El texto cifrado (3)


Viene de (2)

Miró hacía el edificio de Arqueo con orgullo por la transformación de un oscuro cuartel en una luminosa biblioteca (seguía llamándola biblioteca premeditadamente). Pasó bajo la pasarela de Fernández De Alba, que unía elegantemente la muralla con la estación de autobuses de Carballal. Dos arquitectos unidos a la universidad de forma muy diferente. El uno por su condición de doctor sobrevenido e inspirador del espléndido y originario campus del norte y, el otro, por haber unido la universidad con toda la región con su faro tierra adentro. Siempre le gustó ese edificio estacionario y su situación tan próxima. Había conocido a Carballal y sabía de su gusto por la pintura abstracta. Por eso disfrutaba con su ironía figurativa en aquel edificio para autobuses que parecía anticipar el cambio climático al tentar con su costado a un mar que brillaba treinta metros más abajo. Su piel estaba tan sensible que no estaba segura quien acariciaba a quién, si la brisa a ella o ella a la brisa. Su vocación científica no le había hecho olvidar su feminidad y procuraba que sus ojos verdes todavía conservaran el entorno de la piel nacarada de las pelirrojas. Estaba excitada con la idea de afianzar su autoría mediante un artículo a Science en el que se extendería en agradecimientos a todos aquellos compañeros que la había ayudado sin saberlo para que compartieran su gloria. Desde el departamento de matemáticas en el que un estadístico, cuyo nombre ya evocaba su destino, al de física con Matías, ese sabio humilde con poca suerte o, incluso, al profesor Evil que, desde que llegó con la beca ARISTOS se había ganado su confianza con sus inteligentes preguntas. Y, por supuesto, al profesor Cal que la inició en el uso de los mapas conceptuales de Novak, en cuyos meandros encontró la solución mientras luchaba por la coherencia conceptual. Tan feliz se encontraba que no advirtió el peligro. Se cruzó con dos becarias del servicio de gestión de la calidad que volvían de hacer encuestas e iban comentando algo de un profesor que no había querido dejar el aula. Reían divertidas por la anécdota. Cruzó hacía el edifico principal a través del túnel y aquel hombre le pareció un empleado de alguna empresa contratada de la unidad técnica, pues llevaba un mono gris. Su sorpresa fue grande cuando, a pesar de las dificultades que todos experimentamos para identificar los rostros fuera de su marco familiar, reconoció en el hombre del mono a su amante francés en la Viena congresual.

(continuará)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.