Filosofía naif. (6) La verdad


esquema

La verdad es la forma más perfecta de amor. La verdad, en su definición primera es ajuste imperfecto entre lo que un ser expresa y aquello a que señala tal expresión. En la propuesta que hacemos aquí, es el abrazo del vacilante ser que es el hombre a la realidad, incluido él mismo. Hay varios tipos de verdad que tienen origen en los canales por los que el mundo entra en nosotros. En su componente estético el ser humano abraza a la naturaleza imponiéndole sus preferencias formales como ser especial, aunque proceda de ella. En su componente hedonista, el ser humano es abrazado por la naturaleza para estimularlo y protegerlo en su duro acontecer. En su componente cognitivo, el ser humano, una vez constituido dolorosamente como ser pensante, abraza al mundo adaptando la propia estructura para desentrañar dolorosamente su estructura funcional  haciéndolo propio desde sus limitaciones de ser finito y hermenéutico. Con la mirada de la razón se abraza al mundo de forma escrutadora, buscando un sentido que nos reconcilie con el sorprendente hecho de la mera existencia. Con la utilidad se abraza al mundo, al prolongar la acción creativa de la naturaleza para la mejora de la vida con la tecnología y las instituciones. Finalmente, el componente ético, moral y legal de la verdad es la estrategia amorosa del ser humano cuando actúa. En el coloquio interior, en el diálogo con el otro y en el compromiso legal democrático, se produce el compromiso ético de cada individuo, al tiempo que se admite la influencia social en un interrogarse continuo sobre la pertinencia de la acción que espera o la valoración de lo ya hecho. La pregunta por la verdad es la pregunta por el ser, y preguntar es el comienzo del camino a la verdad. Una meta que cada individuo y cada civilización debe alcanzar por sí misma.

Sigamos la pista de la versión abstracta de la verdad. ¿En cuántos aspectos encontramos que el mundo se puede ajustar a nuestras expresiones? Hemos enunciado ocho, que podríamos reducir a cinco, si en vez de aspectos hablamos de canales de conexión con el mundo. Los ocho aspectos, como hemos razonado más arriba, son: la belleza, el placer, el conocimiento, el sentido, la utilidad y la bondad individual (Ética), social (Moral) y legal (L) que pueden resumirse en uno. Así, emitimos juicios estéticos, hedonistas, científicos, metafísicos, prácticos y EML. Los tres últimos son meta juicios, como se ha dicho más arriba, que juzgan todos los tipos de acción humana. Estos juicios son verdaderos en un sentido poliédrico. Se da la verdad estética, si decimos que algo es bello, y si tal carácter es compartido diacrónicamente estamos hablando de belleza clásica. Se da la verdad estética, si expresamos nuestros juicios de belleza porque así lo pensamos (en ese momento) y no por conveniencia social o esnobismo. Se da la verdad hedonista, si nuestro cuerpo expresa el placer que siente sin fingimiento. Se da la verdad cognitiva, si afirmamos algo sobre el mundo y en un determinado momento de la historia de la ciencia todos los acontecimientos son explicados por nuestras teorías. Se da la verdad metafísica, cuando afirmamos algo sobre el sentido de la vida, que es coherente con nuestra propia madurez metafísica. Se da la verdad útil, cuando fabricamos algo que se ajusta a la función que la inspira. Se da la verdad ética, cuando actuamos (sintiendo, pensando o produciendo) conforme a nuestros principios éticos, normas morales o leyes. Pero esta verdad poliédrica es inalcanzable en el día a día de individuos y sociedades , pero ya sabemos qué es y cómo se alcanza. La tarea es esa. Pero no se debe perder de vista que, en el acontecer juzgado desde un punto de vista determinado (el de la especie humana), es más fácil identificar los extremos de cualquier dimensión que un centro equilibrado que evite la parálisis y haga más efectiva la búsqueda de la verdad integral e integrada. Nada puede ser llevado tan lejos que no regrese a su origen. Y en ese vaivén pasa por un centro de gravedad al que cada uno  tiende para encontrar el equilibrio. Así, el exceso de ajuste estético es manierismo, kicht; el exceso de placer es doloroso; el exceso mostrado de conocimiento es pedantería; el exceso mostrado de metafísica es diletantismo; el exceso de utilidad es tosquedad o sequedad malhumorada; el exceso de ética es puritanismo; el exceso de moralidad hipocresía y el exceso de legalidad parálisis. Igual ocurre con los defectos, que en la belleza es fealdad; en el placer dolor; en el conocimiento ignorancia; en la metafísica nihilismo; en la utilidad frivolidad o corrupción institucional; en la ética psicopatía; en la moralidad anomia y en la legalidad delincuencia. La verdad es el reino de la aurea mediocritas horaciana. No en vano llamamos esperanza matemática al valor al que apuntan todas las vacilaciones estadísticas. En ella juzgamos al mundo conforme a nuestros patrones idiosincráticos y a nuestros patrones heredados en formato biológico o social. Este juicio puede ser verdadero o no. Verdadero cuando cada dimensión de la verdad es captada en su carácter y en equilibrio con el resto de aspectos. Equilibrio que no implica reparto igualitario, puesto que cada acontecimiento juzgado tiene uno o dos componentes predominantes de la verdad.

