tratar nosotros estas cosas a estas alturas. Ningún muerto en las cunetas, ningún monumento que no sea a la reconciliación. Aunque si un presidente con abuelo represaliado no ha sido capaz, no sé yo ahora con la que está cayendo. Y lo que está cayendo tiene que ver con esta votación. Y es que si Europa se deshace y nos quedamos solos con nuestros fantasmas tendremos una dolorosa crisis añadida que no necesitamos.

29 Dic 2011

Las revueltas sociales son digitales

Oigo que algunos están tranquilos pensando que el anuncio de la congelación del salario mínimo interprofesional no va a producir revueltas sociales. Se basan en que ya se han producido ataques a los cautivos (funcionarios y jubilados) sin respuesta de ningún tipo. Es muy simbólico empezar los recortes en la nueva era por los que cobran 641,40 euros. ¿Para qué ser delicado empezando por el fraude fiscal o las SICAV? No, mejor ir directo al hígado. Así se anestesia la reacción. ¡Qué infelices! No saben que las revueltas sociales son digitales y cuánticas. Pasan del cero al uno sin aviso. La sociedad es un material frágil. Acepta energía pero se rompe bruscamente. Qué espectáculo el de mujeres con caras agradables y nombre de princesas orientales firmando fríamente este tipo de atropellos. Que espectáculo ver a piadosas portadoras de mantillas y peinetas cómo se emocionan con los iconos y no tiemblan eliminando sutiles barreras que protegen al débil. Qué espectáculo el de hombres mayores de pelos canos simulando sabiduría mientras juegan a aprendices de brujos. Qué duro es tener la obligación de parecer dotado para dirigir a una sociedad. Pronto empezarán los balbuceos. Luego vendrá la necesidad de mantener a toda costa el tipo. Después, ya veremos.

29 Dic 2011

Corrupción mental

Sí la noticia y sus detalles sobre la rehabilitación del juez Urquía son ciertas, no se habrá dado caso más claro de mala fe en nuestra sociedad. Nos cuentan que el antecedente penal por su condena por aceptar sobornos para dictar sentencias favorables a los intereses del mega corruptor Roca en Marbella es un impedimento para acceder a la carrera judicial, pero no para ser rehabilitado una vez que es juez. Estamos en buenas manos. Esto no es sutileza. Es, simplemente, corrupción mental.

El siglo XIX nos visita

Unos de los experimentos mentales más atractivos es el de imaginar en el futuro sentimientos del presente. Cuando pensamos en el siglo XIX podemos trasladar la situación a nuestros nietos pensando en nuestra época. Qué ecos llegarán a sus mentes de nuestros problemas y gustos. Los edificios construidos en nuestra época no tienen para nosotros ese especial aspecto que le proporciona el paso del tiempo, que no es otra cosa que un nuevo contraste entre patrones estéticos. Cuando uno tiene delante una forma nueva, ya sea en un vehículo, un cuadro o un edificio no tiene referencias por delante, pero las tiene por detrás. Si la propia sensibilidad tiende a acomodarse en formas  que no llamaremos antiguas, sino anteriores, la novedad le resultará incómoda. Obviamente estará sufriendo el espejismo que sufrieron sus iguales de cien años atrás, que rechazaron por poco académico lo que ahora les parece digno de todo encomio. Por otra parte, aquellos a los que su sensibilidad le lleva a una aceptación rápida de la novedad, corren el riesgo de no filtrar adecuadamente lo que no tiene más valor que la osadía de los nuevo. Lo interesante de la época actual es que el siglo XX experimentó tanto que cualquier enfoque estético actual puede parecer más antiguo que las propuestas de principios de ese siglo. El historicismo en arquitectura de los años ochenta aparecen como decorados frente al minimalismo de los comienzos del movimiento moderno. Cualquier escena figurativa, por modernos que sean sus temas, parecerán más antigua que la explosión del expresionismo abstracto de los años cincuenta. Pero qué hacer después de Miró o Pollock, de Kline o Rostock que no resulte recargado. ¿Hacia dónde explorar cuando la suma de la tradición figurativa y la abstracta parece haber llegado al final del espacio pictórico?. Algún genio nos sorprenderá, pero está por llegar.

