Megaingenieros

13 Feb 2011

Una maldición china dice así: ¡Ojalá vivas tiempos interesantes! En ello estamos los profesionales de la técnica en este momento. Sabemos que no es que el ministerio de economía nos tenga inquina, es que la crisis no ha durado suficiente como para frenar la última ola de la biblia hayekina. Hay que eliminar todo rastro, indicio traza o picoestorbo a una acción empresarial libérrima. “El mundo será alguna vez deleuziano” dijo Foucault y está empezando a serlo. A ello se están aplicando los ideólogos y ejecutores del ideal economicista. Están convirtiendo al ser humano, ser social de hecho y de derecho, en una partícula aislada. Además de los vínculos familiares y sociales se están demoliendo los vínculos profesionales. Se empezó con la eliminación de los visados, se seguirá por la voluntariedad de la colegiación y ,finalmente como traca final, la promiscuidad profesional que supone la eliminación de las reservas de actividad. Para el profano esto significa que cualquier ingeniero podrá llevar a cabo cualquier acto ingenieril sea cual sea sus estudios especializados de partida. Más claro: un Ingeniero de Caminos podrá proyectar instalaciones industriales y un Ingeniero Industrial podrá diseñar una mina. Esta atrevida propuesta confía en el sentido del peligro de los ingenieros que procurarán, según presume el redactor del borrador circulante, no meterse en camisas de once varas para no acabar ante los tribunales. Pero, entre tanto, el mercado (¡vaya! había pensado no decir “mercado” en todo el post) contará con muchos chicos con su título esperando la furgoneta que vendrá a las cinco de la mañana a darle trabajo, ese día, en la gasolinera de turno. Cuidado chicos con las confusiones de furgoneta, no acabéis tensando un plástico en El Ejido. Un vago argumento sobre los estudios comunes (¡matemáticas, física y quizá, inglés!) parecen permitir al autor del papel lavar su conciencia ante los avisos que recibe del fondo de su cerebro de que pueden complicarse las cosas. Sin embargo, uno no puede dejar de experimentar un cosquilleo de curiosidad por ver “que pasará” ante un escenario que sólo se le podía ocurrir a alguien que está pensando en otra cosa muy distinta de la solvencia profesional al servicio de la sociedad. Está pensando, con una fe sospechosa, en la necesidad de que entre los jueces y los empresarios sólo haya individuos desprotegidos que portan una mochila. En ella se acumularán el título (arrugado en el fondo con manchas de aceite), un papel que acredite su condición de autónomo al corriente de las cuotas, otro que pruebe que ha concertado un plan de jubilación a los 16 años y, finalmente, un certificado de persona, no de buena persona, sino de que posee determinadas competencias emitido, naturalmente, por una agencia AA+ o similar, que como es sabido aciertan todos sus pronósticos de solvencia.

 

 

 

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