Filosofía naif. (4) La tríada platónica.

En el siglo IV antes de Cristo en una pequeña plaza (ágora) de una pequeña ciudad desde la que se divisaba en su cota más alta respecto del entorno (acrópolis) los templos que daban significado a la moralidad ciudadana, se discutía ampliamente sobre los asuntos humanos, una vez que los primeros pensadores conocidos agotaron el tema de la naturaleza (phisis). Si los sofistas apuraban los trucos argumentales (en la versión de Aristófanes) que les permitía ganar todos los pleitos, Sócrates se empeñaba en las aporías a que preguntar cinco veces por qué conduce. Este tozudo ateniense descubre para nosotros los conceptos y, tiernos aún, quiere extraerles el alma ante sus atónitos contertulios. Naturalmente, llegaba a callejones sin salida porque, como Berlin nos aclaró dos mil años después, los valores han de repartirse el espacio axiológico. El atento discípulo de Sócrates, Platón, llevó algunos de los conceptos a un lugar celeste desde el que puedan gobernarnos. Hay tres que le atraen especialmente. Son La Verdad, La Bondad y la Belleza. No es extraño, pues La Verdad quiere dar cuenta de la relación entre nuestras voces y el mundo al que se refieren; la Bondad es la cualidad que puede impedir que nos destruyamos sin misericordia y La Belleza parece la cualidad de la realidad que nos reconcilia con la sorpresa de vernos arrojados a un mundo que apenas llegados pone a prueba nuestra resistencia antes de ser expulsados poco después de forma poco decorosa. Quizá es la más tautológica de las ideas, pues en la belleza reconocemos el mundo que nosotros mismos somos. Esta triada de conceptos universales, que todo lo abarcan, ha surtido efecto hasta mitad del siglo XVIII cuando un prodigioso solitario agotó las posibilidades de estos tres conceptos con sus inspiradoras reflexiones sobre el conocimiento, que busca la verdad; la razón, que fundamenta en la libertad la acción justa y el juicio, que hace posible distinguir la belleza en sus inimitables ejemplos. Este solitario, Emmanuel Kant miró escrupulosamente los límites de nuestra capacidad de conocer, actuar y juzgar. En el siglo XIX una avalancha de novedades perturbó la placidez de la filosofía que había llegado, en un imposible viaje infinito, al Ser Absoluto. Marx bajó a los talleres textiles donde la explotación en Europa era semejante a la actual en ciertas zonas de Asia y Nietzsche bajó a los sótanos de la moral, proponiendo la tesis de que es el modo en que el débil gestiona sus problemas. Con ambos la bondad sufre un fuerte ataque, pues el comportamiento de los explotadores ya no podría ser juzgado con la moral de los explotados, que quedarían libres de una acción inmoral siempre que fuera poderosa y estimulante. Perdemos pié en nuestros absolutos éticos y morales. A principio del siglo XX, un joven alemán, al buscar la coherencia de las nuevas experiencias electromagnéticas, compromete gravemente a la física de Newton. Con ello no sólo quiebra el valor absoluto de la verdad científica, que reposaba plácidamente en un espacio y tiempo absolutos, sino que quiebra el propio carácter absoluto de la realidad, cuyas dimensiones geométricas e incluso temporales variarán sorprendentemente en función de la energía aplicada. Una ruptura de lo absoluto que ha tenido tremendos efectos sobre nuestras propias concepciones sobre cómo fundar nuestra convivencia. Finalmente, toda esperanza de consuelo a cargo de la experiencia estética, expresadas filosóficamente por Schopenhauer, salta por los aires cuando las vanguardias rompen el vínculo entre arte y belleza comprometiendo al uno y a la otra. De repente, el vértigo se apodera del ser humano que pierde pié al fallarle el trípode legendario de la Verdad, la Bondad y la Belleza. El resultado es la generalización, de una parte, del cinismo, y la desvergüenza que siempre ha gobernado el comportamiento de los aventureros en busca de fortuna o de los mandatarios en busca de mantener su posición de privilegio. De otra parte, la desesperanza que se extiende y contamina al conjunto social, que se refugia en el recurso anacrónico pero potente de la religión o en las emociones de los aspectos más livianos del romanticismo.