Este mes la fundación Caja Murcia ha puesto al alcance de los murcianos, tan zarandeados por los escándalos políticos o la infinita espera del AVE, una exposición de pintura de transición entre el siglo XIX y el XX. “Senderos a la Modernidad” expone cuadros de la colección Gerstenmaier. Hans Rudolf Gerstenmaier es un empresario alemán coleccionista de arte basado en su gusto. Dice este afortunado hombre:

“El coleccionismo es algo innato al ser humano… Para mí España es un país que tiene un contacto permanente con la historia y la cultura y esta circunstancia no se encuentra de la misma manera, por ejemplo, en Alemania.”

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Al visitarla se experimentan estos sentimientos a los que aludía más arriba. Tenemos delante pinturas desde 1872 (Los Picos de Europa de Carlos de Haes) a 1925 (La merienda de Ricard Canals Llambí) contemporáneas de la Comuna en París, del imperio austro-húngaro, el pesimismo del 98, la Teoría especial de la Relatividad, la Gran Guerra y la sepia alternancia de conservadores y liberales. Tiempos que no hemos vivido ni los más viejos del lugar en edad adulta. Por tanto, todo lo que experimentamos ante estos testimonios de aquellos tiempos, es una construcción a partir de nuestra mochila cultural (cognitiva, volitiva y estética). Y con esa mochila entré en la sala de exposiciones para ver que veían los ojos de esos barbudos, ninguna mujer como corresponde a época tan misógina en España (el voto para la mujer tuvo que esperar a 1931). Me encuentro con retratos fieles a las enseñanzas de Goya, Delacroix y Renoir y, en contraste Constable. Paisajes pacíficos de campos horizontales o agrestes bloques calizos pidiendo ser escalados, bodegones de flores, esas criaturas que trascienden el tiempo, jardines románticos ocultando amores clandestinos, escenas cotidianas de mujeres en amistad y mares enfadados sacudiendo vidas humanas expertas en vivir y morir. En resumen: naturaleza viva o naturaleza muerta. Pero no de cualquiera, sino de Joaquín Sorolla, Ignacio Zuloaga, Santiago Rusiñol, Mariano Fortuny, Hermenegildo Anglada Camarasa, Emilio Sala, Ricard Canals, Eliseo Meifrén, Carlos de Haes o Martín Rico. Lo mejor de cada casa. Y, a propósito, no hubiera estado mal algún Ramon Casas.

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Pinceladas desaparecidas para que se luzca el rostro, la piedra o la flor y pinceladas insolentes mostrándose por delante del motivo y empujando al espectador hacia atrás si quiere ver más allá de ellas. En todo caso, hay que considerar que cuando nuestros pintores están rompiendo moldes respecto al, pongamos, historicismo de Francisco Pradilla o Madrazo, al soltar su pincel y dejarlo moverse libre por el lienzo están ya retrasados respecto del geometrismo de Paul Cézanne y Picasso que ya no pueden controlar su energía creativa y corren hacia el muro que devolverá el arte de nuevo a la figuración tras un viaje astral lleno de entusiasmo por la novedad. Estos grandísimos pintores, desde otro punto de vista están distraídos respecto de los temas sociales con la excepción de Fortuny con marruecos o Casas y Sorolla con unos pocos ejemplos de problemas laborales.

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Toda la colección es arte figurativo, aunque algunos cuadros ya están disolviendo las formas camino del abstracción. Pero, como mucho, su centro de gravedad está entre el academicismo y el impresionismo romántico sin aproximación alguna al contemporáneo expresionismo. Pero, escritas la letra pequeña de nuestra visita, la carga figurativa que a todos nos embarga me ha permitido disfrutar del arte de nuestros compatriotas inocentemente. Color, soltura de pincelada, buenas perspectivas, buena elección del formato, maravillosos paisajes, rostros vivos, flores eternizadas y, por cierto, majestuosos marcos. España nunca ha tenido prisa para hacerlo bien.

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Una comisión del siglo XIX español nos visita y lo cortés es dejarle entrar en nuestro salón y ofrecerles asiento, ponerles música de Albéniz, prepararles una infusión y a los más viciosillos algo de laudano. Con ellos pasaremos un rato en el que nos podemos imaginar con chistera, levita y monóculo inclinados sobre un lienzo exclamando: “¡Querida! ¡qué atrevido pintor este Mariá Fortuny!” y “querida” respondiendo: “Ilustre ignorancia la tuya, querido. En parís ya no pintan árboles y hay unos pintores a los que llaman ‘las fieras’ que tienen colores en las garras”. 