Habría un componente de verdad por cada criterio de verdad. Hay una verdad estética, hedonista, fáctica, metafísica, utilitaria, ética, moral y legal. Cuando se duda de la verdad de un aserto es necesario afrontar un proceso hermenéutico de deliberación que ayude a dirimir la cuestión. Según el tipo de verdad la cuestión se hace más o menos complicada. Las dimensiones de la verdad son las de la realidad que podemos conocer a partir de nuestras experiencias. Experiencias que lo son en la medida en que nuestra naturaleza está habilitada con esos cinco canales para mostrarnos el carácter complejo de la realidad. Todos los tipos de verdad son objeto de discusión porque ninguno de los canales por los que nos llegan los objeto de conocimientos es completamente fiable no por defectos, sino por la complejidad asociada a la relación objeto, canal, sujeto. Así la verdad estética dependerá de nuestros patrones estéticos; la verdad hedonista de nuestras constitución y formación; la verdad fáctica, la de los hechos, podrá ser buscada con herramientas científicas de carácter físico o histórico, con deliberaciones y, para los casos más recalcitrantes, por la carencia de pruebas de cualquier naturaleza con careos. La verdad metafísica es derivada de nuestra resultante de experiencia con todos los aspectos de la verdad que crearan en nosotros una difusa imagen de la existencia. Imagen que será el punto de partida de cualquier indagación. Entre los distintos componentes de la verdad existen relaciones evidentes. Así los códigos éticos estarán alerta en nuestro comportamiento utilitario fundamentalmente. Es decir cuando producimos o usamos los artefactos que la tecnología pone a nuestro alcance o las instituciones que nuestras necesidades sociales reclaman. La belleza es también una parte abarcadora, puesto que casi todo lo que hacemos, concreto o abstracto, puede ser juzgado por su estructura formal, aunque le falten los componentes sensuales. Así si juzgamos como bella una escultura figurativa o una melodía popular, son los sentidos de la vista y oído los que aportan la mayor parte de la información para nuestra reacción. Sin embargo, cuando se trata de arte abstracto o una composición de música contemporánea, es posible que sea necesario contar con unos antecedentes que alimenten nuestro patrón de juicio para entender y disfrutar a través de fuentes más abstractas como el origen, el fundamento teórico o la expectativa humana que alienta en ella. Se necesita, en estos casos, contar con una taxonomía de esperanzas vitales en las que encajar gestos pictóricos, visuales o sonoros sin aparente significado evidente. El caso es, que dotados del patrón de la belleza despojado de sus componentes más sensuales, puede ser aplicado al aspecto de un plato de cocina o a teorías científicas, estructuras organizativas o a comportamientos humanos. Del mismo modo el componente principal de la ciencia, que es el rigor del contraste con la realidad experimentada y su formalización matemática, puede ser transferido a la danza o al funcionamiento institucional. Es decir al examen de cualquier realidad extra natural (en el sentido restringido del término) como, de hecho, ocurre.

