La crisis es una oportunidad (para unos pocos)

20 Nov 2011

“Hay que comprar cuando la sangre corra por la calle” dijo uno de los barones de Rochild. No hace falta llegar tan lejos. Con comprar cuando se pincha una burbuja es suficiente, porque en ese acto te apropias a bajo precio del esfuerzo futuro de muchos ciudadanos-polilla que quedaron atrapados en la luz cegadora de la propaganda generalizada. Una propaganda que desplaza los valores de ahorro y prudencia por los de deuda y arrojo. Hay, incluso, quien vive de convencer de que la incertidumbre generalizada es una oportunidad para hacer negocio. Y tienen razón. Cuando la toma de decisiones es difícil porque los datos oscilan violentamente, es el momento de ponerse en manos de la diosa fortuna apostando todos por algo y así alguien ganará dándole la razón la profeta (que gana siempre). Es algo así como si veinte adivinos pronosticaran quién va a ganar la liga de fútbol. Como es natural uno de ellos sería un adivino estupendo y disfrutaría de esa condición una temporada entera. Pues eso pasa con toda la ideología económico-liberal, que al exaltar el individualismo de las acciones garantiza que “algunos” ganarán mucho dinero. Es decir, también garantizan que “mucho” lo perderán. Pero las decisiones las tomamos los individuos y, claro, quién puede impedir que tengamos la ilusión de que seamos los afortunados?. Por eso se crean las burbujas a caballo de analistas, contertulios y programas sobre bolsa, que hace creer al común que él también es un inversor. Me puedo imaginar la risotadas en los clubes financieros cuando vean a los ciudadanos acudiendo vía Internet en manada a “parquet” virtual a perder su dinero en medio de los vaivenes provocados por los muy hijos de Goldman. ¿Cuándo aprenderemos? quizá ahora que hemos hecho un máster de economía para tontos en dos años (120 ECTS). ¿Cuándo surgirán asociaciones civiles que canalicen políticas de consumo que pongan en solfa a multinacionales y despisten a los Paulson y su camada?. ¿Cuándo vendrá nuestros Pericles, los que merecemos y necesitamos para tiempos cruciales para nosotros y y planeta exhausto? La gran mentira desvelada es que la codicia individual corre en la misma dirección que los intereses de la Humanidad. Ya enterramos el fascismo y el comunismo ahora, “cueste lo que cueste, nos cueste lo que nos cueste” (que gran frase para una traición) hay que ir por el capitalegoísmo.

¿Tecnócratas?, no gracias

20 Nov 2011

No es lo mismo, no, un técnico que un tecnócrata. Un técnico resuelve problemas específicos y un tecnócrata gobierna desde una perspectiva exclusivamente técnica. Un tecnócrata no tienen por qué ser técnico, pero es obligado que esté rodeado de ellos y que sus decisiones tengan fundamento técnico. En el límite de su concepto un gobierno tecnocrático tendría al frente a un economista, como ministro de obras públicas a un ingeniero de caminos , como ministro de industria a un ingeniero industrial, como ministro de defensa y ataque a un militar, como ministro de sanidad a un médico y como ministro de deportes a Iniesta. La tecnocracia es una forma de gobierno en el que se actúa supuestamente mediante algoritmos y heurísticos propios de la ciencia aplicada. No se acepta que en la toma de decisiones entren los problemas de la gente, sino el equilibrio interno y externo del conjunto del sistema económico que gobierna la tecnocracia. Cuántas veces se habrá oído decir que sólo la gente que entiende debe gobernar. ¡Qué ilusos! los griegos ya sabían que la prudencia política no es cosa de técnicos. La ciencia y la técnica nos dejan solos ante nuestras decisiones. Son fórmulas compleja que resulta puro artificio cuando llega la hora de la verdad, la del pacto, la de la renuncia, la de la exigencia. Además, los técnicos por antonomasia, los de la economía, resulta que como con las letras del tesoro se cobran lo honorario antes de empezar a prestar servicios. Los tecnócratas que están apareciendo desde el subsuelo viene de una cueva en la que habita una cofradía de codiciosos patológicos que nos miran por encima del hombro, pues no somos otra cosa que materia prima para hacer posible su hedonismo.