Dignificando las redes

Todo lo que es poderoso es ambivalente. Puede ser utilizado para el bien o para el mal. Las redes sociales son poderosas y, por tanto, ambiguas. Pueden y son utilizadas para la transmisión de los detritus mentales o los más elevados sentimientos. Se dice, con no sé qué fundamento, que en la tumba del Cardenal Richelieu figura esta frase: “Aquí yace el Cardenal Richelieu que hizo el bien y el mal. El bien lo hizo muy mal y el mal lo hizo muy bien“. Pues algo así se suele decir que les pasa a las redes sociales.

Ya se entiende y agradece que la redes hayan permitido que cualquiera pueda ver su pensamiento “impreso” con esa capacidad de las aplicaciones que se utilizan para presentar de forma limpia y pulida en nuestras brillantes pantallas auténtica basura mental. Ese pretendido humor negro de algunos o ese explícito odio de otros no hace otra cosa que canalizar lo que existe y no se expresaba públicamente.  La imagen que me inspiran esos comportamientos es una calle con aguas estancadas y contaminadas por la que merodean ratas y materia orgánica podrida aquí y allá.

Pero no creo que la consecuencia deba ser el rechazo aristocrático a las redes, pues la idea de “El malestar de la cultura” de Freud sobre el carácter represivo de los instintos por parte de la cultura, puede ser aprovechada para enfatizar la importancia de la ley y las instituciones para mantener en el sótano las pulsiones más nocivas para la civitas. Por eso, hay que reprimir con resolución y legalidad civilizada los mensajes de odio a cualquiera de los nuevos espacios creados a favor de las víctimas de todo tipo de depredación misógina, pedófila antisemita, racista u homofóbica.

Por otra parte el que todo el mundo escriba es un avance. Es cierto que se hace de una forma que preocupa por la falta de rigor gramatical o sintáctico y espero que esas fórmulas del tipo “xque” o “qtpsa” no acaben con las vocales. Cuando mi generación pugnaba por pasar de organismos casi inconscientes a seres humanos con las funciones biológicas aún muy presentes experimentaba estados de “lmao” = “Laughing My Ass Off” o en castellano “me parto el culo de risa” con fórmulas algebraicas tipo “2p2a+a2y+tyk2”. Es decir, las redes son también vehículo del lenguaje de urinario, pancarta y chirigota. Antes eran las canciones populares las que con más o menos ingenio canalizaban las preocupaciones de la gente en forma de sátira o sentimientos románticos.

Pero las redes no son sólo un nuevo vehículo para viejas pulsiones, sino que son susceptibles de usos nuevos y efectos asombrosos. Entre los usos nuevos destaca el de generar abrumadoras cantidades de datos sobre las preferencias, actitudes y posiciones ideológicas de la población. Las preferencias son utilizadas para aumentar la eficacia de la publicidad comercial o la propaganda política. Dos usos cansinos y perversos respectivamente. Desde este punto de vista es inquietante que proliferen los congresos de neuromarketing, que son concentraciones de ávidos responsables de ventas de las empresas para conocer de boca de los neurocientíficos cómo explotar mejor el conocimiento del cerebro a la mayor salud de la cuenta de resultados. Pero el conocimiento de las actitudes y posiciones políticas de la gente puede tener un componente mucho más siniestro. Sobre todo si atendemos al interés de los Estados por conocer los flujos de las grandes compañías que gestionan esta Gran Conversación que los individuos, las familias y las instituciones sostienen. Una conversación incesante de la humanidad entera a medida que el cenit del sol recorre los hemisferios o los insomnes no dejas descansar a sus teléfonos móviles. Una conversación escuchada por la gran oreja de los servicios de “inteligencia” de los Estados y para nada bueno.

