Ya era hora. He aprendido mucho leyendo este libro… francamente sé poco de la España rural, al menos al nivel en el que Sergio del Molino ha colocado su visión. No me extraña si el 85 % de la población es urbana. La prensa y la literatura se han dirigido, en general, hacia los ciudadanos que viven en ciudades. La excepción han sido algunos autores con experiencia vitales cercanas que han sabido y querido darle forma literaria como Antonio Muñoz Molina hizo con su Jinete Polaco o Julio Llamazares con La lluvia amarilla. Un caso especialmente destacado es el de Miguel Delibes que se alejó poco de su Castilla real y literaria con sus excepcionales libros. También menciona la película de José Luis Cuerda Amanece que no es poco en la que el director albaceteño evoca sus recuerdos en clave surrealista, lo que seguramente es una forma de mostrar cómo en la mente de un niño se mezclan las más diversas experiencias sin estar dotado aún de los patrones que llamamos racionales. El resultado es un humor, que los lugareños declaran no entender, a pesar de que participaron en su filmación. Es curioso como se puede protagonizar una vida surrealista y no reconocerla cuando te la presentan en toda su crudeza extraída de la tuya. Sea como sea, el campo irrumpe en nuestras conciencias cuando los agricultores se quejan. Se quejan de la explotación de los intermediarios o de las disposiciones arbitrarias para ellos de la Unión Europea en lo relativo a la leche por ejemplo. Qué decir de la emoción patriótica cuando un camión de Murcia o Huelva es asaltado en Francia, por cierto por otros agricultores con los mismo problemas pero hablando una extraña lengua romance.

El libro “La España Vacía”, subtitulado “Viaje por un país que nunca fue“, es para un urbanita nacido, desarrollado y, probablemente, muerto en una ciudad, un verdadero hallazgo. Cuenta Sergio del Molino cómo se vació el campo y por qué no volverá a llenarse de no ser por desbordamiento de las poblaciones de las costas de nuestro país. Es muy divertida su interpretación del origen de la palabra que denomina al objeto dentado que utilizamos pinchar alimentos. En todo el mundo son semejantes al británico “fork” o el francés “fourchette” mientras que en español es “tenedor” que significa “el que tiene” porque parece que los primeros en usar este avance de la civilización eran los propietarios. Como curiosidad diremos que en Valenciano se mantiene la tradición europea con la palabra “forques”. También que la forma del tenedor evoca desde el mango a las puntas la de una pluralidad de salidas desde un punto concreto (ya de caminos o de ideas en un mapa conceptual). Así ocurre en inglés al menos, idioma en el que “fork” significa también “bifurcación”.

Todo esto viene a cuento de la diferencia de clases sociales en España y su manifestación como elitismo y desprecio de la ciudad sobre el campo. Lo que atribuye a que tenemos origen en dos civilizaciones urbanas como fueron la romana y la árabe que consideraban el campo sólo un proveedor de alimentos para la ciudad. Lamenta el autor el grado de abandono al que se ha llevado en nuestro país al campo, la ausencia de políticas propias de repoblación y revaloración de esas extensas planicies de las mesetas y los Monegros españoles. Y lo hace de una forma rigurosa, entretenida y erudita. Desde luego no desvía su mirada de los aspectos más torvos de la sociedad rural. Nos cuenta la extraña historia de Fago el pueblo en el que un vecino mató a tiros al alcalde o la paronoia que desarrollan los neorrurales por desconfianza y miedo a los vecinos. Paranoia que son la versión suave de lo que el aislamiento puede producir por no estimular suficientemente la mente de los sometidos a sus efectos. Los experimentos psicológicos, nos dice el autor, demuestra que no se puede soportar más de 72 horas en condiciones de aislamiento total, incluida la ausencia de luz. Es claro que si el cerebro se ha construido en la relación social y en la contienda no puede sin consecuencias ser aislado. Un clima en el que el Pascual Duarte de Cela tiene encaje, como la matanza de Puerto Hurraco. 

En España, se sostiene, ha faltado amor a su paisaje. “¡El día que España esté a la altura de su paisaje!” dijo Giner Sánchez Barbudo. El campo se ha idealizado a grandes vaivenes o por intereses políticos. Así, Las Hurdes de Buñuel presentan una realidad ficcional que contradice la experiencia de Unamuno, que, al tiempo, encuentra en Oberman el camino hacia un paisaje que reconcilia de la corrupción urbana. Un paisaje que el romanticismo había puesto en primer lugar al reflujo del concepto de lo sublime, que no dejaba se de ser un invento que la literatura y especialmente el cine reinventan una y otra vez con gran provecho aprovechando nuestra estupefacción ante la naturaleza. Y un paisanaje que salvar en sucesivas misiones educativas que en el marco de la modernidad de la Institución Libre de Enseñanza del malagueño Giner de los Ríos llevaron al campo entretenimiento educativo o educación entretenida. Es el caso de La Barraca de García Lorca, un mito de la sensibilidad española destruído por la más salvaje ignorancia y desprecio de los realmente valioso. Nombres señeros de la inteligencia española participaron en estas misiones como Antonio Machado, María Zambrano o María Moliner, ilustrados que percibían el enorme abandono cultural del campo. La guerra incivil acabó con todo hasta que el problema se resolvió por abandono del contrincante. En efecto la España interior se vació y el que quiso cultura la tuvo en la ciudad y el que no la quiso también encontró aquí cómo vivir iletrado,

Este libro es una historia de España en negativo. Contada desde lo que no hemos sido. Ahora vivimos en ciudades donde el campo aún rezuma por los recuerdos de dos generaciones anteriores.

 

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