Filosofía naif. (6) La verdad

… viene de (5)

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La verdad es la forma más perfecta de amor. La verdad, en su definición primera es ajuste imperfecto entre lo que un ser expresa y aquello a que señala tal expresión. Expresión que se refieren no sólo al uso del lenguaje, sino a cualquiera de las manifestaciones de la complejidad humana. En la propuesta que hacemos aquí, es el abrazo del vacilante ser que es el ser humano a la realidad, incluido él mismo. Hay varios tipos de verdad que tienen origen en los canales por los que el mundo entra en nosotros. En su componente estético el ser humano es informado de lo que acontece en el exterior a través de ondas luminosas y sonoras, mientras él abraza a la naturaleza imponiéndole sus preferencias formales como ser especial, aunque proceda de ella. En su componente hedonista, el ser humano es abrazado por la naturaleza para estimularlo y protegerlo en su duro acontecer. En su componente cognitivo, el ser humano, una vez constituido dolorosamente como ser pensante, abraza al mundo adaptando la propia estructura para desentrañar dolorosamente su estructura funcional  haciéndolo propio desde sus limitaciones de ser finito y hermenéutico. Con la mirada de la razón se abraza al mundo de forma escrutadora, buscando un sentido que nos reconcilie con el sorprendente hecho de la mera existencia. Con la utilidad se abraza al mundo, al prolongar la acción creativa de la naturaleza para la mejora de la vida con la tecnología y las instituciones. Finalmente, el componente ético, moral y legal de la verdad es la estrategia amorosa del ser humano cuando actúa. En el coloquio interior, en el diálogo con el otro y en el compromiso legal democrático, se produce el compromiso ético de cada individuo, al tiempo que se admite la influencia social en un interrogarse continuo sobre la pertinencia de la acción que espera o la valoración de lo ya hecho. La pregunta por la verdad es la pregunta por el ser, y preguntar es el comienzo del camino a la verdad. Una meta que cada individuo y cada civilización debe alcanzar por sí misma.

¿En cuántos aspectos encontramos que el mundo se puede ajustar a nuestras expresiones?. Los ocho aspectos, como hemos razonado más arriba, son: la belleza, el placer, el conocimiento, el sentido, la utilidad y la bondad individual (Ética), social (Moral) y legal (L). Los tres últimos son meta juicios, como se ha dicho más arriba, que juzgan todos los tipos de acción humana y podemos reunirlos bajo el concepto de lo práctico (en el sentido que le da al término Aristóteles). Así, emitimos juicios estéticos, hedonistas, científicos, metafísicos, útiles y prácticos . Estos juicios son verdaderos en un sentido poliédrico. Se da la verdad estética, si decimos que algo es bello para nosotros, y si tal carácter es compartido diacrónicamente estamos hablando de belleza clásica. Se da la verdad estética, si expresamos nuestros juicios de belleza porque así lo pensamos (en ese momento) y no por conveniencia social o esnobismo. Se da la verdad hedonista, si nuestro cuerpo expresa el placer que siente sin fingimiento. Se da la verdad cognitiva, si afirmamos algo sobre el mundo y en un determinado momento de la historia de la ciencia todos los acontecimientos son explicados por nuestras teorías. Se da la verdad metafísica, cuando afirmamos algo sobre el sentido de la vida, que es coherente con nuestra propia madurez metafísica, lo que incluye nuestras esperanzas más profundas. Se da la verdad útil, cuando fabricamos algo que se ajusta a la función que la inspira. Se da la verdad ética, cuando actuamos (sintiendo, pensando o produciendo) conforme a nuestros principios éticos, normas morales o leyes. Pero esta verdad poliédrica es inalcanzable en el día a día de individuos y de las sociedades, pero ya sabemos qué es y cómo se alcanza. La tarea es esa, pues. Pero no se debe perder de vista que, en el acontecer juzgado desde un punto de vista determinado (el de la especie humana), es más fácil identificar los extremos de cualquier dimensión que un centro equilibrado, lo que retrasa encontrar la posición propia. Nada puede ser llevado tan lejos que no regrese a su origen. Por eso, el exceso de ajuste estético es manierismo, kitsch; el exceso de placer es doloroso; el exceso mostrado de conocimiento es pedantería; el exceso mostrado de metafísica es diletantismo; el exceso de utilidad es tosquedad o sequedad malhumorada; el exceso de ética es puritanismo; el exceso de moralidad hipocresía y el exceso de legalidad parálisis. Igual ocurre con los defectos, que en la belleza es fealdad; en el placer dolor igualmente; en el conocimiento ignorancia; en la metafísica nihilismo; en la utilidad frivolidad o corrupción institucional; en la ética psicopatía; en la moralidad anomia y en la legalidad delincuencia. La verdad es el reino de la aurea mediocritas horaciana. No en vano llamamos esperanza matemática al valor al que apuntan todas las vacilaciones estadísticas. En ella juzgamos al mundo conforme a nuestros patrones idiosincráticos y a nuestros patrones heredados en formato biológico o social. Este juicio puede ser verdadero o no. Verdadero cuando cada dimensión de la verdad es captada en su carácter y en equilibrio con el resto de aspectos. Equilibrio que no implica reparto igualitario, puesto que cada acontecimiento juzgado tiene uno o dos componentes predominantes de la verdad.

Habría un componente de verdad por cada criterio de verdad. Hay una verdad estética, hedonista, fáctica, metafísica, utilitaria, ética, moral y legal. Cuando se duda de la verdad de un aserto es necesario afrontar un proceso hermenéutico de deliberación que ayude a dirimir la cuestión. Según el tipo de verdad la cuestión se hace más o menos complicada. Las dimensiones de la verdad son las de la realidad que podemos conocer a partir de nuestras experiencias. Experiencias que lo son en la medida en que nuestra naturaleza está habilitada con los cinco canales sensoriales para mostrarnos el carácter complejo de la realidad. Todos los tipos de verdad son objeto de discusión porque ninguno de los canales por los que nos llegan los objeto de conocimientos es completamente fiable no por defectos, sino por la complejidad asociada a la relación objeto, canal, sujeto, que genera nuestros patrones de referencia, aquellos con los que enjuiciamos el mundo y nuestra conducta.

La verdad estética dependerá de nuestros patrones estéticos; la verdad hedonista de nuestras constitución y formación; la verdad fáctica, la de los hechos, podrá ser buscada con herramientas científicas de carácter físico o histórico, con deliberaciones y, para los casos más recalcitrantes, por la carencia de pruebas de cualquier naturaleza con careos. La verdad metafísica es derivada de nuestra resultante de experiencia con todos los aspectos de la verdad que crearán en nosotros una difusa imagen de la existencia. Imagen que será el punto de partida de cualquier indagación. Entre los distintos componentes de la verdad existen relaciones evidentes. Así los códigos éticos estarán alerta en nuestro comportamiento utilitario fundamentalmente. Es decir, cuando producimos o usamos los artefactos que la tecnología pone a nuestro alcance o las instituciones que nuestras necesidades sociales reclaman. La belleza es también una parte abarcadora, puesto que casi todo lo que hacemos, concreto o abstracto, puede ser juzgado por su estructura formal, aunque le falten los componentes sensuales. Así si juzgamos como bella una escultura figurativa o una melodía popular, son los sentidos de la vista y oído los que aportan la mayor parte de la información para nuestra reacción. Sin embargo, cuando se trata de arte abstracto o una composición de música contemporánea, es posible que sea necesario contar con unos antecedentes que alimenten nuestro patrón de juicio para entender y disfrutar a través de fuentes más abstractas como el origen, el fundamento teórico o la expectativa humana que alienta en ella. Se necesita, en estos casos, contar con una taxonomía de esperanzas vitales en las que encajar gestos pictóricos, visuales o sonoros sin aparente significado evidente. El caso es, que dotados del patrón de la belleza y despojado de sus componentes más sensuales, puede ser aplicado al aspecto de un plato de cocina o a teorías científicas, estructuras organizativas o a comportamientos humanos. Del mismo modo el componente principal de la ciencia, que es el rigor del contraste con la realidad experimentada y su formalización matemática, puede ser transferido a la danza o al funcionamiento institucional. Es decir al examen de cualquier realidad extra natural (en el sentido restringido del término) como, de hecho, ocurre.