Estas son las relaciones sinérgicas, pero hay conflictos. Conflictos graves, como el de la belleza y la ética. La parafernalia nazi es probablemente el símbolo de la maldad humana absoluta y, sin embargo, fascina a propios y ajenos que, una y otra vez caen en apreciar los uniformes negros y los pendones rojos con la esvástica, las paradas iluminadas por las antorchas, los cánticos y la arquitectura de Speer. Qué fotógrafo no aspira a ganar el Pulitzer, aunque sea con alguna foto en la que se mezcle la estética y la muerte violenta. Ejemplos supremos son la foto del buitre y el niño de Kevin Carter o la del asesinato de un vietcong con un tiro en la nuca de Edward Adams. Naturalmente estos conflictos son posibles porque la repugnancia está mitigada por la distancia a los hechos (temporal o espacial), mientras que la fuerza plástica de la escena está en plenitud en la imagen. Otros conflictos asociados a la belleza tienen origen en la utilidad con la está obligada a convivir en el espacio axiológico y con la que tropieza en determinados casos de la arquitectura. Es difícil parar en el progreso hacia una forma con el freno de la utilidad para los potenciales usuarios. Pero no hacerlo, pone en acción otro componente de la verdad: el sentido ético. Un conflicto que subyace a todo el desarrollo de la ciencia es su aplicación a algún tipo de armamento. Cuestión planteada desde antiguo, pero que llega al paroxismo con la bomba atómica. Una situación en la que Albert Einstein se vio preso y se sintió obligado a enviar una carta al presidente de Estados Unidos para interesarlo en su fabricación. La ética se filtra en todos estos conflictos porque es la más fluida de las partes de la verdad. De hecho su patrón se configura allí dónde el centro de gravedad del acontecimiento que somos reside en su forma dinámica de adaptación  temprana y duradera al mundo. Si esa configuración se trunca, resultará un yo tullido y, por tanto, peligroso en mayor o menor grado.

La verdad es el ajuste de nuestras expresiones, en forma de acción corporales, verbales o escritas (cotidianas o elaboradas) a la realidad que significan. La verdad, como la realidad a la que apunta, es construida, tautológica y relativa. Este último carácter tan inquietante, que la presenta como resultado de un determinado punto de vista diacrónico o sincrónico con legitimidad incuestionables, puede ser neutralizado si con arbitrariedad consensuada por toda la especie se pone el punto de referencia en la salud física y mental de todos los seres humanos y el entorno natural. La relatividad es para el pensamiento metafísico (en el sentido nietzscheano) un enemigo a la vista, pero su carácter tautológico es su enemigo oculto. Tautología significa “utilizar palabras innecesarias que no añaden nada nuevo a la idea que se quiere transmitir.” y por tanto expresar una frase vacía de contenido informativo. La verdad es decir de forma diversa sobre la realidad. Si al decir lo hacemos sobre una realidad cuyos principios rectores son los mismos que los que nos constituyen (a despecho de la evolución interna), la diferencia entre la realidad 1 (el mundo) y la realidad 2 (nosotros) es organizativa y no cualitativa. No somos diferentes en lo esencial, sólo en la forma en que nos hemos organizado en mutuo contacto. Contacto que ha nutrido y condicionado nuestra evolución y constitución. Cuando la realidad 2 mira a la realidad 1 se mira los pies; cuando la realidad 1 mira a la realidad 2 se mira la cabeza. En estas condiciones, nuestros procesos sensoriales y mentales siguen patrones de reconocimiento formal y material de su realidad subyacente, que transfieren a realidades imaginadas, artísticas, hedonistas, cognitivas, metafísicas, tecnológicas, institucionales y normativas. Cuando decimos del mundo decimos de nosotros; cuando modelamos el mundo, buscamos torpemente en nosotros patrones formales (matemáticos o lógicos) por lo que no nos puede extrañar que sirvan para describir la misma realidad que somos nosotros. Tautología porque cuando decimos del mundo, decimos de nosotros (análisis). Si nos parece que hay información nueva (síntesis) es porque no han transcurrido experiencias de reconocimiento suficiente. En realidad es nuevo para nosotros como individuos. A medida que se acumula conocimiento, quien lo posee entiende mejor el carácter tautológico de la realidad y de su enunciado complejo (la verdad cognitiva). En el reconocimiento de la realidad exterior a una realidad mental la conciencia individual actúa como un cuello de botella.