El tecnócrata es un pato en un garaje en la política. Un técnico que accede al poder político tiene un recorrido muy corto. Realizará ajustes obvios (que hasta un político pude hacer sabiendo las cuatro reglas) y empezará a meter la pata en cuanto se encuentre ante “la incomprensión” de la gente perjudicada. Con qué derecho un socio de Goldman Sach va a mandar la policía a las nuevas plazas de las revueltas (Sol, Concorde, Brandeburgo, Del Popolo…) La técnica de hacer canales ¿qué tiene que ver con la decisión de hacer o no un trasvase? Ya sabemos que puede haber un óptimo reparto del agua en función de las potencialidades climáticas de las regiones de un país, pero ¿habrá que meter las esperanzas de la gente en la ecuación? ¿Habrá que consensuar los pros y contras para unos y otros? Inevitablemente. Y ahí un técnico se cansa pronto, se asusta y llama al ejército en su auxilio.

Con la boca abierta

18 Nov 2011

Hernández bostezó y dejó que las lágrimas que siempre acompañaban este gesto le bañaran las mejillas. Hacía tiempo que no había llorado y le apetecía. Lloraba vicariamente por los seres humanos. Encontraba perverso que tanto conocimiento acumulado, tanta tecnología contribuyendo a la rapidez de la comunicación sólo había servido para sufrir más dolorosamente con la impotencia ante los errores cometidos. Todo estaba claro, tan claro como siempre, pero nunca tanta gente lo sabía y, sin embargo, no era posible rectificar. Con el pitido que acompaña a las bajadas de tensión se sentó en el banco y miró los titulares de la prensa en aquella fría mañana. En uno se podía leer a cinco columnas: ¡España con la boca abierta: Rubalcaba ha ganado!

La resurrección de Hernández

17 Nov 2011

Hernández abrió un ojo y se asustó al ver a su tía Carmen descomponer la cara a través de un cristal. Su tía Carmen también se asustó, pero además se cayó para atrás. Él no podía caerse pues estaba sujeto y no sabía por qué. Empezaron a aparecer más caras tras el cristal todas de pasmo y caída hacia atrás. Se imaginó el espacio tras el cristal lleno de gente amontonada. Miró por rabillo del ojo, vio flores y se mosqueó. Forzó la vista y miró hacía abajo con preocupación y comprobó que estaba vestido de blanco (un color que odiaba) y había más flores con una banda negra, donde en letras doradas podía leer “…u banco”. No es posible pensó. En ese momento se abrió una puerta y un tipo siniestro se le puso delante. Con la cara de palo dijo: ¡Ha resucitado!. ¿Quién? dijo Hernández con la voz pastosa. -Usted. Respondió el siniestro. -Pero para eso hay que morirse. Dijo con lógica aplastante Hernández. -Claro. El empleado de la funeraria asintió mientras quitaba coronas y ramos de su cuerpo. Después empujó el armazón sobre el que estaba y se lo llevó a una sala de observación, donde ya lo esperaba un médico. ¿Cómo está la prima de riesgo? Preguntó Hernández recordando que fue lo último en lo que pensó al “morirse”. En 500 le dijo el médico mientras le miraba el fondo de ojo. ¿500? – Es para morirse. – Desde luego, dijo el médico, mientras aplicaba el fonendo y escuchaba el débil ritmo de un corazón sorprendido por estar latiendo cuando creía que ya se había jubilado.