Estas son las relaciones sinérgicas, pero hay conflictos. Conflictos graves, como el de la belleza y la ética. La parafernalia nazi es probablemente el símbolo de la maldad humana absoluta y, sin embargo, fascina a propios y ajenos que, una y otra vez caen en apreciar los uniformes negros y los pendones rojos con la esvástica, las paradas iluminadas por las antorchas, los cánticos y la arquitectura de Speer. Qué fotógrafo no aspira a ganar el Pulitzer, aunque sea con alguna foto en la que se mezcle la estética y la muerte violenta. Ejemplos supremos son la foto del buitre y el niño de Kevin Carter o la del asesinato de un vietcong con un tiro en la nuca de Edward Adams. Naturalmente estos conflictos son posibles porque la repugnancia está mitigada por la distancia a los hechos (temporal o espacial), mientras que la fuerza plástica de la escena está en plenitud en la imagen. Otros conflictos asociados a la belleza tienen origen en la utilidad con la está obligada a convivir en el espacio axiológico y con la que tropieza en determinados casos de la arquitectura. Es difícil parar en el progreso hacia una forma con el freno de la utilidad para los potenciales usuarios. Pero no hacerlo, pone en acción otro componente de la verdad: el sentido ético. Un conflicto que subyace a todo el desarrollo de la ciencia es su aplicación a algún tipo de armamento. Cuestión planteada desde antiguo, pero que llega al paroxismo con la bomba atómica. Una situación en la que Albert Einstein se vio preso sintiéndose obligado a enviar una carta al presidente de Estados Unidos para interesarlo en su fabricación. La ética se filtra en todos estos conflictos porque es la más fluida de las partes de la verdad. De hecho su patrón se configura allí dónde el centro de gravedad del acontecimiento que somos reside en su forma dinámica de adaptación  temprana y duradera al mundo. Si esa configuración se trunca, resultará un yo tullido y, por tanto, peligroso en mayor o menor grado.

La verdad es el ajuste de nuestras expresiones, en forma de acción corporales, verbales o escritas (cotidianas o elaboradas) a la realidad que significan. La verdad, como la realidad a la que apunta, es construida, tautológica y relativa. Este último carácter tan inquietante, que la presenta como resultado de un determinado punto de vista diacrónico o sincrónico con legitimidad incuestionables, puede ser neutralizado si con arbitrariedad consensuada por toda la especie se pone el punto de referencia en la salud física y mental de todos los seres humanos y el entorno natural. La relatividad es para el pensamiento metafísico (en el sentido nietzscheano) un enemigo a la vista, pero su carácter tautológico es su enemigo oculto. Tautología significa “utilizar palabras innecesarias que no añaden nada nuevo a la idea que se quiere transmitir.” y por tanto expresar una frase vacía de contenido informativo. La verdad es decir de forma diversa sobre la realidad. Si al decir lo hacemos sobre una realidad cuyos principios rectores son los mismos que los que nos constituyen (a despecho de la evolución interna), la diferencia entre la realidad 1 (el mundo) y la realidad 2 (nosotros) es organizativa y no cualitativa. No somos diferentes en lo esencial, sólo en la forma en que hemos  sido organizados en mutuo contacto evolutivo. Contacto que ha nutrido y condicionado nuestra evolución y constitución. Cuando la realidad 2 mira a la realidad 1 se mira los pies; cuando la realidad 1 mira a la realidad 2 se mira la cabeza. En estas condiciones, nuestros procesos sensoriales y mentales siguen patrones de reconocimiento formal y material de su realidad subyacente, que transfieren a realidades imaginadas, artísticas, hedonistas, cognitivas, metafísicas, tecnológicas, institucionales y normativas. Cuando decimos del mundo decimos de nosotros; cuando modelamos el mundo, buscamos torpemente en nosotros patrones formales (matemáticos o lógicos) que nos ayuden a entenderlo por lo que no nos puede extrañar que sirvan para describir la misma realidad que somos nosotros. Tautología porque cuando decimos del mundo, decimos de nosotros. Si nos parece que hay información nueva es porque no han transcurrido experiencias de reconocimiento suficiente. En realidad es nuevo para nosotros como individuos. A medida que se acumula conocimiento, quien lo posee entiende mejor el carácter tautológico de la realidad y de su enunciado complejo (la verdad cognitiva). Para el reconocimiento de la realidad exterior una realidad mental como la conciencia individual actúa como un cuello de botella.

Si el mundo es tautológico, es decir, la realidad exterior constituye la realidad interior, es inevitable el carácter relativo de la verdad, es decir de la perspectiva, de los patrones desde los que juzgamos tal realidad. Pero la verdad es relativa, no sólo porque nuestro decir depende de unas coordenadas estéticas, sensuales, cognitivas, etc, sino porque determinadas características de la realidad (como el principio de inercia, la velocidad de la luz como tope universal o su afección por la gravedad) hace imposible discernir la simultaneidad o no de acontecimientos y afecta a aspectos tan intensamente anclados en nuestros prejuicios como que el espacio y el tiempo son absolutos y, por tanto, independientes del movimiento o de su nivel de energía). El principio de inercia fue pensado como la cualidad de la materia de mantenerse en movimiento o reposo hasta que una fuerza la afectara. Ahora sabemos que no hay reposo, sino movimiento compartido, lo que queda explicado por la acción sobre cada parte del universo del resto en forma de campos de fuerzas. Esta situación nos pone en la pista de la razón de la relatividad generalizada de todos los componentes de la verdad. Esta pista es que la razón de la relatividad física consiste en que las experiencias físicas en dos sistemas a velocidades distintas o en sistemas sometidos a campos gravitatorios o a fuerzas mecánicas son las mismas. Esta igualdad hace imposible distinguir qué sistema de mueve o cuál es la naturaleza de la gravedad experimentada. Del mismo modo, dos morales distintas (cristiana y musulmana)  pueden ser defendidas por el mismo ardor porque la experiencia ética asociada es exactamente las mismas. Si en el caso de la realidad física, el origen está en la constancia de la velocidad de la luz o independencia de la fuente, en el caso de la moral, es la constancia de las emociones o independencia de éstas respecto de la naturaleza de las acciones concretas que se lleven a cabo, lo que provoca la relatividad de las posiciones. Obviamente son los distintos patrones culturales los que quedan asociados a las mismas emociones, pues no hay otras para la especie. Del mismo modo que la afección de la luz por los campos gravitatorios hace imposible distinguir la acción de una fuerza de la de un campo gravitatorio, la afección de los principios éticos por la culpa hace imposible distinguir entre bien y el mal cuando se ha cometido un hecho inhumano y se actúa racionalizando el hecho. Es la curvatura de nuestro espacio moral impelidos por la necesidad de evitar el remordimiento como eco de lo que Damasio llama el valor biológico.