Si el mundo es tautológico, es decir, la realidad exterior constituye la realidad interior, es inevitable el carácter relativo de la verdad, es decir de la perspectiva, de los patrones desde los que juzgamos tal realidad. Pero la verdad es relativa, no sólo porque nuestro decir depende de unas coordenadas estéticas, sensuales, cognitivas, etc, sino porque determinadas características de la realidad (como el principio de inercia, la velocidad de la luz como tope universal o su afección por la gravedad) hace imposible discernir la simultaneidad o no de acontecimientos y afecta a aspectos tan intensamente anclados en nuestros prejuicios como que el espacio y el tiempo son absolutos y, por tanto, independientes del movimiento o de su nivel de energía). El principio de inercia fue pensado como la cualidad de la materia de mantenerse en movimiento o reposo hasta que una fuerza la afectara. Ahora sabemos que no hay reposo, sino movimiento compartido, lo que queda explicado por la acción sobre cada parte del universo del resto en forma de campos de fuerzas. Esta situación nos pone en la pista de la razón de la relatividad generalizada de todos los componentes de la verdad. Esta pista es que la razón de la relatividad física consiste en que las experiencias físicas en dos sistemas a velocidades distintas o en sistemas sometidos a campos gravitatorios o a fuerzas mecánicas son las mismas. Esta igualdad hace imposible distinguir qué sistema de mueve o cuál es la naturaleza de la gravedad experimentada. Del mismo modo, dos morales distintas (cristiana y musulmana)  pueden ser defendidas por el mismo ardor porque la experiencia moral asociada son exactamente las mismas. Si en el caso de la realidad física, el origen está en constancia de la velocidad de la luz o independencia de la fuente, en el caso de la moral, es la constancia de las emociones o independencia de éstas respecto de la naturaleza de las acciones concretas que se lleven a cabo, lo que provoca la relatividad de las posiciones. Obviamente son los distintos patrones culturales los que quedan asociados a las mismas emociones, pues no hay otras para la especie. Del mismo modo que la afección de la luz por los campos gravitatorios hace imposible distinguir la acción de una fuerza de la de un campo gravitatorio, la afección de los principios éticos por la culpa hace imposible distinguir entre bien y el mal cuando se ha cometido un hecho inhumano y se actúa racionalizando el hecho. Es la curvatura de nuestro espacio moral impelidos por la necesidad de evitar el remordimiento como eco de lo que Damasio llama el valor biológico.

