En mi otra vida, cuando daba una conferencia sobre calidad en la edificación, me gustaba utilizar un esquema de mi invención que llamaba “de la ruina a la excelencia” que me permitía matizar los distintos niveles de satisfacción de la construcción de viviendas. Consideraba:

  • Ruina.- aquel estado de una edificación en la que los errores e incumplimientos de los reglamentos obligatorios durante el proceso daban lugar a defectos observables.
  • Inseguridad.- aquel estado de una edificación en la que los errores e incumplimientos de los reglamentos obligatorios durante el proceso no se manifestaban en forma de defectos observables.
  • Seguridad.- aquel estado de una edificación en el que se cumplía con todos los reglamentos oficiales obligatorios.
  • Calidad.- aquel estado de una edificación en el que, además de cumplir con los reglamentos oficiales obligatorios se cumplía con los términos del contrato, entendiendo que éstos eran más exigentes que los reglamentos obligatorios en alguna parte o en la totalidad del edificio.
  • Excelencia.- aquel estado de una edificación en el que, además de cumplir con los reglamentos obligatorios y el contrato, el constructor había introducido mejoras más exigentes que ellos.

Como se ve es una escala de dificultad creciente. En aquella época pensaba que algunas partes de edificio estaban en la franja de la inseguridad (en general las partes ocultas), mientras que las partes más aparentes del edificio y que contribuían a su mejor posición en el mercado, rozaban la excelencia. En torno a un 5 % padecía algún grado de ruina con un costo anual de unos 500 millones de euros. Ahora ya no emito juicios por la lejanía de la realidad constructora.

Este esquema se puede utilizar para cualquier situación. Por ejemplo, la personal o la política profesional. En el ámbito personal, la ruina tiene que ver con la caída en alguna adicción, como el juego, el alcohol o las drogas y las evidentes muestras de colapso personal en el individuo. La inseguridad sería una situación en la conservando la reputación social, los problemas burbujean en el interior de la persona y en un momento determinado explotan en forma de violencia, lo que explica que los familiares y vecinos comenten que no se lo explican porque era una persona sin tacha, pacífica y educada. La seguridad sería aquella situación en la que la estabilidad personal está bien afianzada en el trabajo, la familia y no hay tensión ni en la esfera íntima ni en la social. La calidad apuntaría a una situación en la que la persona ,además de cumplir con sus obligaciones profesionales y familiares a las que estaría obligado, es capaz de atender compromisos voluntarios relacionados con su propio disfrute en actividades sociales como el deporte o la comunidad de vecinos. Finalmente, la excelencia añadiría a estos desempeños personales el de un compromiso personal directo con organizaciones de asistencia a enfermos, gente sin hogar, refugiados, etc.

Pues bien y para no estirar más el símil, lo aplicaremos a la política. En este caso vamos a empezar por arriba, con la excelencia señalando lo que hace característico a cada nivel. Así, sería excelente un político que, fundamentalmente, nos sorprendiera con su entrega, sinceridad, creatividad para la negociación, capacidad para reconocer los errores y de retirarse a tiempo, que tuviera respeto al adversario y fortaleza en la decisiones que siempre irían orientadas al bien común. Sería un político de calidad el que cumpliera su programa; sería un político seguro el que cumpliera la ley, pero sería un político inseguro, aquel que tuviera siempre un pretexto para eludir el espíritu de la ley, quedándose con interpretaciones de su letra y, finalmente, sería un político ruinoso aquel que transgredieron la ley, presionara a la justicia, mintiera plenamente o con medias verdades, fuera vacilante en las decisiones y se agarrara al puesto como garrapata a la piel de un can.

Igual que yo tenía mi propia proporción de cada nivel, que cada lector haga sus cálculos sobre la proporción de personas o políticos en cada uno de los cinco niveles. Tanto en un caso como en otro el estado de ruina tiene un alto costo. Cómo dice la filósofa Adela Cortina “la ausencia de ética es cara“. El costo de la ruina sobre una persona en términos morales o económicas es devastador, pero sobre una nación se prolonga durante generaciones. Cuando al cómico mexicano Mario Moreno un periodista le preguntó ante los escombros de un edificio de su propiedad, hecho una ruina tras un terremoto: “Don Mario, Don Mario, ¿lo ha perdido usted todo?“, el genial artista respondió socarronamente mirando el montón de escombros: “No, sólo la mano de obra. Los materiales están todo ahí“. Cuando, como persona o político, estamos en la ruina ¿queda algo que salvar?

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