Los principios éticos favorecen el confort moral al creerlos intrínsecamente nuestros aunque algunos tengan una clara procedencia social. Esta situación se ve favorecida por la lentitud de adquisición de los patrones y la edad temprana en que este proceso ocurre de forma cuasi inconsciente. Esto explica que un cambio brusco de patrón, como le ocurre a un joven soldado que pasa de su hogar cristiano a matar sanguinariamente, cuando no a participar en terroríficas sesiones de tortura o muerte de inocentes, provoque la locura. No es de extrañar que las autoridades traten de ocultar en ominosos sanatorios a los soldados veteranos más dañados. El mecanismo de curvatura asociado a esta discusión es el conocido de racionalización que se utiliza por individuos cuando violan el patrón ético o moral lentamente adquirido o aceptado. En este caso se deforma el espacio axiológico para no sentir remordimiento. Es la prueba de que en espacios morales muy distintos se siente lo mismo y, cuando no, se crea uno en el que, de nuevo, las emociones sean benevolentes con nosotros. Como hemos dicho, en la realidad física la independencia de la velocidad de la luz respecto de la velocidad de la fuente provoca la deformación del espacio y el tiempo, dado que la velocidad se define como su cociente. Todos necesitamos la felicidad (como suma de emociones y sentimientos pacíficos y benéficos) y eso ocurre cuando nuestro patrón coincide con el del medio en el que estamos. Si lo violamos sufrimos y tenemos la necesidad de creamos otro a base de esfuerzos lógicos, aunque nuestro entorno considere que hemos perdido la razón. En política el código lunático de no enmendar los errores lleva a patrones lógicos delirantes, a la búsqueda de una coherencia imposible y debilitada por la sensación interna de falsedad. Con el añadido de que el que propone el nuevo patrón sabe que los comulgantes saben, pero está incapacitado para algo tan sencillo como decir lo siento, me he equivocado, no volverá a pasar. Esto último reside en la falta de reputación de la debilidad. Y debilidad se considera aceptar la comisión de un error.

Las dos características de la realidad lo son de la verdad porque ésta aspira a ser el ajuste entre nuestras expresiones respecto de todos los aspectos de la realidad y la realidad misma. Así, nuestra mente responde a los mismos principios que la realidad que explora y cuando se expresa busca decir lo que la realidad es, aunque esa realidad tenga que ser declarada análoga a uno mismo y resultar esquiva en sus manifestaciones observables, porque los parámetros emocionales clave adaptados a los distintos contextos impiden distinguir las diferencias entre ellos. El parámetro clave en la estética es la fruición; en la experiencia hedonista es el placer; en la experiencia cognitiva, la convicción; en la experiencia metafísica la plenitud; en la experiencia utilitaria es la función y en las experiencias de comportamiento es el estado de beatitud o el orgullo. El ser humano experimenta fruición, placer, convicción, plenitud, funcionalidad y beatitud en circunstancias muy diferentes condicionado por los patrones que previamente ha heredado o construido. Patrones que tienen su origen en el intercambio tautológico entre mente y no mente. En todo caso, no se olvide que la salud mental del ser humano es posible porque en la mayor parte de su vida no es víctima de la relatividad descrita más arriba, dado que se toma a sí mismo y a su entorno como referencia. De este modo evita el vértigo del relativismo.

Si la verdad es relativa, ¿todo vale? En lo dicho hasta ahora queda clara la estructura compleja de la verdad como consecuencia de nuestra forma compleja de examinar y juzgar la realidad. Complejidad que tiene origen en la diversidad de canales por los que palpamos la realidad. Diversidad que es resultado de la tortuosa historia evolutiva que la propia realidad hace experimentar a sus hallazgos individuales (mineral, vegetal, animal o humano) en el marco de las leyes naturales universalmente vigentes (de momento). Sea como sea, nos hemos hecho una idea de cómo es esa realidad que nos constituye al tiempo como seres individuales y sociales. Una idea que hemos plasmado en el arte, en nuestra forma de disfrutar, en la ciencia, en nuestras religiones y creencias, en nuestras obras útiles, en nuestras instituciones y códigos de conducta más o menos íntima. Escribiendo así un mega libro tan complejo como nuestras formas de aproximarnos a la realidad mutante. Mutación resultado de que nosotros mismos, como parte de esa realidad, contribuimos a modificarla con la tecnología y nuestras costumbres. Un juego apasionante de bucle cósmico en el que cada movimiento significativo modifica incluso las reglas del mismo. Siendo así las cosas, es decir, siendo la realidad y, por tanto, la verdad como ajuste de nuestros discursos a ella igualmente relativa ¿cómo saber cuándo se dice la verdad o se miente? De entrada diremos que cuando se habla de la verdad nos referimos a los que nosotros sentimos, decimos o hacemos porque la realidad no miente, es. Nosotros somos parte de esa realidad, pero sí podemos mentir porque tenemos la capacidad de esconder a los demás lo que sentimos, pensamos o hemos hecho. También tenemos la capacidad de cometer errores al pensar o al actuar, lo que nos permite dar versiones distintas o producir objetos inútiles (mentirosos). La verdad se refiere a lo acontecido. No se puede mentir en futuro. Incluso cuando alguien nos miente en nuestra cara, esa mentira se materializa cuando ha acabado de proferirla. También la verdad lógica, científica, metafísica, utilitaria o judicial se refiere a lo acontecido. De todas las verdades, la que hasta ahora más nos ha importado es la que afecta más directamente a nuestras vidas.