Los principios éticos favorecen el confort moral al creerlos intrínsecamente nuestros aunque algunos tengan una clara procedencia social. Esta situación se ve favorecida por la lentitud de adquisición de los patrones y la edad temprana en que este proceso ocurre de forma cuasi inconsciente. Esto explica que un cambio brusco de patrón, como le ocurre a un joven soldado que pasa de su hogar cristiano a matar sanguinariamente, cuando no a participar en terroríficas sesiones de tortura o muerte de inocentes, provoque la locura. No es de extrañar que las autoridades traten de ocultar en ominosos sanatorios a los soldados más dañados. El mecanismo de curvatura asociado a esta discusión es el conocido de racionalización que se utiliza por individuos cuando violan el patrón ético o moral lentamente adquirido o aceptado. En este caso se deforma el espacio axiológico para no sentir remordimiento. Es la prueba de que en espacios morales muy distintos se siente lo mismo y, cuando no, se crea uno en el que, de nuevo, las emociones sean benevolentes con nosotros. Como hemos dicho, en la realidad física la independencia de la velocidad de la luz respecto de la velocidad de la fuente provoca la deformación del espacio y el tiempo, dado que la velocidad se define como su cociente. Todos necesitamos la felicidad (como suma de emociones y sentimientos pacíficos y benéficos) y eso ocurre cuando nuestro patrón coincide con el del medio en el que estamos. Si lo violamos sufrimo y tenemos la necesidad de creamos otro a base de esfuerzos lógicos, aunque nuestro entorno considere que hemos perdido la razón. En política el código lunático de no enmendar los errores lleva a patrones lógicos delirantes, a la búsqueda de una coherencia imposible y debilitada por la sensación interna de falsedad. Con el añadido de que el que propone el nuevo patrón (rueda de molino) sabe que los comulgantes saben, pero está incapacitado para algo tan sencillo como decir lo siento, me equivocado, no volverá a pasar. Esto último reside en la falta de reputación de la debilidad. Y debilidad se considera aceptar la comisión de un error.

Las dos características de la realidad lo son de la verdad porque ésta aspira a ser el ajuste entre nuestras expresiones respecto de todos los aspectos de la realidad y la realidad misma. Así, si nuestra mente responde a los mismos principios que la realidad que explora y cuando se expresa busca decir lo que la realidad es, aunque esa realidad tenga que ser declarada análoga a uno mismo y resultar esquiva en sus manifestaciones observables, porque los parámetros emocionales clave adaptados a los distintos contextos impiden distinguir las diferencias entre ellos. El parámetro clave en la estética es la fruición; en la experiencia hedonista es el placer; en la experiencia cognitiva, la convicción; en la experiencia metafísica la plenitud; en la experiencia utilitaria es la función y en las experiencias de comportamiento es el estado de beatitud o el orgullo. El ser humano experimenta fruición, placer, convicción, plenitud, funcionalidad y beatitud en circunstancias muy diferentes condicionado por los patrones que previamente ha heredado o construido. Patrones que tienen su origen en el intercambio tautológico entre mente y no mente. En todo caso, no se olvide que la salud mental del ser humano es posible porque en la mayor parte de su vida no es víctima de la relatividad descrita más arriba, dado que se toma a sí mismo y a su entorno como referencia. De este modo evita el vértigo del relativismo.