Pero ¿cuándo ha sido de otro modo?, la cuestión es cómo le sacamos el partido bueno a esta extraordinaria herramienta que la inteligencia del ser humano ha puesto a nuestra disposición. Una herramienta que ha inventado y, al mismo tiempo, ha democratizado una forma asombrosa de hacer que el lenguaje, primero, y el pensamiento, muy pronto, transforme el mundo. Naturalmente con un intermediario que es la informática que traslada las frases de ese lenguaje especializado de los códigos binarios hasta los mecanismos que mueven el mundo. Ese poder que ya se utiliza hoy en día haciendo posible consultas políticas a un gran número de personas en pocos segundos. También ser corresponsables anímicos de forma instantánea de lo que ocurre en cada momento con pequeñas dilaciones. Una forma nueva, global y potente de ser compasivo, de compartir la “algosfera“, neologismo de mi cosecha que significa rigurosamente “la esfera del dolor”.

Es sabido que la información no puede viajar a una velocidad superior a la de las ondas electromagnéticas, lo que hace complicado viajar por el universo, hoy por hoy. Sin embargo, en nuestras distancias domésticas (el planeta tiene una circunferencia de unos 40000 km), estas ondas necesitan sólo una décima de segundo para ir de un extremo a otro de la esfera terrestre. No digamos de nuestro móvil al de nuestro acompañante cuando le enviamos una foto. En ese caso la onda sigue el absurdo itinerario de ir a un satélite situado a unos 700 km para rebotar e ir hacia el teléfono vecino, pero lo hace en cinco milésimas de segundo, que es bastante más de lo que necesitamos para levantar la mirada y hacerle alguna muda señal que signifique “ya te lo he mandado“.  De esa forma el tiempo ha sido comprimido como la aceituna en la almazara hasta ceder todo su jugo. No es fácil adaptarse a ese crecimiento enorme de información y sentimientos derivados  que se acumulan ahora en un segundo, no digamos en un día. Podemos ver la foto de nuestra nieta, mientras escuchamos noticias sobre el último disparate del Emperador de la Blanca Casa y escuchar el mismo vídeo de música simultáneamente con cinco millones de personas. El tiempo ha desaparecido, las cosas de apilan y nuestro cerebro cambia para adaptarse.

Personalmente tengo una relación muy satisfactoria con las redes. Estoy con cierta regularidad en Facebook, Twitter e Instagram. Me aparto de las aguas sucias mediante una cuidadosa selección de amigos y “amigos”. Disfruto de las imágenes y vídeos que la sensibilidad de cada uno pone a mi disposición, aunque mi uso de las redes es más literario por mis tendencias naturales. Las tres redes responden a tres formas de comunicarse. Todas son antiguas como el mundo. Así los haikus por Twitter, las cartas por Facebook y las manos en las paredes de Altamira por Instagram. Es una pena que muchos al contar con una herramienta tan delicada para transmitir pensamientos la utilicen para golpear en la cabeza de los demás.

Twitter

Los 140 caracteres de Twitter tienen la virtud de invitarnos a utilizar los métodos de los clásicos del epigrama. Hubieran sido tuiteros famosos Gracián, Iriarte o el mismísimo Le Rochefoucauld. Iriarte dijo de la brevedad:

“A la abeja semejante,
para que cause placer,
el epigrama ha de ser
pequeño, dulce y punzante.”

Y también era reivindicativo:

“El señor don Juan de Robres,
con caridad sin igual,
hizo este santo hospital…
y también hizo los pobres.”

Tampoco fue manco (perdón) Cervantes cuando dijo: “Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades.

O la sutileza filosófica de Nietzsche, que pudo decir en Twitter: “Hay espíritus que enturbian sus aguas para hacerlas parecer profundas

Facebook

Facebook, desde mi punto de vista es equivalente a las cartas, aunque éstas no podían ser compartidas con un golpe digital (del dedo). La longitud de una carta por una cara me parece un tamaño adecuado para Facebook. Permite presentar una idea o un conjunto de ideas de forma más completa que en Twitter.