Queremos saber la verdad, decimos, sobre la historia, sobre un crimen reciente o sobre las actividades de nuestros próximos, pero tenemos un interés más vago por la verdad científica o metafísica. Este tipo de verdad que podemos llamar episódica es muy importante para nosotros porque nos permite tener vidas pacíficas reconciliadas con el pasado y el presente, al tiempo, que construimos la confianza para el futuro. Por eso resultan tan perturbadoras la dificultades que los políticos ponen para recuperar la verdad de los crímenes del pasado. También produce gran inquietud que crímenes actuales queden impunes o que sospechemos de la fidelidad de nuestro entorno íntimo. El problema de esta verdad, como el de todas, es la dificultad de su establecimiento tanto porque no quede registro como porque sospechemos de los testimonios (personales, escritos, audiovisuales). Salvo que se haya estado presente y, aún así, la propia condición de testigo fiable se cuestiona porque se sospecha tanto de la capacidad fisiológica para apreciar lo ocurrido, como del filtrado que los intereses o creencias del testigo puede realizar para mejorar lo sucedido. También se puede cuestionar el mismo hecho de haber sido realmente testigo. Por eso cuando del establecimiento de la verdad de lo acontecido se derivan responsabilidades sean tan importante las garantías en los procesos. Nuestras dificultades con este tipo de verdad se derivan de nuestra convicción de que alguien llevó a cabo los hechos pero no podemos demostrarlo. Para hacerlo existen sistemas cuyo rigor intencional no garantiza que acertemos. En este caso la dificultad no estriba en lo que cada uno piense con sus patrones mentales, sino en la desaparición o inexistencia de un rastro tangible de cómo sucedieron los hechos. La realidad prosigue sus procesos sin tener en cuenta nuestro interés por congelarlos para poder demostrar un acontecido. Esta verdad tan importante se nos escapa por la falta de registro de cada acontecimiento. De ahí la multiplicación de cámaras para tal registro en tantos lugares públicos en la actualidad y, probablemente, en lugares privados en el futuro. Un continuo copiar la realidad acontecida para poder rebobinar y escrutar el pasado. Una especie de memoria universal y accesible a todos. Así las discusiones domésticas serán zanjadas con un par de click sobre un teclado desmintiendo o confirmando un “yo no he dicho eso”. Registro amenazante que provocará con toda seguridad una cuidadosa reserva con lo que se dice incluso en los momentos más apasionados. La fatal sospecha sobre la fiabilidad de los testigos tiene origen en nuestra convicción de que creencias o intereses pueden estar contaminando el testimonio. Los intereses implican malicia, pero como pueden ser probados pueden ser neutralizados. Más difícil es resolver el relativismo de las convicciones, que sí que será estructural y contamina lo que se diga y escriba sobre la cuestión porque, cuando de asuntos humanos se trate, es muy difícil ser absolutamente sincero o neutral. La verdad episódica es la prueba de nuestra convicción de la existencia de la realidad y, al tiempo, de su evanescente naturaleza. Esa debilidad de su establecimiento es la fisura por la que se cuelan distintas versiones de la historia, de algo que sucedió ayer o de algo que sucede en nuestra propia casa cuando no estamos en la habitación concreta.

 El hecho de que sospechemos del riesgo de relativismo en la verdad y dramatizamos pensando que no existe La Verdad, sino muchas verdades, nos obliga a aclarar algunas cosas. Las experiencias intersubjetivas con su estabilidad y el refinamiento en el establecimiento de pruebas históricas o episódicas, coherencia y robustez nos permiten creer que el ser humano tiene acceso a su verdad y que esta verdad, aún siendo lastrada por su paso por todo nuestros complejo aparato perceptivo y mental, es una imagen correlacionada con la versión que otra especie inteligente pudiera hacer. Como esto nos sitúa ante el problema de la cosa en sí, hemos de decir que el carácter tautológico de la realidad resuelve la cuestión pues, no es que no sea accesible al ser humano, sino que la cosa conocida se constituye en el acto de ser detectada por otra cosa (humana o no). Porque la detección u observación de algo no es un acto ajeno a la realidad observada. Estamos todos en la sopa. ¿La Tierra atrae a la Luna o viceversa?  ¿En qué momento consideraremos que hemos dado con la verdad? ¿En el momento en el que tengamos ante nosotros el registro que el acontecimiento dejó alterando de forma permanente su entorno (con un escrito, una marca, una ADN)?, no. Todavía nos queda salvar el obstáculo de la interpretación de los hechos. Descartada la malicia, unos mismos hechos serán interpretados de forma distinta desde distintas creencias sinceras. ¿Unos huesos en una zanja son la prueba de los crímenes de un dictador o la prueba de la anarquía generalizada en la sociedad del tiempo juzgado? ¿Cómo salir de esta aporía? En realidad no se sale, sino que nos quedamos dentro y establecemos la referencia de forma consensuada. No hay otro camino que fijar el cero, el punto de reposo, el lugar de referencia de todo para la propia especie que juzga. Y de todos los valores de nuestra especie y, probablemente, de cualquier otra que se pueda concebir con capacidad de juicio, los nucleares son la integridad física y psíquica de cada individuo y hoy sabemos que hemos de añadir, por nuestra propia conveniencia, la integridad de nuestro entorno natural. Todo lo que viole estos principios debe ser considerado rechazable. No hay meta que justifique trasgredir el fin que el propio ser humano es, ni meta que justifique la destrucción de nuestro soporte material y energético en el nivel de complejidad alcanzado.

Es una ley que nos damos a nosotros mismos y que sirve de referencia a todo tipo de creencia. Si una acción realizada daña al ser humano concreto o la naturaleza debe ser objeto de reproche ético, moral y legal. No vale acudir al contexto histórico aunque sirva para entender, para justificar el desmán porque sospechamos que el crimen siempre ha sido objeto de rechazo como patrón que nuestra propia naturaleza ha portado siempre, precisamente por atentar contra el carácter tautológico de la realidad. La realidad es pura superficialidad. Está todo a la vista. Lo oculto, en realidad, es pliegue de la superficie. Visto así se hace más urgente considerar un crimen telúrico toda actitud, estrategia o propósito basado en la desgracia de la irrepetible vida de cada subjetividad.

 La verdad científica tiene los mismos rasgos de la episódica aunque los problemas se mitigan porque las pruebas y los testimonios permanecen siempre a nuestro alcance, pues no se pregunta por acontecimientos individuales, sino por su estructura permanente. Otra cuestión es que sepamos preguntarle a la naturaleza. La dificultad fundamental es el patrón, la concepción en el marco de la cual preguntamos a la naturaleza. Este marco nos permite interpretar los hechos o los experimentos (hechos provocados), pero si alguien cuestiona el marco se produce una perplejidad cósmica, como la que experimentó Lord Kelvin al conocer la teoría de la relatividad. No pudo soportar la rotura de su patrón interpretativo. Afortunadamente, la ciencia no sufre con el sufrimiento de los científicos. En todo caso, la verdad científica, como todas las verdades es relativa pero útil. En este caso resolvemos el problema, no tomando como referencia los intereses del ser humano, sino utilizando el conocimiento como los tramos de un cohete propulsor de una cápsula, es decir, como un medio para un fin: que la cápsula llegue a su destino. En este caso, la cápsula es la tecnología y el destino mejorar la vida del ser humano, con lo que, al igual que con la verdad episódica, el ser humano se coloca como destino de sus propios esfuerzos, lo que no deja de ser tautológico ¿no creen?

 La verdad lógica es la más tautológica de todas, pues normalmente afirma cosas difícilmente refutables porque son verdades auto referidas. Por eso la tentación de tantos pensadores de colocar estas verdades en un topos uranos  de Platón a Husserl. La verdad tautológica es el eco de la experiencia (curiosamente) pues es experiencia formalizada. La verdad lógica reside en un topos bien cercano: nuestra mente, pero no es un producto de su funcionamiento óntico, sino el descubrimiento de las leyes universales en nosotros mismos. Son para siempre no por lejanas, sino por cercanas.

 La verdad estética es el ajuste entre nuestras expresiones de admiración o rechazo y lo que nuestra sensibilidad y convicciones estéticas nos dice. La verdad metafísica es el ajuste entre nuestro gran relato, naturalista o religioso y nuestras convicciones más firmes (procedentes de nuestra historia individual con las grandes e inagotables preguntas). Verdades con las que tenemos que tener la precaución de que más que contenidos inocentes revelado por los dioses, sean mecanismo falsos para el control social. La verdad ética es nuestro ajuste a los patrones de conducta insertos en nuestra mente por nuestra naturaleza humana y nuestras convicciones construidas en el complejo proceso de la vida. Todas estas verdades naufragan si se arrogan la condición de absolutas, puesto que, como queda dicho, no hay más referencia que el ser humano concreto. No hay una Verdad al final del camino al margen de nuestras tribulaciones, sino interpretaciones honestamente fundadas.