Si la verdad es relativa, ¿todo vale? En lo dicho hasta ahora queda clara la estructura compleja de la verdad como consecuencia de nuestra forma compleja de examinar y juzgar la realidad. Complejidad que tiene origen en la diversidad de canales por los que palpamos la realidad. Diversidad que es resultado de la tortuosa historia evolutiva que la propia realidad hace experimentar a sus hallazgos individuales (mineral, vegetal, animal o humano) en el marco de las leyes naturales universalmente vigentes (de momento). Sea como sea, nos hemos hecho una idea de cómo es esa realidad que nos constituye al tiempo como seres individuales y sociales. Una idea que hemos plasmado en el arte, en nuestra forma de disfrutar, en la ciencia, en nuestras religiones y creencias, en nuestras obras útiles, en nuestras instituciones y códigos de conducta más o menos íntima. Un libro tan complejo como nuestras formas de aproximarnos a la realidad mutante. Mutación resultado de que nosotros mismos, como parte de esa realidad, contribuimos a modificarla con la tecnología y nuestras costumbres. Un juego apasionante de bucle cósmico en el que cada movimiento significativo modifica incluso las reglas del mismo. Siendo así las cosas, es decir, siendo la realidad y, por tanto, la verdad como ajuste de nuestros discursos a ella igualmente relativa ¿cómo saber cuándo se dice la verdad o se miente? De entrada diremos que cuando se habla de la verdad nos referimos a los que nosotros sentimos, decimos o hacemos porque la realidad no miente, es. Nosotros somos parte de esa realidad, pero sí podemos mentir porque tenemos la capacidad de esconder a los demás lo que sentimos, pensamos o hemos hecho. También tenemos la capacidad de cometer errores al pensar o al actuar, lo que nos permite dar versiones distintas o producir objetos inútiles (mentirosos). La verdad se refiere a lo acontecido. No se puede mentir en futuro. Incluso cuando alguien nos miente en nuestra cara, esa mentira se materializa cuando ha acabado de proferirla. También la verdad lógica, científica, metafísica (contradicción en los términos), utilitaria o judicial se refiere a lo acontecido. De todas las verdades, la que hasta ahora más nos ha importado es la que afecta a nuestras vidas. Queremos saber la verdad, decimos, sobre la historia, sobre un crimen reciente o sobre las actividades de nuestros próximos. Tenemos un interés más vago por la verdad científica o metafísica. Este tipo de verdad que podemos llamar episódica es muy importante para nosotros porque nos permite tener vidas pacíficas reconciliadas con el pasado y el presente, al tiempo, que construimos la confianza para el futuro. Por eso resultan tan perturbadoras la dificultades que los políticos ponen para recuperar la verdad de los crímenes del pasado. También produce gran inquietud que crímenes actuales queden impunes o que sospechemos de nuestro entorno. El problema de esta verdad, como el de todas, es la dificultad de su establecimiento tanto porque no queden registro como porque sospechemos de los testimonios (personales, escritos, audiovisuales). Salvo que se haya estado presente y, aún así, la propia condición de testigo fiable se cuestiona porque se sospecha tanto de la capacidad fisiológica para apreciar lo ocurrido, como del filtrado que los intereses o creencias del testigo puede realizar para mejorar lo sucedido. También se puede cuestionar el mismo hecho de haber sido realmente testigo. Por eso cuando del establecimiento de la verdad de lo acontecido se derivan responsabilidades sean tan importante las garantías en los procesos. Nuestras dificultades con este tipo de verdad se derivan de nuestra convicción de que alguien llevó a cabo los hechos pero no podemos demostrarlo. Para hacerlo existen sistemas cuyo rigor intencional no garantiza que acertemos. En este caso la dificultad no estriba en lo que cada uno piense con sus patrones mentales, sino en la desaparición o inexistencia de un rastro tangible de cómo sucedieron los hechos. La realidad prosigue sus procesos sin tener en cuenta nuestro interés por congelarlos para poder demostrar un acontecido. Esta verdad tan importante se nos escapa por la falta de registro de cada acontecimiento. De ahí la multiplicación de cámaras para tal registro en tantos lugares públicos en la actualidad y, probablemente, en lugares privados en el futuro. Un continuo copiar la realidad acontecida para poder rebobinar y escrutar el pasado. Una especie de memoria universal y accesible a todos. Así las discusiones domésticas serán zanjadas con un par de click sobre un teclado resolviendo un “yo no he dicho eso”. Registro amenazante que provocará con toda seguridad una cuidadosa reserva con lo que se dice incluso en los momentos más apasionados. La fatal sospecha sobre la fiabilidad de los testigos tiene origen en nuestra convicción de que creencias o intereses pueden estar contaminando el testimonio. Los intereses implican malicia, pero como pueden ser probados pueden ser neutralizados. Más difícil es resolver el relativismo de las convicciones, que sí que será estructural y contamina lo que se diga y escriba sobre la cuestión porque, cuando de asuntos humanos se trate, es muy difícil ser absolutamente sincero. La verdad episódica es la prueba de nuestra convicción de la existencia de la realidad y, al tiempo, de su evanescente naturaleza. Esa debilidad de su establecimiento es la fisura por la que se cuelan distintas versiones de la historia, de algo que sucedió ayer o de algo que sucede en nuestra propia casa cuando no estamos en la habitación concreta.

