Ya no se escriben cartas de amor. Ya no se escriben cartas. Ya no se escribe. Empiezo este texto sin estar seguro de que acabe siendo una carta. Hasta ahora había amado, pero nunca lo había expresado por escrito. Naturalmente esta carta no se escribe sobre papel y no podrá ser mojada con lágrimas como antaño. Tampoco es necesario que se la envíe en privado a la destinataria, pues muy poca gente, y normalmente de mi entorno más próximo, lee estos post. Lo que tiene sus ventajas, pues te puedes sentir global sin salir de tu parroquia.

Amor, decía amor. En efecto, pero ¿a qué me refiero con esta eterna palabra? pues, en mi caso, a un sentimiento complejo pero muy cargado de sentido tras tantos años de amar a la misma persona sin que cambie la intensidad media aunque cambie el color a lo largo del tiempo y los acontecimientos transcurridos. Hablo, por deformación profesional, de intensidad media porque han sido mucho los ciclos de fases altas y bajas como para no haberlo percibido. Oscilaciones que tienen una ventaja: la de tener en las peores fases la esperanza de que volverá el brillo luminoso de las fases perfectas.

He leído en la Divina Comedia que se dice de Beatriz y me puedo apuntar a ello que:

Yo era un esclavo / tú me has liberado / y me has puesto en la vía que me ayude / para alcanzar el término anhelado/ que tu magnificencia mi alma escude / de todo mal para que torne sana / cuando del cuerpo humano de desnude

Tiernas e ingenuas palabras para quien no cree en el alma ni espera desnudarse del cuerpo, sino que, al contrario, espera descansar en el polvo enamorado de Quevedo. Pero ¡qué más da! así hablaba un amante en el siglo XVI y ahora diríamos con Salinas en el siglo XX:

“Eres tan antigua mía / te conozco tan de tiempo / que en tu amor cierro los ojos / y camino sin errar / a ciegas, sin pedir nada”

Los poetas no son más leídos porque a muchas personas nadie las ha dirigido hacia ese vasto continente de contenidas o explosivas emociones de las que servirse para encontrar la expresión adecuada. Incluso se experimenta un gran embarazo cuando de poesía se trata, como si fuera afición de gente débil. ¡Qué pena! cuanto ambrosía despreciada para la desgracia de los despreciadores.

Pues bien yo he tenido la suerte de resistir la tentación de todos los errores irreversibles que un esposo puede cometer y la lista es larga. Aunque no han sido pocos los errores reversibles (o al menos han sido piadosamente olvidados). El amor no es una cuestión racional. Lo racional es no tirarlo por el barranco. Es algo que concierne a todo tu cuerpo y toda tu mente. Cuando consigues que una de las personas entre los 4ooo millones de potenciales candidatas tropiece contigo un día ya ha tenido éxito casi toda tu vida (tan llena de fracasos). Si a mi edad todavía un acercamiento me estremece (de “trémulo”, “trepidar”, “temblar” en definitiva) es que todo va bien, que todo ha ido bien.

Décadas de contacto diario cruzando todas las trincheras, saltando todas las alambradas, gozando todos los goces crean unos vínculos entrelazados, orgánicos, inextricables, cruzados como cables dejados a su suerte, como raíces bien alimentadas de un gran árbol de sombra benigna. Si a eso añadimos que no esperamos trascender nuestra muerte, la emoción compartida se convierte en densa, profunda y tenaz sabiendo que un día nos separamos sin retorno, pero sabiendo que cada uno ha contribuido a que esta extraña propuesta que nos hace la naturaleza haya merecido la pena.

El amor prolongado de un verde terso al principio, sepia entre obligaciones y gualdo al final es siempre amor en todas sus versiones. Hoy es manifiesto que no todo el mundo acierta. Antes tampoco, pero ahora se advierte en las combinaciones vitales que unos y otras hacen a medida que, o bien se dan cuenta de que no han acertado, o bien no quieren acertar debido a  la promesa de una permanente excitación. Una actitud respetable pero que creo que traiciona algunos de los registros más sutiles de nuestra psique. Y luego está la soledad que corroe. Haber prolongado nuestro confort emocional tantos años es una mutua bendición.

He disfrutado el arrebol de tu cara y he tenido que cerrar los ojos ante el rielar de tu mirada. Si algo me pasara, me despediría con cursilería premeditada tirando de poesía para decir lo que Horacio a la nave que conducía a su amigo Virgilio por el mediterráneo:

“Navis, quae tibi creditum 
debes Vergilium; finibus Atticis
reddas incolumem precor
et serves animae dimidium meae”

Que en versión libérrima traduzco por:

“¡Vida!, que me debes a mi esposa confiada a tu custodia; te ruego que la conduzcas sana a los confines de Ática y guardes esa preciosa mitad de mi alma”

(A Asunción el día de su jubilación, uno de febrero de 2017)

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