 ¿Y la falsedad? La falsedad es el desajuste entre lo que se expresa y la realidad. La falsedad es causada porque el ser humano se confunde con el hecho de que la realidad se manifiesta en él de muy diversas formas, por lo que puede ser seducido por uno de las manifestaciones y olvidar las demás o la mayoría. Así, si es un diletante extremo, no le importarán los problemas de los demás; si ama el placer, puede violar los códigos para obtenerlo; si prefiere el pensamiento huirá para aislarse; si su código ético le hace sentir culpa, se mentirá a sí mismo. Se miente por evitar un mero disgusto cotidiano, pero también para eludir responsabilidad penal o económica o política. Se expanden opacas capas de falacias o se destruyen pruebas o se legisla para obstruir o se buscan coartadas y cómplices, siempre con el objeto de pasar por veraces (en la versión más inofensiva) o para eludir la responsabilidad, en la versión más maléfica. Se reescribe la historia o, peor aún, se eliminan testigos para ocultar una y otra vez ignominias que pacientemente esperan a que las expresiones registradas puedan presentarse de nuevo para que reluzca la verdad.

La única verdad que está fuera de toda interpretación es aquella que se refiere al daño físico y mental de un ser humana, lo que incluye el expolio económico o patrimonial (incluido el medio ambiente). No se debe dañar a ningún ser humano. Esto no es discutible, pero sólo si hay un acuerdo previo, porque si no, la venganza será la excusa de legitimidad esgrimida por quien cometa el crimen compensatorio.  Si tales desmanes se dan se podrá tratar de evitar que se sepa quién los cometió, pero probar su comisión es la tarea primera. Cuando socialmente preguntamos por la verdad con cadáveres sobre la calzada, la cuestión ya no es si sucedió el hecho, sino a quien se le debe atribuir. Un terreno más resbaladizo es el de qué forma social es más conveniente para el buen gobierno de una sociedad, pero los relativos puntos de vista al respecto siempre han de neutralizar las diferencias buscando el bien común que las legitima (aunque sea irrelevante para otras formas del ser). Un buen resumen de ésta búsqued la ofrecen los conceptos de igualdad y libertad, con el correspondiente reto de su necesaria armonía.

Sigue en (7)…

© Antonio Garrido Hernández. 2013. Todos los derechos reservados.

La profecia gráfica

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Esta foto es más que una crónica gráfica de la protección forzada por las protestas ante la Torre Trump en Nueva York. Esta foto es el anticipo de un futuro ominoso que debe ser evitado. Esta foto es una profecía. La profecía como las maldiciones son deseadas o temidas en las sociedades incultas y supersticiosas que atribuyen a algunas personas la capacidad de anticipar realmente el futuro. Pero no se ha conocido nunca un profeta en este sentido, sino gente que se ha atrevido a prolongar un tendencia o los signos presentes que parecen indicar un proceso con un determinado resultado. Por eso no hay profetas profesionales. Por eso, los pronósticos unas veces se cumplen y otras no. La suerte de que una proyección acabe ocurriendo se da pocas veces a poca gente. Nostradamus fue un tramposo que se aprovechó de la ambigüedad semántica de las palabras para hacer todo tipo de propuestas que pueden ser interpretadas conforme a las intenciones del que busca alguna respuesta. Un buen pronosticador no puede ir más allá de unos pocos meses y es, sobre todo, una persona inteligente y atenta que deduce unos hechos futuros de los hechos pasados. En ese sentido las mejores profecías son las leyes de la naturaleza que predicen en qué momento me romperá la cabeza una maceta conociendo su posición inicial y la mía. En ese caso, lo último que pasaría por mi cabeza sería el reconocimiento de los certero de la profecía. Podemos decir que los grandes problemas sociales no mejorarán nada de aquí a mañana, pero que todo habrá cambiado en 100 años. El primer pronóstico es infalible y del segundo no tendremos que responder, suceda lo que suceda.

Esta foto es una profecía porque nos está diciendo en qué tipo de sociedad vivirán nuestros hijos si no reaccionamos. Unos policías vestidos a la última moda “cuidado conmigo” y portando las últimas tendencias en armas automáticas con caras de estar preguntándose “qué hago yo aquí” cuidan la entrada de la Torre Trump. La Torre Trump es la residencia y lugar de trabajo del presidente electo de los Estados Unidos de América el empresario y millonario Donald Trump. La combinación de la presencia de la policía y la condición de residencia de una empresa del edificio parece decirnos: “este es el futuro“. ¿Qué futuro? aquel en el que los intereses generales serán gestionados desde las grandes corporaciones. Ese futuro en el que los empresarios se desprenden de su timidez para presentarse ante la sociedad sin intermediarios: esos pusilánimes y corrompibles políticos que en el pasado (respecto del futuro) transmitían implícitamente las políticas verdaderamente sensatas dictadas por las corporaciones. Hasta ese futuro que anuncia la foto, el mundo de la empresa se mantenía al margen usando algunos rudimentarios mecanismos como la presión lobista en los parlamentos o alguna declaración sonora en la prensa. Pero llegó un momento en que se vió que la presión de los ciudadanos introducía demasiado ruido en la interpretación de los mensajes enviados desde el mundo de la empresa. Por eso Trump es un adelantado. Es “el esperado“, aunque sus motivaciones fueran de carácter muy personal. Por ejemplo, su orgullo herido por Obama en una distendida reunión con la prensa hace unos años o el retorno de la inversión en la campaña o cumplir una autoprofecía que hizo en una entrevista de televisión hace todavía más años. Da igual, porque él está dando cuerpo a una tendencia implícita en el sistema. Una tendencia que no era la única. Al fin y al cabo la socialdemocracia era una posibilidad real, pues funcionó muchos años. Pero en un momento determinado la influencia de la Escuela de Chicago señaló a los políticos otro camino y los “socialistas” picaron en el anzuelo. No hay más que ver la “tercera vía” del laborista Blair o la expresión “es la economía, ¡estúpido!” del demócrata Clinton para comprobar hasta qué punto el anzuelo se clavó en las bocas abiertas de los papanatas izquierdistas.

En la película Blade Runner Ridley Scott muestra en 2019 un mundo oscuro en las alturas, donde los trumps gobernaban y mal iluminado en los sótanos y corredores donde la gente mal vivían. La novela 1984 de George Orwell famosamente nos describe un mundo en el que los gobernantes de Blade Runner controlan la psique de todo ciudadano hasta la locura. Nuestra sociedad juega con estas ideas realizando programas de televisión en la que irresponsables organizadores e irresponsables concursantes dan cuerpo, bien que con poca clase, a la distopía. En fin, los literatos y los cineastas con más o menos torpeza avisan de un futuro siniestros, que pudiendo ser evitado, se va perfilando por la enorme capacidad que el dinero tiene de reunir a la gente más inteligente del planeta para que le diseñe la estrategia a seguir para su irracional propósito. Probablemente el éxito de Trump les haya inspirado la necesidad de tener bolsas de trabajadores empobrecidos y desesperados dispuestos a todo con tal de salir de su situación o, en el caso de los más lúcidos, dispuestos a una nihilista pedorreta a los políticos adictos a la mentira suave, eligiendo a los políticos adictos a la mentira dura. Quizá Hillary pertenezca a los mentirosos suaves, aquellos dispuestos a gozar del poder sin molestar a los poderosos. Pero Trump claramente pertenece al grupo de los mentirosos duros, aquellos que han decidido dejarse de paños calientes, utilizar a los desesperados y desplazar a las “hillaris” para ejercer sin intermediarios. Así crear un mundo de hombres blancos temerosos de Dios y creyentes del dinero que debe ser gobernados por quien cumpla escrupulosamente estos criterios. Trump los cumple claramente, pero también Erdogan, Urban, Putin o Assad.