En el parque

01 Nov 2011

Pasó la página del New York Time que acompañaba al diario El País. Leyó con atención el artículo de Paul Krugman en el especial Negocios y se quedó un rato pensando en qué razón tenía respecto a la salida de la crisis. Se levantó y tomó un trago de café mientras apartaba las flores que perfumaban el ambiente. Dobló el periódico y miró el cielo. Hacía un día espléndido de otoño. El azul era de una intensidad tal que obligaba a que el observador apartara la mirada hacia vistas menos exigentes. Dobló con cuidado el periódico y cruzó las piernas para esperar a la persona con la que estaba citado. Se mesó sus elegantes cabellos blancos y se echó en el respaldo de su asiento a esperar relajado. Desde su sitio veía a niños que jugaban a unos metros. Sus abuelos vigilaban cuidando que las palomas no los golpearan con sus alas. Se frotó las manos con delicadeza y recordó el viaje a París del último otoño. Cómo lo disfrutó con Carmen. A pesar de los años transcurridos todavía se querían. Feliz coincidencia, pues le llegaban amortiguado por los gritos de los niños fragmentos de una canción de Edith Piaf. Con qué alegría le compró aquella sortija en la plaza La Vandome y con qué alegría la recibió ella. El brillante era de una pureza tal que refulgía en su dedo mientras recorríamos las salas del Louvre y ella señalaba alguna obra que le llamaba la atención como la delicada obra de Canova en la que Amor sostiene con delicadez a Psiqué. Los recuerdos le impidieron darse cuenta de que José había llegado ya. Le tocó el brazo y se volvió. Sintió una enorme lástima por él. Su rostro se había degradado tanto. El clásico Brick de vino en el bolsillo y la barba de tantos días como hacía que no pasaba por Jesús Abandonado. Se había dejado arrastrar por el desánimo y ya era un ruina. A él no le pasaría eso. Mantenía la dignidad. Ayudó a José a ponerse la mochila y él cogió su carro de supermercado con lo último que le quedaba desde aquel día en el todo cayó sobre él en forma de desahucio y muerte de Carmen, que no pudo soportar la situación. Se atusó su cabello blanco lleno de grasa (qué daría por un champú) y trató de recordad las poesías de Horacio con las que se ganaba la vida recitándola en la misma plaza donde había vivido. Al principio algunos amigos lo miraban con conmiseración, pero eso cambió cuando los vio en la cola de Cáritas esperando un plato de comida con toda su familia. Cerró el termo de café (lo había comprado en Zurich seis años atrás). Al alejarse empujó sin querer y pisó el periódico que había había estado leyendo. Era de tres meses antes y lo había encontrado buscando en el contenedor hacía un par de noches. Al tiempo Edith Piaf seguía empeñada en ver la vida en rosa. En una pantalla en la calle un locutor comentaba la última caída en picado de la Bolsa.

La emergencia del subsuelo

01 Nov 2011

La economía, los bancos, los inversores… son seres del subsuelo que han emergido después de siglos de permanencia en su lugar natural. Son seres necesarios para la vida, pero mientras estaban en el subsuelo (como las raíces). Al salir a la luz con sus ojos legañosos y sus costras en la piel lo han perturbado todo. Se han servido de habitantes de la superficie, los políticos. Una especie renegada. De repente todo se ha visto contaminado de su verde y repugnante efluvio. Ya no hay vida, hay economía. Una actividad del subsuelo que lo ha invadido todo. Una actividad cuyo nombre da cuenta de su naturaleza secundaria (la ley de la casa). Cuando lo secundario se rebela y ocupa el lugar de lo primario el universo se conmueve. La lava lo quema todo. Nada permanece en su sitio. Sólo hay aire viciado. Humos sulfurosos que ocupan todo el espacio. Terrible aquelarre de seres oscuros. Fin de la vida. Principio de lo monstruoso.

La versión cotidiana de todo esto es que ha desaparecido la política. La publicidad es angustiosa y omnipresente. Las voces que el poeta distinguía de los ecos, no se oyen. Centros oscuros por su maldad o su estupidez lo dirigen todo. No quieren compromisos personales como ocurría en las guerras. Nuestros hijos no pueden mirar hacia delante porque no se ve nada. No quieren hijos ni cónyuges. Nuestra civilización ha sido vendida por un plato de lentejas con lucecitas de colores de iphones e ipades. La esperanza sólo puede venir de una reacción de la gente que pase a defenderse controlando su enorme potencial económico de consumo (paradójicamente). Hay que evitar que todo acabe siendo economía. Que todos nos levantemos pensando en qué porquería vamos a venderle a los demás. Es necesario recuperar la razón como rectora. Un mundo en el que los individuos se dejan convertir en partículas movidas por fuerzas primarias como la codicia o la protección ante la muerte a toda costa es un mundo nuevo, desde luego, pero peor que aquel basado en la esperanza de la convivencia generosa.

