Mis desencuentros con un premio Nobel


17 Ene 2011

Mario Vargas Llosa tiene toda mi admiración como escritor y todo mi respeto como liberal a ultranza. Pero hay cosas que rechinan en su pensamiento, o mejor en el mío cuando lo leo. Como parto del derecho (da vergüenza mencionarlo) a la libertad de expresión, me limito a discrepar civilizadamente. La discrepancia la limito ahora a dos episodios: su defensa del fondo de verdad en el Tea Party y su ataque a Wikileaks. En el primer caso, echa mano de la metafísica para suponer que detrás de las auténticas barbaridades de su discurso explícito reside la nobleza de espíritus indómitos que hicieron grande a los Estados Unidos de América (De Crokett a Sara Palin). Si algo sabemos en nuestros días es lo peligroso que es hacer juicios de intenciones a quienes juegan con el fuego metafórico del infierno y el real de las armas. Supongo que el clima de odio casposo que este movimiento (¿recuerdan el último “movimiento” en España?) propone y expande le repele tanto como a mí. Pero, en ese caso, ¿por qué hace el ejercicio académico de aceptar las buenas intenciones de fondo de quienes cada día prueban su locura política? Recuerdo que hace unos años leí un artículo suyo que aún menciono en mis debates de batín y zapatillas en el que reprobaba el racismo incluso en los chistes (como juego mental incitador de violencia). Reconocerá, Mario, que los discursos del TP son algo más que chistes groseros. El otro asunto es su rechazo al destape de Assange, el internatura “zahorí”. Asunto que aprovecha para discutir algo que a todos preocupa, como es el estímulo grosero de la venta de toda intimidad e, incluso, el acceso sin permiso a la intimidad de ciudadanos que deploran este deslizamiento por la pendiente. Pero es una confusión notable, en mi opinión, trasponer al asunto Wikileaks los mismos argumentos. Primero, porque el valor higiénico de esta mega confidencia no se podrá repetir por las precauciones que se tomarán en los sucesivo y, segundo, porque los Estados nos sólo guardan cotilleos sobre sus congéneres, sino algo más letal para sus ciudadanos. No está mal que lo que suponen guionistas y escritores (recuerden La fiesta del chivo) de vez en cuando se contraste con los textos escritos “sólo para tus ojos” por los diplomáticos. ¡Qué decir de lo que viene en relación con las operaciones de blanqueo de dinero!. A ver si el escándalo ciudadano y la reacción correspondiente llega hasta donde no quieren llegar los estados vergonzantes a pesar de todas sus declaraciones anunciando el nuevo capitalismo. Mario, el mundo como sabe por su fino olfato literario, está bastante podrido en alguno de sus estratos. Los individuos en contacto con los sistemas no saben decir que no hasta que están desesperados. Es necesario algo nuevo que contrarreste, neutralice la maldad institucional sin poner en peligro las propias instituciones democráticas. Se necesita valor, sutileza, amor por la verdad y compasión con tanta desgracia planetaria. No sustituyamos esos valores por razonamientos superficiales (y que me perdone mi también admirado compatriota Savater). Sospecho que el ataque de Wilileaks al recato institucional es bueno de vez en cuando y que confundirlo con el destape planetario de los reality show es banalizar algo que los principales diarios del mundo han considerado un deber publicar. Esta confusión compite con la que enarbola la libertad de expresión para insultar o hacer caricaturas ofensivas. También con la de confundir la libertad de cátedra con el derecho a una docencia negligente. Ambas libertades son logros para derribar tiranías, no pretextos para hacer daño o hacer el vago. Ya sabemos que los límites son difíciles, pero nadie dijo que sería fácil. Ya nada más que falta escuchar que proteger los resultados del talento artístico sea considerado un atentado a la libertad de robar. Está claro que está en pleno vigor el combate de valores que su admirado Ishaiah Berlin identificó (por cierto, lo descubrí leyendo la elegía que escribió en su momento).

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