La foto de la cabecera de este artículo es una profecía, pero las profecías no tiene porqué cumplirse. Lo que sí parece cumplirse es que si una parte de la población sufre, suele escoger salidas desesperadas. En estos casos la democracia sirve de herramientas para los fines de los monstruos del subsuelo que mienten mejor y pagan más a los sociólogos, politólogos y demógrafos que les sirven. Ante esta amenaza hay que levantarse como en Hamlet “contra un mar de problemas” y usando también la democracia hacer valer la fuerza de los más cuyo horizonte es la justicia y la igualdad entre los seres humanos. Los ángeles no existen, los diablos sí.

Despeñaderos y laderas

Hay dos formas de destruirse y el PSOE está utilizando las dos: la tipo despeñadero y la tipo ladera.  Un ejemplo de la primera es protagonizando grandes escándalos como el del 1 de octubre de 2016 y un ejemplo de la segunda es el apoyo a la candidatura de Fernández a la presidencia de la Comisión de Exteriores de nuestro Parlamento. El gran escándalo produce caídas verticales y las pequeñas muestras de debilidad y confusión producen una caída gradual que con el tiempo puede llegar bastante más abajo. Grandes escándalos no han faltado en la historia reciente de este partido: así, Filesa y GAL con apoyo vergonzoso a condenados por la justicia en la mismísima puerta de la cárcel. Tampoco estuvo nada mal la entrega con armas y bagajes de Rodríguez a la “austeridad para los muchos” aquel ominoso mayo de 2010 “costara lo que costara, le costara lo que le costara”. Aún recuerdo mi sorpresa por aquella rendición revestida de entrega personal a una causa tan errónea. Pero hay acciones tipo ladera que llevan después a despeñarse cuando el suelo minado poco a poco se hunde bruscamente. Un caso manifiesto fue la incapacidad, primero, para hacer aterrizar suavemente la burbuja inmobiliaria y, después, para afrontar las consecuencias. Empezando por la lunática actitud de negar lo que estaba sucediendo.

Estas lecciones de historia política no han servido para nada porque el descrédito ha producido el gran fiasco para la izquierda que ha supuesto que, tras cuatro años de gobierno del PP apretando las tuercas hasta el punto de rozar la revuelta social, la derecha saque 11 millones de votos, que contando con las derechas nacionalistas suponen 1,5 millones más de los conseguidos por la izquierda. Pero añádase que a esta derrota se suma la división cainita entre PSOE y Podemos en una operación de neutralización mutua que anula la propia división de la derecha entre PP y Ciudadanos. Pues de derrota en derrota, política y ética el PSOE se desliza por la ladera camino del despeñadero. Y lo hace perseverando para hundirse con la cabeza bien alta.

Y las grandes cuestiones esperando a que sus señorías se distribuyan las sillas: veamos algunas que permitirán saber si el PSOE le ha tomado el gusto a la derrota y quiere apurar el cáliz u ofrece alguna salida a los desafíos de nuestra sociedad:

  1. Afianzamiento de las tres grandes bases de la paz social: Sanidad, Educación y Pensiones.
  2. Explotación del talento nacional en las ciencias, tecnologías y las artes
  3. Acabar con el esperpento de las sanciones a las Energías Renovables
  4. Reforma fiscal con persecución diligente de defraudadores para la financiación

Nuestro país puede tener una regresión grave si no afronta rápidamente un sistema de estímulo y aprovechamiento del talento de nuestros jóvenes. En la encuesta PISA ocupamos los últimos lugares mundiales (gráfico 1).

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Gráfico 1

Es llamativo el mal papel de los países meridionales en el marco internacional y el mal papel de las regiones del sur en el marco nacional en lectura y matemáticas (Gráfico 2 y 3). El país con mejores resultados es Corea del Sur. Un reciente vídeo de la BBC (http://www.bbc.com/news/education-24446608) lo explica en base a la ética del trabajo de los estudiantes, que consideran su deber evitar gastos excesivos a sus familias. Una prueba más de la afirmación de Adela Cortina de que la ética es rentable.

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Gráfico 2
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Gráfico 3

Por otra parte, nuestro país será objeto de burla internacional si persiste en no aprovecha su índice de soleamiento para reducir la factura del petróleo. Una burla merecida porque, además, lo hace para preservar los intereses de grandes compañías que quieren decidir cuándo se abandona un recurso y cuándo se toma otro para la optimización de sus beneficios y amortización de instalaciones.

La paz social no es resultado de la acción de la policía, como sabe hasta la policía. Por eso, cuando la indignación sube de grado, se legisla para quitar a los jueces las sanciones por las manifestaciones y se lleva al terreno más doloroso de la multa individual que, obviamente inhibe al ciudadano que precisamente se manifiesta por su falta de recursos o servicios públicos. Esta es la versión perversa del uso de la inteligencia para evitar las molestas protestas. Pero ese recurso tiene un límite que es el de la degradación permanente y premeditada de las tres joyas de la corona social (Sanidad, Educación y Pensiones). España tiene un 25 % de población formada por menores de edad en fase de educación y otro 25 % de pensionistas y, obviamente, un 100 % de potenciales usuarios de la Sanidad. Sólo una ceguera política irreversible o una maldad insana podría explicar abandonar estos pilares de una sociedad civilizada. Para evitarlo se necesitan dirigentes que no estén en connivencia con los interesados en privatizar hasta la corona si diera beneficio. También se necesitan dirigentes que no hayan leído el libro de cabecera de Margaret Thatcher (The constitution of liberty). Un libro en el Hayek hipostasia la libertad a tal extremo que la convierte en un arma de destrucción masiva de la sociedad civilizada para instaurar un neomedievalismo con señores y siervos. Naturalmente no faltará en el esquema una religión que le dé forma metafísica al sistema y consuelo al sufrimiento moral de los perpetradores del sufrimiento físico de la gente.

Cualquiera de estos proyectos necesitará de fe en las propias fuerzas, visión de qué país queremos ser en el concierto internacional. ¿Vamos a permitir que los Farage, Trump o Le Pen empiecen a salir de nuestro propio subsuelo o vamos a cegar las salidas incorporando a nuestra ciudadanía a un proyecto común basado en la libertad, por supuesto, pero conciliada con la justicia y la igualdad?. O al menos combativo con la injusticia escandalosa y la desigualdad extrema.