 Cuando sospechamos del riesgo de relativismo en la verdad y dramatizamos pensando que no existe La Verdad, sino muchas verdades nos obliga a aclarar algunas cosas. Las experiencias intersubjetivas con su estabilidad y el refinamiento en el establecimiento de pruebas históricas o episódicas, coherencia y robustez nos permiten creer que el ser humano tiene acceso a su verdad y que esta verdad, aún siendo lastrada por su paso por todo nuestros complejo aparato perceptivo y mental, es una imagen correlacionada con la versión que otra especie pudiera hacer. Como esto nos sitúa ante el problema de la cosa en sí, hemos de decir que el carácter tautológico de la realidad resuelve la cuestión pues, no es que no sea accesible al ser humano, sino que la cosa conocida se constituye en el acto de ser detectada por otra cosa (humana o no). Porque la detección u observación de algo no es un acto ajeno a la realidad observada. Estamos todos en la sopa. ¿La Tierra atrae a la Luna o viceversa?  ¿En qué momento consideraremos que hemos dado con la verdad? ¿En el momento en el que tengamos ante nosotros el registro que el acontecimiento dejó alterando de forma permanente su entorno (con un escrito, una marca, una ADN)?, no. Todavía nos queda salvar el obstáculo de la interpretación de los hechos. Descartada la malicia, unos mismos hechos serán interpretados de forma distinta desde distintas creencias sinceras. ¿Unos huesos en una zanja son la prueba de los crímenes de un dictador o la prueba de la anarquía generalizada en la sociedad del tiempo juzgado? ¿Cómo salir de esta aporía? En realidad no se sale, sino que nos quedamos dentro y establecemos la referencia de forma consensuada. No hay otro camino que fijar el cero, el punto de reposo, el lugar de referencia de todo en la propia especie que juzga. Y de todos los valores de nuestra especie y, probablemente, de cualquier otra que se pueda concebir con capacidad de juicio, los nucleares son la integridad física y psíquica de cada individuo y hoy sabemos que hemos de añadir, por nuestra propia conveniencia, la integridad de nuestro entorno natural. Todo lo que viole estos principios debe ser considerado rechazable. No hay meta que justifique trasgredir el fin que el propio ser humano es, ni meta que justifique la destrucción de nuestro soporte material y energético. Es una ley que nos damos a nosotros mismos y que sirve de referencia a todo tipo de creencia. Si una acción realizada daña al ser humano concreto o la naturaleza debe ser objeto de reproche ético, moral y legal. No vale contexto histórico aunque sirva para entender sin justificar el desmán porque sospechamos que el crimen siempre ha sido objeto de rechazo como patrón que nuestra propia naturaleza ha portado siempre, precisamente por atentar contra el carácter tautológico de la realidad. La realidad es pura superficialidad. Está todo a la vista. Lo oculto, en realidad, es pliegue de la superficie. Visto así se hace más urgente considerar un crimen telúrico toda actitud, estrategia o propósito basado en la desgracia de la irrepetible vida para cada subjetividad.

 La verdad científica tiene los mismos rasgos de la episódica aunque los problemas se mitigan porque las pruebas y los testimonios permanecen siempre a nuestro alcance. Otra cuestión es que sepamos preguntarle a la naturaleza. La dificultad fundamental es el patrón, la concepción en el marco de la cual preguntamos a la naturaleza. Este marco nos permite interpretar los hechos o los experimentos (hechos provocados), pero si alguien cuestiona el marco se produce una perplejidad cósmica, como la que experimentó Lord Kelvin al conocer la teoría de la relatividad. No pudo soportar la rotura de su patrón interpretativo. Afortunadamente, la ciencia no sufre con el sufrimiento de los científicos. En todo caso, la verdad científica, como todas las verdades es relativa pero útil. En este caso resolvemos el problema, no tomando como referencia los intereses del ser humano, sino utilizando el conocimiento como los tramos de un cohete propulsor de una cápsula, es decir, como un medio para un fin: que la cápsula llegue a su destino. En este caso, la cápsula es la tecnología y el destino mejorar la vida del ser humano, con lo que, al igual que con la verdad episódica, el ser humano se coloca como destino de sus propios esfuerzos, lo que no deja de ser tautológico ¿no creen?