La muerte

01 Nov 2011

La muerte no existe. La vida reina. Somos ya 7000 millones de personas más o menos vivas. Lo que existe es la sustitución de individuos cuando su proceso de desgaste se hace irreversible o se tropieza con un criminal o un político en trance de conquista o permanencia.

Muerte” es una palabra grave. Cuestión muy relativa porque en alemán se dice “Tod” y en inglés “Death”, que son palabras que no nos dicen nada a nosotros. Cada pueblo tiene su propia palabra grave. Se ha dicho sobre la muerte que no debe preocuparle al vivo porque nunca coincide con ella (estoicos). También se ha dicho que es “la dulce hermana” (Castillo Puche). Y, que no se me olvide, hay quien la considera un mal trago que merece la pena pasar para entrar en la gloria. Los médico la consideran un “éxito”, pues, ya saben, en latín (antes que en inglés) “exit” significa salida. La muerte es conjurada con lo único que conocemos de verdad: la vida. Por eso algunos proponen una vida ulterior en la que enjugar nuestras lágrimas. Es una teoría agradable pero una teoría ad hoc. ¿Qué necesita usted, esperanza, redención? Pues yo se la doy. Personalmente la muerte me parece un fracaso. La naturaleza que nos creó no sabe mantenernos vivos sino es a través de nosotros mismos. Yo creo que la ciencia vencerá a la muerte por vejez mucho antes que a la estupidez o a la codicia. Es imposible pensar en las implicaciones de tal conocimiento, que debe llevar aparejado la recuperación de la capacidad funcional (la juventud, en definitiva). Naturalmente, la muerte por accidente o criminalidad será difícil de evitar (ya digo, la estupidez). Para entonces tendrá que estar resuelta nuestra capacidad de convivir y regenerarnos psíquicamente o ser inmortal será insoportable. Entre tanto la muerte, en tanto que nombre del proceso de cese de una vida individual, condiciona nuestra vida voluntaria o involuntariamente. Los que viven hasta las edades estadísticamente establecidas tienen tiempo de reconciliarse con la idea, pero sus caras nos dicen que no, que no se termina de asimilar. Las muertes serenas se dan en el cine, pero no en la vida. Por eso el gran descubrimiento es el opio. Tiene gracia que pase uno toda la vida esquivando los estupefacientes para morir dulcemente gracias a ellos. Todos los días muere gente. Gente sorprendida en lo mejor de sus vidas. Llegamos incluso a desear la muerte de otros (asesinos de niños) o a reírnos en los tanatorios a las cinco de la mañana, cuando ya no se controla el cerebro. Son las risas más catárticas (depurativas) que he escuchado o experimentado nunca. El humor negro o el desfile de subnormales disfrazados de zombis es señal de que algo tiene la muerte que nos atrae. Yo la rechazo. Pero me trabajaré para no darle gusto de morir cabreado. Me fastidia perderme el final (ja, ja) del culebrón humano. Hoy he estado en el cementerio. Uno debe actuar como le gustaría a sus deudos aunque el espectáculo mediterráneo de risas, ruido, coches, vendedores, guardias, polvo, flores de tela y de las otras, lápidas pulidas, cipreses sucios, fosas descubiertas, lutos obsoletos y caras, muchas caras de vivos esperando la muerte deambulando entre tumbas cumpliendo con un deber no escrito de culto sea enternecedor o ridículo. 7.000 millones. No habrá cementerios suficientes. ¿Cuántos humanos puede soportar el planeta si su peso medio es sesenta kilos de minerales, líquidos y gases? Hay que ir pensando en un sistema de control de espermatozoides. Podíamos empezar por los que, por su manera de dirigirse hacia el óvulo, se sospeche que piensan estudiar economía o dedicarse a la política.

Post scriptum.- Un millonario llamado Peter Thiel, como ya lo tiene todo, quiere ser inmortal. Con este propósito propugna que, en vez de gastar en dinero en sanidad pública, se invierta en buscar la inmortalidad que, en el supuesto, sólo podría conseguirla él y los suyos.