El primer partido que quiera encarnar estos valores tendrá que empezar por inventar un nuevo lenguaje político. El actual está inservible porque la polisemia y las ambigüedades intrínsecas a cada acto de comunicación están siendo meticulosamente utilizadas para la mentira transparente. ¿Es el PSOE ese partido? si no lo es, que deje paso. Si prefiere seguir descendiendo está en el camino. Si no, que busque pronto entre los suyos quien encarne frescura y resolución para abordar estos grandes desafíos y dejen de enredar.  Por cierto los jóvenes de Podemos están, de momento al menos, pareciéndose más a sus hermanos mayores que a ese esperanzador movimiento de cambio inteligente que esperábamos algunos.  Véanse los casos, menores pero ilustrativos, de la deriva hacia la complacencia y la reacción tribal del caso Espinar. Naturalmente com no es posible quedarse en una repisa de la montaña, si no se quiere ni el despeñadero ni la ladera, pues a escalar hacia la cumbre. La sociedad espera.

 

 

La mentira transparente

Oxford dictionaries han declarado palabra del año a la expresión “post-truth” (post-verdad). La palabra ha competido con “alt-right” que refiere a la premeditada acción de introducir en el debate público y mediático cuestiones controvertidas a fin de lograr adeptos a las causas más reaccionarias.

Con “post-truth” ya tenemos una palabra que denomina un fenómeno que se ha hecho evidente durante los últimos años. La sociedad ha decidido prescindir de los hechos para hacer llamadas a las emociones. Se lleva tiempo tolerando que se haga publicidad llamativa que mentía descaradamente sobre los efectos del consumo del producto en cuestión. En general las empresas pilladas en falta prefieren un buen proceso judicial antes que afrontar las consecuencias de sus actos. Noticias sobre fallos judiciales escandalosos que afectan a aseguradoras o entidades bancarias son relativamente frecuentes. Los estrategas empresariales saben que el afectado, si es un individuo, es muy vulnerable en el complicado sendero de los procedimientos judiciales. Hasta ahí los conocido. Pero ahora la novedad está en la generalización de la mentira en el ámbito político. Es decir en el ámbito de la esperanza de una vida decente por una gestión, igualmente decente, de nuestros políticos. Ya se apuntaba maneras en los primeros años de la democracia española cuando el ínclito Profesor Tierno dijo aquello de que “los programas electorales están para no cumplirlos”. Recientemente entre mentiras y mentirijillas Mariano Rajoy introdujo una novedad que fue no anticipar sus intenciones sino directamente no cumplir su programa de 2011 durante cuatro años. Finalmente ha hecho cumbre la progresión con las elecciones celebradas en el Reino Unido y en Estados Unidos. Dos conglomerados nacionales que han decidido salirse de la Unión Europea y de la Unión Mundial respectivamente (el electo presidente Trump es, parece ser, un aislacionista). Podríamos hablar de un BREXIT y un TRUMPXIT con el mismo criterio lingüístico que utilizamos para pasar de “omnibus” a “autobús“. Para estos logros de la humanidad se ha utilizado de forma que podríamos considerar ya como muy refinada la herramienta de la mentira.

Hay que aclarar que el uso de la mentira, como se ha dicho, no es nuevo. Por tanto que haya una palabra nueva una post-verdad hace alusión a algo más complejo. En efecto, cuando se miente, se tiene la esperanza de que quien nos escucha sea engañado. No es el caso de las campañas mencionadas. En ellas se ha mentido de forma premeditada y sistemáticamente, pero no se espera engañar a la audiencia sino emocionarla. Con emoción queremos decir crear las condiciones para el entusiasmo o el desprecio, pero en ningún caso el engaño. No se quiere engañar pues ya se sabe que no es posible con un universo de información rodeandonos de forma permanentemente actualizada. Se espera crear en parte de la audiencia la ilusión de un futuro mejor prometiendo aquello que se sabe forma parte de sus esperanzas más sentidas. Pero, al tiempo, se sabe y se admite como parte del peaje a pagar por el enfoque que en otra parte de la audiencia la mentira produce desprecio por su grosera contradicción con los hechos.

Podemos, pues, hablar de una mentira transparente. Nadie es engañado pero todos reaccionamos emocionalmente a su emisión. El emisor sabe que miente, el receptor sabe que aquél miente y finalmente el emisor sabe que el receptor sabe que miente. Pero unos y otros son arrastrados a una posición irracional. Con los que ahora es la verdad la que es oscura. Es sabido que la verdad es una meta no un logro, salvo casos triviales. Y aún en ellos: si dos personas están presentes en una habitación donde un objeto cae al suelo estando ambos atentos y al salir hay versiones contradictorias sobre si el objeto ha caído o no, sólo los presentes saben quién dice la verdad y quién miente, pero el resto de la humanidad no tiene forma de saberlo. La verdad es esquiva, pero una cosas es reconocer que su hallazgo requiere esfuerzo y otra es usar esta dificultad intrínseca para conseguir objetivos sin importar un ardite. Ciertamente la búsqueda de la verdad es demasiado importante para dejarla ya en manos de los políticos demasiado condicionados por sus intereses partidistas. Hay que buscarla por uno mismo.

 

Austeridad para todos

Durante los años de gobierno del PSOE (2004-2011) hubo una pancarta en el balcón principal del edificio del ayuntamiento de Murcia que decía “Agua para Todos”. Una pancarta que se ha guardado hasta que el próximo partido de izquierda gane las elecciones. Se ha convertido ya en una costumbre, no ya mentir en la política por parte de todos los partidos en los períodos entre elecciones, sino en mofarse de la verdad durante las campañas electorales. Tenemos ejemplo aquí y allí. Durante estos períodos de un par de semanas entramos en un estado de sugestión colectiva polar, que nos lleva a aceptar todo tipo de disparates que se supone que luego no se cumplirán porque la realidad corrige los excesos electorales. Obviamente los partidos que pierden la elecciones se dedican luego a recordarle al otro las promesas incumplidas en los estrados y a pactar con él en los despachos. Instalados en ese estado mental de la mentira instrumental, los programas electorales son ya un género literario. Es decir, textos de ficción. Después desaparece la magia y a trabajar.

Hay mentiras inofensivas y otras muy perjudiciales. La mentira más peligrosa de todas es que el llamado Estado de Bienestar puede recuperarse en los niveles de derroche conocidos con anterioridad. Para empezar hay que hablar de “Estado social” no “de bienestar” que sugiere un estado de complacencia frívolo. Es imprescindible garantizar la sanidad y educación públicas más el pago de pensiones y asistencia a la gran dependencia. Estos son los pilares del Estado Social. Cómo esto requiere un alto porcentaje del PIB hay que producir obviamente. Para eso es imprescindible justicia social. La gente vamos a las epopeyas empujados por la necesidad o el entusiasmo y el mayor de ellos es sentirse parte de algo que es mayor que uno mismo pero que no te usa como un peón prescindible. Esto requiere un reparto de la renta justo. Todavía con este planteamiento cabe un mundo de países justos pero inviables ecológicamente. Por tanto se requiere, no sólo justicia en el reparto de la renta, sino, además, hacerlo en un mundo más frugal que, al menos mientras no encuentre el modo de consumir sin dañar la naturaleza, debe limitar las mercancías que produce y consume.

