Se considera realismo a la actitud de proceder de acuerdo a los hechos e idealismo a la de hacerlo conforme a las ideas o creencias. En “realidad” el realista no se da cuenta de que en materia social los hechos son construidos por decisiones tomadas en base a ideas previas sobre cómo interesa que funcione una sociedad. En “idealidad” los idealistas no se dan cuenta de que sus creencias puras si no están contrastadas con la realidad son desvaríos, pues la libre voluntad tiene como límite la inercia de lo establecido y la limitación de los recursos.

El realismo y el idealismo son dos formas de afrontar la vida que tienen origen en nuestra herencia. Dos atributos que forma un espacio aleatorio que, como muestran a menudo los referéndum se distribuye en dos mitades muy parecidas. Si esto parece una opinión que se inclina por el carácter genético de una conducta, hay que tener en cuenta que los genes son experiencia “congelada”. La naturaleza tiene la característica de estereotipar aquello que parece adecuado para el elemental mandato de perseverar en la existencia. Un proceso que hemos prolongado la especie humana cuando tomamos el relevo en la dirección de los cambios. Cómo si no sería posible el progreso científico, tecnológico o cultural. Esta permanencia de los hallazgos tiene sus formas negativas en los tabúes,sociales o en las enfermedades heredadas.

Una de las formas más ambivalentes de este rasgo de la realidad son las creencias. La gente tenemos patrones de conocimiento explicativo sobre casi todo. Esos protocolos personales, ampliamente influidos por nuestra educación para la vida en nuestro entorno, nos condicionan, pues cualquier cosa que se nos plantee pasará, antes del fallo de nuestro juicio, por esos patrones de dónde salen impregnados de prejuicios (positivos o negativos). Pues bien, considerarse realista o idealista es también un pre-juicio, una creencia, un patrón previo. Un patrón que es resultado de combinar nuestra “experiencia genética” heredada (como continente) con los acontecimientos personales y los patrones transmitidos de nuestros entorno (como contenido). Una vez armado de estos prejuicios no disponemos a posicionarnos y a tomar decisiones todos los días. Ahora sabemos que las dos posiciones básicas, se llame realista o idealista, en realidad son tanto una ayuda como un estorbo, pero construidas por nuestro patrones.

Esto explica que un gobernante realista proponga guerras para “ganarlas”;  crea que puede hacer que el mundo entero entienda su egoísmo nacional; que, porque él lo crea, el planeta soportará las irracionales estrategias económicas o que, desde el mundo realista, que pide sometimiento a los hechos, se hable sin sonrojo de “hechos alternativos”. Detrás de todo esto no hay realismo, sino, creencias y, además, muy perniciosas. Son unos realistas muy idealistas, pues creen y crean un mundo inventado en el que todo el mundo, por lo visto, va a aceptar la desigualdad económica, la mentira cínica o la eliminación del que estorbe por pobre o por rival.

También esto explica que un gobernante idealista pueda promover la desaparición de la violencia democrática que controla la violencia criminal; el reparto universal de los recursos mientras espera que esto ocurra sin que él tenga que renunciar a su status;  crea en la rehabilitación de los psicópatas; considere inofensivo el uso irresponsable de la disipación alcohólica o química o que, dado que desde el mundo idealista se pide alegremente buscar lo imposible “bajo los adoquines”, nuestro gobernante hable sin sonrojo del “poco realismo” del adversario en creencias. Son unos idealistas muy realistas. No porque miren de cara las información contrastada, sino por lo mucho que se parecen en sus estrategias a los falso realistas amantes de los hechos. Creen también en un mundo inventado en el que las cosas ocurren solamente porque las deseen.

Un ejemplo de la confusión generalizada en ambos bandos es la transexualidad, en relación con la cual, se esperaría que el realista se posicionara a favor de su respeto debido a lo que la ciencia dice. Es decir, que el niño o niña transexual nace ya con un cuerpo que no responde a su patrón de género y no puede “curarse”. Por su parte, el idealista, que defiende con ardor la capacidad de la sociedad de conformar el género de la persona, sea cual sea su sexo, apuesta por la relevancia de la herencia o, en todo caso, del condicionamiento biológico del transexual, descartando la  absurda idea de que es posible que la transexualidad sea inducida por los padres.

Otro ejemplo de esta ambigüedad es la postura ante la trascendencia. El realista, del que se espera sometimiento al hechos de que nadie ha vuelto de la muerte y que la mente desaparece con la descomposición del cuerpo, sostienen idealmente la vida tras la muerte e incluso, que un galileo ya volvió de la tumba para probar lo que no es más que un deseo irrefrenable de permanencia en nuestra trivial existencia. Por su parte, el idealista, del que cabría esperar una coherente fe en que existe el cielo, el Topos Uranós de Platón donde pueda vivir el alma inmortal, rechaza toda trascendencia, le pone nervioso la idea misma de Dios e ironiza con fiereza con la hipocresía de las iglesias.

En resumen, tal parece que todos somos idealistas porque a nadie interesan los hechos. Los realistas como los idealistas rechazan los hechos que no encajan en sus intereses o en sus teorías. El colmo estaría representado por esos servidores de la realidad que son los científicos cuando alguno falsea los datos para que encajen en la teoría espectacular con la que se quiere asombrar al mundo. Experiencia que nosotros mismo podemo vivir cuando, para nuestro disgusto íntimo, una opinión ajena nos hace perder el equilibrio cognitivo por su fuerza argumental. Afortunadamente todos consideran que la ciencia como institución es el refugio a proteger como fuente de verdaderos hechos. Aunque estos hechos sean filtrados por nuestra ineludible condición de espectadores subjetivos, que no necesariamente arbitrarios, del mundo. Los problemas empiezan cuando este conocimiento científico pasa por el tóxico filtro de las creencias de unos y otros, lo que por otra parte es completamente necesario pues está por ver que la sociedad pueda ser gobernada por científicos, dado que, más allá de su especialidad son tan náufragos como cada uno de nosotros. Este pan-idealismo provoca desviaciones continuas de los auténticos problemas. El mejor antídoto es, primero reconocer la situación y, después, desarrollar el espíritu crítico que haga posible cambiar de creencias aunque sea un proceso doloroso.

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