Napoleón le habría podido decir a Josefina por Facebook para que todo el mundo se enterara (como ocurre ahora) lo siguiente:

No le amo, en absoluto; por el contrario, la detesto, usted es una sin importancia, desgarbada, tonta Cenicienta. Usted nunca me escribe; usted no ama a su propio marido; usted sabe qué placeres sus letras le dan, pero ¡aún así usted no le ha escrito seis líneas! . ¿Qué hace usted todo el dia, señora? ¿Cuál es el asunto tan importante que no le deja tiempo para escribir a su amante devoto? ¿Qué afecto sofoca y pone a un lado el amor, el amor tierno y constante amor que usted le prometió? ¿De qué clase maravillosa puede ser, qué nuevo amante reina sobre sus días, y evita darle cualquier atención a su marido? ¡Josephine, tenga cuidado! Una placentera noche, las puertas se abrirán de par en par y allí estaré. De hecho, estoy muy preocupado, mi amor, por no recibir ninguna noticia de usted; escríbame rápidamente sus páginas, paginas llenas de cosas agradables que llenarán mi corazón de las sensaciones más placenteras. Espero dentro de poco tiempo estrujarla entre mis brazos y cubrirla con un millón de besos debajo del ecuador.”

Obviamente este texto podría haberse enviado por correo electrónico para garantizar la privacidad, pero que le hablen de privacidad a Hillary Clinton o a cualquiera que esté en un procesos de divorcio con feroces abogados al servicio de los feroces cónyuges.

Instagram

En una ocasión, en el Museo de Historia del Arte de Viena me llevé una gran sorpresa, no menor que el porrazo que se llevó un turista ese mismo día en sus fantásticas escaleras por un tonto tropezón. La sorpresa fue una sala llena de retratos de la familia real española realizados por Velázquez. Eran extraordinarios retratos individuales de infantes e infantas (como diría Monedero). Pensando sobre ello llegué a la conclusión de que eran el equivalente a fotos de familia para que abuelos y tíos conocieran a los niños. No en vano Velázquez era el pintor de cámara de Felipe IV, habsburgo de pura cepa y los Habsburgo tenían la capital en Viena. Ese enorme privilegio no se da ahora ni para la monarquía. Un retrato real de Antonio López, por ejemplo, siempre llegaría tarde pero nuestras fotos, aunque no sean las de Dorothea Lange o Robert Capa, nos sirven en Instagram para que nuestros amigos vean a través de nuestros ojos.

Instagram ha democratizado la posibilidad de publicar nuestro punto de vista. Y cuando digo, punto de vista, me refiero exactamente a esto, no a la metáfora de nuestras posiciones ante la vida en general o la política. Obviamente, no se me escapa que son estas posiciones las que guían al ojo para decidir qué fotografiamos. El resultado es que conoces a la gente a través de su sensibilidad estética, de qué selecciona para subir a la plataforma. Así encontramos auto biógrafos que sólo ponen fotos propias, otros que sólo ponen juergas propias y otros que sólo pone objetos o paisajes. Todos respetables y todos expresando aquello que les parece que más va a gustar a sus amigos. Los vídeos han venido a completar las posibilidades expresivas y si son breves algunos son interesantes. El material suele ser original y de ahí su valor. En todo caso, aunque la he descubierto hace poco, encuentro esta red social muy potente en su muda expresividad. El carácter digital de todo este material lo asemeja a un gas que puede disiparse en cualquier momento por muchas precauciones de backup que uno tome. Creo que la fugacidad de estas redes son una lección de vida que sólo aprovecharemos si trascendemos la pulsión de permanencia y dejamos que nuestros píxeles vayan y vengan libres sin ninguna pretensión de que una imagen nuestra sea como la de un bisonte en las rocas milenarias de las cuevas prehistóricas. Si alguna merece la pena ya será fijada en la memoria a base de replicación millonaria.

Final

En un mundo sin analfabetos pero con todo el panel de emociones, incluida la muy potente de reconocimiento personal por los demás, es natural que estas autopistas hayan sido colapsadas por texto e imágenes maravillosas o banales, emocionantes o anodinas, sublimes o repugnantes. Es natural y con esta misma naturalidad debemos usarlas sin narcisismo y sin furia. Con educación y firmeza para que sean también herramienta de emancipación personal y social. Les doy la bienvenida que no necesitan y espero contribuir modestamente al uso humano de esas inmensas praderas que el despecho amoroso de Mark Zuckerberg, la perspicacia de Jack Dorsey o la atención que Kevin Systrom le prestó a su novia han hecho posible.