 La verdad lógica es la más tautológica de todas, pues normalmente afirma cosas difícilmente refutables porque son verdades auto referidas. Por eso la tentación de tantos pensadores de colocar estas verdades en un topos uranós  de Platón a Husserl. La verdad tautológica es el eco de la experiencia (curiosamente) pues la formaliza. La verdad lógica reside en un topos bien cercano: nuestra mente, pero no es un producto de su funcionamiento óntico, sino el descubrimiento de las leyes universales en nosotros mismos. Son para siempre no por lejanas, sino por cercanas.

 La verdad estética es el ajuste entre nuestras expresiones de admiración o rechazo y lo que nuestra sensibilidad y convicciones estéticas nos dice. La verdad metafísica es el ajuste entre nuestro gran relato, naturalista o religioso y nuestras convicciones más firmes (procedentes de nuestra historia individual con las grandes e inagotables preguntas). La verdad ética es nuestro ajuste a los patrones de conducta insertos en nuestra mente por nuestra naturaleza humana y nuestras convicciones construidas en el complejo proceso de la vida. Todas estas verdades naufragan sin se arrogan la condición de absolutas, puesto que, como queda dicho, no hay más referencia que el ser humano concreto. No hay una Verdad al final del camino al margen de nuestras tribulaciones, sino interpretaciones honestamente fundadas.

 ¿Y la falsedad? La falsedad es el desajuste entre lo que se expresa y la realidad. La falsedad es causada porque el ser humano se confunde con el hecho de que la realidad se manifiesta en él de muy diversas formas. Cuando es seducido por uno de las manifestaciones y olvida las demás o la mayoría. Así si es un diletante extremo, no le importarán los problemas de los demás; si ama el placer, puede violar los códigos para obtenerlo; si prefiere el pensamiento mentirá para aislarse si es necesario; si su código ético le hace sentir culpa, se mentirá a sí mismo. Se miente por evitar un mero disgusto cotidiano, pero también para eludir responsabilidad penal o económica o política. Se expanden opacas capas de falacias o se destruyen pruebas o se legisla para obstruir o se buscan coartadas y cómplices, siempre con el objeto de pasar por veraces (en la versión más inofensiva) o para eludir la responsabilidad. Se reescribe la historia o, peor aún, se eliminan testigos para ocultar una y otra vez ignominias que pacientemente esperan a que las expresiones registradas puedan presentarse de nuevo para que reluzca la verdad. La única verdad que está fuera de toda interpretación es aquella que se refiere al daño físico y mental de un ser humana, lo que incluye el expolio económico o patrimonial (incluido el medio ambiente). No se debe dañar a ningún ser humano. Esto no es discutible, pero sólo si hay un acuerdo previo, porque si no, la venganza será la excusa de legitimidad esgrimida por quien cometa la revancha.  Si tales desmanes se dan se podrá tratar de evitar que se sepa quién los cometió, pero probar su comisión es la tarea primera. Cuando socialmente preguntamos por la verdad con cadáveres sobre la calzada, la cuestión ya no es si sucedió el hecho, sino a quien se le debe atribuir. Un terreno más resbaladizo es el de qué forma social es más conveniente para el buen gobierno de una sociedad, pero los relativos puntos de vista al respecto siempre han de neutralizar las diferencias buscando el bien común que las legitima (aunque sea irrelevante para otras formas del ser). Un buen resumen es la armonía entre igualdad, libertad y justicia.

© Antonio Garrido Hernández. 2013. Todos los derechos reservados.

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