La suma del cuidado del planeta y de la gente lleva a un mundo más austero. No sólo en el sentido que lo entienden los actuales y catastróficos dirigentes nacionales e internacionales, que se resume en destrucción de lo público y hundimiento de los mercados interiores por falta de dinero para el consumo. Un mundo más justo y respetuoso con el planeta lleva a la austeridad para todos.  Es decir, no al estado del bienestar. Sí al estado social, que, por respetar el planeta, jerarquiza lo que produce e intercambia y, por respetar a la gente, no permite las rentas escandalosas que generan precisamente el más grosero de los mercados: el del lujo. Por tanto, austeridad sí, pero ¡austeridad para todos!

 

¿Engañarse es de izquierdas?

04 Ene 2011

Hace una semana figurada se dijo que “bajar los impuestos es de izquierdas” y se hizo. Ayer se dijo “y lo haré cueste lo que (os) cueste, me cueste lo que me cueste…”. Querido presidente, como dijo el torero al recibir el chorro de vapor de la locomotora en los andenes de Atocha: “esos cojones en Despeñaperros”. Por fin, hoy se proporciona una teoría para que todo sea de izquierda. En efecto, en la potente página cuarta de El País se completa el deslizamiento por la pendiente y se ofrece ya un teoría Ad Hoc completa: engañarse es de izquierdas. Para ello, se sigue el manual de autoengaño. Primero, no se da una visión global de los antecedentes. La historia empieza donde conviene. Y conviene empezar diciendo que estamos endeudados hasta las cejas en las siguientes proporciones relativas: Gobierno 1, Gente y Empresas (no sé porque se mezclan) 3,5 y Bancos 2. En cuanto a las proporciones entre deuda procedente del ahorro nacional y extranjero, ganan los extranjeros 4 a 3. En términos de PIB (la traducción a dinero que produce el país cada año) debemos casi cuatro veces el trabajo de un año y más de la mitad al extranjero. Pero no se dice que si los gobiernos de Aznar establecieron las bases, los de Rodríguez consideraron que para qué chafar la fiesta y dejar de disfrutar del castizo “España va bien”. Ya habría tiempo de poder pasarle el testigo al incauto que pagará la cuenta. Y ese incauto ha resultado ser la siguiente generación de españolitos que mira con asombro a sus mayores y a su cara estúpida al despertar de la resaca. Estupendo, aquí tenemos la radiografía del éxito de nuestros gobernantes desde hace más de una década. Una vez que le cogimos el gusto al dinero europeo cuando pasábamos por pobres, decidimos seguir la juerga. Ni un toque a tiempo a los bancos para que dejaran de estimular la catástrofe privada, ni una señal a los inversores para que dejaran de inflar la burbuja, ni una señal a las Comunidades Autónomas y Ayuntamientos para que dejaran de quitar aceras en buen estado para sustituirlas por otras construidas a toda la prisa que exigía la comisión. Ni una señal, ni una reprimenda, sólo irresponsabilidad que ahora nos presenta en forma de hechos consumados que hay que corregir con reformas. Reformas que creíamos propias de la derecha política que, coherente con sus predicados, juega al casino desde la seguridad económica y exige esfuerzo a los más desde la comodidad personal. Pues no, ahora resulta que ajustar las estructuras a costa en exclusiva de la mayoría es de izquierdas y, para que no se contamine esta nueva visión del progreso, no se tocan las grandes fortunas (los ricos son útiles) ni el fraude fiscal (los grandes estafadores son simpáticos). Y no se hace ni a título ejemplarizante. Ni para enviar el mensaje de que no se juega con el esfuerzo y el sufrimiento del país entero. Que tiene un coste endeudar a un país olvidando la fragilidad de su estructura productiva. No, ahora nos explican lo que ha pasado y cobran por ello, nos aturden con una televisión comercial tipo “Call now” y los gritos patéticos de supuestos analistas al ritmo de unos presentadores cómicos que se sienten todopoderosos al ver el papel preponderante que les toca jugar cuando ha colapsado la inteligencia. Ya sólo falta que se legalice el porro y se promocionen los manuales para buscar la felicidad en lo cotidiano. Olvidando que los ciudadanos de este siglo son gente capaz de soportar de sus políticos que digan la verdad. Que este país mal conducido por sus responsables (políticos, económicos, empresariales y sindicales) ha cometido un error de lesa juventud y que todos, todos, hemos de responder por ello, y que las casas no están bien en manos de los bancos, sino habitadas por seres humanos y que los dirigentes democráticos dimiten y el resto cesan o son cesados. Decir la verdad es de izquierdas y engañar y engañarse es de estúpidos. Y todo lo demás no es de izquierdas no basta con desearlo para que lo sea. No basta con tocarse las sienes y decir “este disparate es de izquierdas” 100 veces hasta comprender y luego, cuando se ha comprendido, ir y escribir un artículo o dar un discurso. Y eso es lo que desde hace cuatro años se está haciendo. La de hoy no es más que una tesis preelectoral. Concluyamos resignados: engañarse es de izquierdas.

Ex-tado del bienestar

31 Dic 2010

Es necesario acabar cuanto antes con la falacia del “hombre de paja” aplicada al fin del Estado del Bienestar. Es decir, inventarse un irreconocible estado de cosas para destruirlo después, como hace Aznar, que pretende hacernos creer que tal estado es aquel en el que se quiere trabajar poco y cobrar mucho. Una pretensión que, precisamente, ha escandalizado a la sociedad española con el especial “estado del bienestar” de los controladores aéreos. Por lo visto, hay que decir muchas veces una verdad para que parezca verosímil. La verdad de que el Estado de Bienestar es sanidad, educación, justicia y vida digna en la vejez. El resto, es decir, la corrupción, los coches lujosos, el safari en Kenya o la juerga del suelo vía convenio urbanístico, ha sido un invento de nuestros próceres, lúcidos ellos, para engañarnos pagándonos un sueldo cuya mitad estaba pedida a préstamo al mismísimo diablo, en forma de mercado financiero, para simular el progreso de la sociedad que regían. El Estado de Bienestar en el que piensa Aznar es, parafraseando a Borges, estar en “permanente estado de vagancia”, que es, precisamente, el que las revistas del corazón (la wikileaks de los ricos) y las páginas salmón de los periódicos (la wikileaks de los saqueadores) demuestra que practican los creadores de escasez (Anisi en el recuerdo). Las medidas que se piden tomar con firmeza ahora son resultado de un movimiento circular que antes ha creado las condiciones para que tales medidas sean inevitables. Trampa en la que resulta sonrojante que haya caído la izquierda socialista española que, primero, no tuvo valor para desenmascarar en 2004 la farsa de la riqueza infinita ni, segundo, una vez reconocida la debilidad de haber seguido con la misma locura, no sabe dar un paso atrás para que las “medidas realistas” las tomen los que disfrutan haciéndolo. Muy al contrario, está iniciando el ignominioso camino de “hacer lo que hay que hacer” dotando de coartada a la derecha que, dentro de unos meses (dicen las encuestas) reducirá a cenizas el verdadero Estado de Bienestar, el que toda sociedad moderna y austera debe tener, con el argumento de aludir continuamente a los antecedentes socialistas. Vivir para ver: reforma laboral, bajada de pensiones, empobrecimiento de funcionarios, encogimiento de la actividad promoviendo el paro, privatización de servicios indiscutibles. ¿Cuándo tendremos políticos que se entusiasmen menos la noche de la victoria y sepan decir que no a la hibris del poder cuando llega la hora de la verdad? Hora que, a veces, es la del fracaso llevado con entereza.