De la ruina a la excelencia

En mi otra vida, cuando daba una conferencia sobre calidad en la edificación, me gustaba utilizar un esquema de mi invención que llamaba “de la ruina a la excelencia” que me permitía matizar los distintos niveles de satisfacción de la construcción de viviendas. Consideraba:

  • Ruina.- aquel estado de una edificación en la que los errores e incumplimientos de los reglamentos obligatorios durante el proceso daban lugar a defectos observables.
  • Inseguridad.- aquel estado de una edificación en la que los errores e incumplimientos de los reglamentos obligatorios durante el proceso no se manifestaban en forma de defectos observables.
  • Seguridad.- aquel estado de una edificación en el que se cumplía con todos los reglamentos oficiales obligatorios.
  • Calidad.- aquel estado de una edificación en el que, además de cumplir con los reglamentos oficiales obligatorios se cumplía con los términos del contrato, entendiendo que éstos eran más exigentes que los reglamentos obligatorios en alguna parte o en la totalidad del edificio.
  • Excelencia.- aquel estado de una edificación en el que, además de cumplir con los reglamentos obligatorios y el contrato, el constructor había introducido mejoras más exigentes que ellos.

Como se ve es una escala de dificultad creciente. En aquella época pensaba que algunas partes de edificio estaban en la franja de la inseguridad (en general las partes ocultas), mientras que las partes más aparentes del edificio y que contribuían a su mejor posición en el mercado, rozaban la excelencia. En torno a un 5 % padecía algún grado de ruina con un costo anual de unos 500 millones de euros. Ahora ya no emito juicios por la lejanía de la realidad constructora.

Este esquema se puede utilizar para cualquier situación. Por ejemplo, la personal o la política profesional. En el ámbito personal, la ruina tiene que ver con la caída en alguna adicción, como el juego, el alcohol o las drogas y las evidentes muestras de colapso personal en el individuo. La inseguridad sería una situación en la conservando la reputación social, los problemas burbujean en el interior de la persona y en un momento determinado explotan en forma de violencia, lo que explica que los familiares y vecinos comenten que no se lo explican porque era una persona sin tacha, pacífica y educada. La seguridad sería aquella situación en la que la estabilidad personal está bien afianzada en el trabajo, la familia y no hay tensión ni en la esfera íntima ni en la social. La calidad apuntaría a una situación en la que la persona ,además de cumplir con sus obligaciones profesionales y familiares a las que estaría obligado, es capaz de atender compromisos voluntarios relacionados con su propio disfrute en actividades sociales como el deporte o la comunidad de vecinos. Finalmente, la excelencia añadiría a estos desempeños personales el de un compromiso personal directo con organizaciones de asistencia a enfermos, gente sin hogar, refugiados, etc.

Pues bien y para no estirar más el símil, lo aplicaremos a la política. En este caso vamos a empezar por arriba, con la excelencia señalando lo que hace característico a cada nivel. Así, sería excelente un político que, fundamentalmente, nos sorprendiera con su entrega, sinceridad, creatividad para la negociación, capacidad para reconocer los errores y de retirarse a tiempo, que tuviera respeto al adversario y fortaleza en la decisiones que siempre irían orientadas al bien común. Sería un político de calidad el que cumpliera su programa; sería un político seguro el que cumpliera la ley, pero sería un político inseguro, aquel que tuviera siempre un pretexto para eludir el espíritu de la ley, quedándose con interpretaciones de su letra y, finalmente, sería un político ruinoso aquel que transgredieron la ley, presionara a la justicia, mintiera plenamente o con medias verdades, fuera vacilante en las decisiones y se agarrara al puesto como garrapata a la piel de un can.

Igual que yo tenía mi propia proporción de cada nivel, que cada lector haga sus cálculos sobre la proporción de personas o políticos en cada uno de los cinco niveles. Tanto en un caso como en otro el estado de ruina tiene un alto costo. Cómo dice la filósofa Adela Cortina “la ausencia de ética es cara“. El costo de la ruina sobre una persona en términos morales o económicas es devastador, pero sobre una nación se prolonga durante generaciones. Cuando al cómico mexicano Mario Moreno un periodista le preguntó ante los escombros de un edificio de su propiedad, hecho una ruina tras un terremoto: “Don Mario, Don Mario, ¿lo ha perdido usted todo?“, el genial artista respondió socarronamente mirando el montón de escombros: “No, sólo la mano de obra. Los materiales están todo ahí“. Cuando, como persona o político, estamos en la ruina ¿queda algo que salvar?