Ni jubilado, ni ocupando el puesto de un joven.


17 Oct 2010

Los que hemos cumplido sesenta años, situados en el pensamiento vigente, estábamos ya conjugando el verbo “jubilar”. Una palabra que indica a las claras que los españoles esperamos con júbilo el final de la obligación de trabajar (la primera maldición bíblica). Los anglosajones dicen “to retire”, que apuntaba a una cierta tristeza por dejar de trabajar hasta que descubrieron el sol en Mazarrón. Sin embargo ahora estamos descubriendo que jubilarse es una irresponsabilidad y se propone prolongar la vida laboral. La razón no puede ser otra que reducir al mínimo el tiempo que un trabajador esté cobrando sin producir algo. Pero los jóvenes alertados, saliendo de la modorra en la que los estaba sumiendo los tóxicos electrónicos diseñados por los adultos, sospechas que eso prolongará por el otro extremo la duración de su tiempo de carencia. Supongo que el Estado cree que económicamente es mejor pagar a un jubilado y que, al tiempo, el joven viva con sus padres (pre)jubilados. Un disparate. Hagamos una propuesta mejor para todos. Los mayores dejamos los puestos de trabajo convencionales que serán ocupados por los jóvenes para que experimenten la emoción de hacerse cargo de sus vidas. Hasta ahí no hay nada nuevo excepto en lo de “puestos de trabajo convencionales”. La propuesta resuelve los dos problemas planteados (jubilados que cobran para el ocio y jóvenes que no se integran). En efecto, los jóvenes ocupan los puestos de trabajo convencionales y los mayores nos ocupamos (en tiempo reducido proporcional a la caida de ingresos) de los puestos no convencionales con interés estratégico para el país. Veamos qué es eso de puestos no convencionales. Hace tiempo que distinguimos entre trabajo y empleo. La buena marcha de país ofrece más trabajo que puestos de trabajo, puesto que hay gran cantidad de tareas con gran impacto en la calidad de los servicios y productos que hoy en día no se realizan revistiendo a nuestro país de cierto halo de chapuza, tando en servicios tradicionales como en las empresas de tecnologías de moda. Ejemplo convencional: uno entra en un juzgado y experimenta vergüenza al ver los legajos amontonados. Ejemplo de empresa moderna: los procedimientos de calidad no se aplican por falta de personas que sepan relacionar la realidad con la formalidad. ¿Cuántos expertos informáticos se van a jubiliar con la cantidad de soporte lógico (software, dicen algunos) que se necesita en todo tipo de actividades?. En el ámbito educativo, se podría contribuir a personalizar la educación y formar trabajadores de sectores decaídos para su incorporación a sectores emergentes. Y siempre quedan la tareas que tradicionalmente llevan a cabo el voluntariado. Es decir los problemas son de tal importancia que, del mismo modo que saltaron la levitas y los sombreros de copa por poco funcionales, tienen que desaparecer los actuales esquemas en el mundo del trabajo (me niego a llamarlo mercado) para que los logros de la medicina prolongando la vida y la salud no se convierta en una maldición. Por lo menos hasta que lleguen los robots y todos podamos estar aburriendonos jubilosamente jubilados.

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