Filosofía naif. (9) La ética

La ciencia no es suficiente para el hombre porque explica cómo funciona el mundo pero no qué es el mundo y cuál es su finalidad. La necesidad del hombre de desvelar el secreto de la existencia trajo el consuelo de las religiones que, dando un salto al vacío cognitivo, proporcionan relatos envolventes que todo lo explican. En unos casos mediante deidades animistas que, en un gesto de prestidigitador, sustituyen una duda, no por una certeza, sino por otra duda pero de mayor tamaño llamado Dios. En el caso de las grandes religiones la solución encontrada es la voluntad de un ser suprasensible y trascendente cuya veleidad en la gestación del drama humano queda perdonada por su omnipotencia e misteriosa irresponsabilidad. La ciencia ha ido dejando para las religiones cada vez un espacio más reducido y, por otra parte fundamental: el de la ética. Agotada su explicación del funcionamiento de mundo, más allá de la hipótesis creacionista, tienen el reto del comportamiento ejemplar para guiar la acción moral. Ejemplaridad que, a menudo falla, porque la fragilidad de la defensas pensadas ante la causalidad realizada. La filosofía tantas veces muerta por la aparente claridad de la ciencia se ha refugiado también en la explicación y modificación de la ineludible realidad factual de la vida humana.

Hoy en día es fácil escuchar que no hay valores. Esta frase implica que los hubo y que se añoran. Los valores son cualidades que los seres humanos ponemos en las cosas constituyendo una esfera especial (axiológica) que permite, precisamente, la valoración. Son curiosos entes, pues pueden ser polarmente diferentes para dos observadores distintos de un mismo objeto. Son valores la belleza, la utilidad o la justicia. Los valores son inspirados por el objeto pero su polaridad y jerarquía dependen del observador. Naturalmente los observadores pueden intersubjetivamente coincidir en los valores. Los valores permiten enmarcar la visión general del mundo por parte de alguien, pero sin gran precisión. Los valores en su formulación más general no informan mucho. A todos nos parece bien la justicia y aspiramos a disfrutar de la belleza, pero ante un objeto concreto estos valores pueden ser muy diferentes en función de los patrones que condicionan a cada observador u opinante. Si por crisis de valores entendemos que no hay belleza, justicia o bondad estamos equivocados. Seguirán habiendo amaneceres, arte, actos justos y bondadosos. Lo que se quiere decir es que no hay decencia  y que se ha desacreditado la igualdad. Es la decencia el valor más en crisis, porque se ha impuesto otro valor: la utilidad. ¿Por qué no? es el recursos ante cualquier reproche de falta de ética. En cuanto a la igualdad, se da una extraña situación hasta finales de los años noventa el progreso social se medía por el disfrute generalizado de los rasgos del Estado Social y desde hace unos pocos años los beneficiarios de la gran estafa global, que ha acumulado grandes capitales en pocas manos, el progreso social se pretende medir por el número de individuos asocializados y que están dispuestos a todo por nada. La crisis de decencia no tiene origen en la falta de creencias religiosas, ni en un supuesto nihilismo. El origen está la hipertrofia de la capacidad de sugestión mediante la publicidad y la tecnología que crean una abundancia virtual de paraísos artificiales. Esta superabundancia ha contaminado y atrofiado las fuentes del diálogo íntimo del ser humano que está siendo perturbado por el ruido ambiental. Como resultado el individuo, como los antiguos indígenas, se deja seducir por cristales de colores en forma de instrumentos digitales. Seducción que poco a poco se extiende a la moralidad social y mucho a mucho a la legislación convirtiendo en delito la mera reserva prudente. Pronto llegará el control comercial de nuestros deseos por los avances de la neurociencia y será ilegal no ser portador de algún dispositivo móvil con el que ser violentado por la publicidad y la propaganda.

Tras un posicionamiento filosófica determinado es necesario preguntarse por el bien y el mal. Dos palabras que resumen nuestra biografía según hayamos sido tocados por uno u otro. El bien lo asociamos a los simbólico (lo que une) como el amor mismo. El mal lo asociamos a lo diabólico (lo que separa). El bien es el resultado de vivir en la verdad. Y vivir en la verdad no es una propuesta vaga, sino la propuesta de disfrutar, entre los extremos letales, de la armonía entre la belleza, el placer, el conocimiento, la búsqueda del sentido y la acción productiva regulada por la ética y la moral. El mal es su contrario. El mal surge de la desunión, de los conflictos entre los aspectos de la verdad. Así la belleza de una foto que muestra un crimen o la de un artefacto creado para matar. El placer como único objetivo convirtiendo a los demás en objeto de un disfrute sin medida. Refugiarse en el estudio sin atender al resto de la vida. Perderse en especulaciones metafísicas sin disfrutar de la acción o actuar poderosamente sin control de la regulación ética o estética. Si hipertrofiamos uno de los aspectos de la verdad, podemos caer en el diletantismo, el vicio, la petulancia, la vaciedad espiritual o la inutilidad. Todo ello empeorado por una acción resentida sobre las cosas y los demás. El mal es el resultado del intento de sustituir vicariamente nuestras carencias con complementos tangiblemente diabólicos (que separa maliciosamente) como el poder sobre los demás como sustituto del amor (lo que une benéficamente) produciéndoles daño físico o psíquico. Encontrar placer deforme en el dolor ajeno para vengar el sufrido real o imaginariamente. El poder no es malo en sí. Es un préstamo de capacidad de acción conjunta que se le hace a una persona o institución para que dirija la acción. Pero no se puede consentir que sea utilizado que individuos con problemas de ajuste con sus semejantes lo usen para perjudicar a sus donantes de poder. Es paradójico que las personas con mejor actitud suelan rehuir el poder y los menos dotados para la empatía estén siempre dispuestos. No ayuda el que pequeñas carencias muy generalizadas, relacionadas con la necesidad de que el autoritarismo se ejerza de forma vicaria siempre sobre otros, favorezca la delegación de poder en personas incapaces para ejercerlo.

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