 La cuestión que se enuncia es que, a pesar del intento de Kant de separar radicalmente al conocimiento y al juicio estético de las adherencias supersticiosas,  no se permite ver con claridad las relaciones mutuas entre las facultades del entendimiento, razón y juicio y su uso en cada campo específico. Ello es resultado, como se dice más arriba, de la capacidad de abstracción que convierte las experiencias en un determinado ámbito en patrones formales de aplicación en otros ámbitos. Es la capacidad de transferencia que la mente humana tiene y que tanto contribuye a la creatividad. Así es corriente escuchar que una obra de arte es verdadera o que una teoría científica es bella. Se habla del alma bella con desprecio o de la verdad de un comportamiento con admiración. En definitiva, no podemos evitar mezclar los tres conceptos porque percibimos con algunos trucos formales verdad en la belleza y el comportamiento; belleza en el comportamiento y el conocimientos y, como última combinación, bondad en una obra de arte o en el conocimiento. ¿Cómo explicar esta promiscuidad conceptual? ¿Cómo evitarla? ¿Es necesario evitarla? ¿Es necesario plantearse la cuestión o es un nuevo intento de enredar del pensamiento abstracto perezoso para no ocuparse de los problemas prácticos?  Pues para legitimar el intento lo mejor es pensar que sí, que merece la pena. Que el ser humano es, está y actúa mejor si tiene claras algunas cosas.

Estamos constituidos de letras (A-T-G-C) que forman palabras y, con la sintaxis adecuada, complejos textos minerales, orgánicos y psíquicos que no nos queda más remedio que admirar cuando prestamos un poco de atención en la naturaleza y en nosotros mismos. La pregunta por la naturaleza de la verdad, es la pregunta por el significado de nuestra situación en el vértigo universal del que procedemos. Veamos: todo el universo miente si definimos la verdad en el modo más abstracto posible como la correspondencia entre la expresión corporal, oral u escrita de la afección que sufre un ser cualquiera y la realidad aceptada del ente-evento referido. Así un trozo de cristal es afectado por su entorno y se expresa con un algo que no responde a su realidad pues expresa lo que rechaza y no lo que permanece en él. A ese algo cuando nos llega a nosotros le ponemos nombre (destello). Ese destello no es el cristal lo que nos obliga a asociarlo a lo que no es. De este modo podemos pensar que todo lo que vemos es apariencia como Hanna Arendt proclama. Apariencia y pliegue añado. Pero es un apariencia sistemática y por tanto es posible contar con los algoritmos de transformación que permiten pasar de lo que percibimos a lo que es con todas las reservas de que lo que es también es objeto de una percepción engañosa. Es el imposible espacio de reflejos de los espejos de Borges. Vamos a la verdad de nuevo. El universo miente de forma reglada, nosotros no. Nosotros por conveniencia. Por eso la verdad es tan esquiva en cuanto aparecemos en escena. El ser humano es el único que puede mentir sin reglas, pues, aunque se podría pensar que actuamos de forma automática cuando nuestros intereses está en juego, la inmolación nos despista. Pero también lo hace nuestra torpeza para expresarnos con palabras siempre prestadas. Cuando nosotros decimos la verdad el que nos oye no debe  escuchar en la onda que golpea su oído nuestra no verdad. Debe mirar más allá en el significado que la conforma y que, éste sí, procede de nosotros, de nuestra ciencia y nuestro esfuerzo por entender y entendernos. Cuando mentimos es que separamos premeditadamente el significante del significado consensuado socialmente. A lo que hay que añadir el sesgo impremeditado que obliga a la interpretación. Creo que la verdad es el concepto más elevado, pues no sólo no está acompañado de la bondad y la belleza en el mismo plano, sino que, para completar nuestro contacto con la realidad se integran en ella la sensualidad, la utilidad y el juicio ético-moral envolvente. Todos tienen en común ser una faceta del acontecimiento que el mundo es para nosotros con mayor o menor grado de precisión (con más o menos grados de subjetividad) y, por tanto, en la medida en que esa expresión sea ajustada a nuestros patrones, en esa misma medida viviremos en la verdad. Es decir estamos dotados de patrones para cada uno de los aspectos repetidamente propuestos y con ellos tomamos decisiones diariamente. Decisiones que tienen que ver el grado de coherencia con que los aplicamos al acontecer diario.

En resumen necesario: creo que tanto la bondad como la belleza son absorbidas por la verdad. Que, además, incluye en su estructura la sensualidad (placer)  y la utilidad (artefactos tecnológicos y sociales). Nuestras expresiones en todas sus formas pueden ser verdaderas sensualmente, estéticamente, cognitivamente, significativamente, utilitariamente y ético-moralmente. Por tanto, podemos mentir en las mismas seis dimensiones de la verdad. Podemos fingir el placer, el gusto, el conocimiento, el significado de nuestras vidas, la utilidad de nuestras producciones y la limpieza de nuestras intenciones. Antes que dimensiones de nuestras expresiones lo son de la realidad. El juicio es la capacidad que se ubica entre la realidad y nuestras expresiones. Del juicio se desprende la verdad uni o multidimensional. La Verdad con mayúsculas es una aspiración continuamente comprometida.

la-verdad

© Antonio Garrido Hernández. 2013. Todos los derechos reservados.

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