Ejemplaridad pública. Javier Gomá. Reseña (1)


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La actual cisura entre el discurso público y la percepción generalizada de la ciudadanía provoca un estado de malestar que requiere un diagnóstico que haga posible una recuperación de la decencia. Hoy en día, el político (el hombre de la polis) profesional miente a menudo, pero, además sabe que el ciudadano lo sabe y, finalmente, se encoge de hombros como si no pudiera hacer otra cosa. Como si el discurso verdadero fuera imposible y fuente de males para su destino. Así nos hemos instalado en una franja entre la ambigüedad irritante y la mentira sin atenuantes. El resultado es la desaparición de la ejemplaridad. No es ya que el político que representa a su opción ideológica no resulte ejemplar, sino que considera, en un estadio muy primitivo, que la verdad es una ingenuidad que da armas a sus contrincantes. Además espera que la audiencia celebre ser engañada como parte de la estrategia de victoria. Incluso el robo manifiesto es aceptado por ser practicado por los propios. Un estado de cosas tan inaceptable que es urgente el cambio. Como esa urgencia no va a acelerar un ardite el cambio empecemos por leer a Javier Gomá Lanzón que nos ofrece unas propuestas bien fundamentadas. A continuación una reseña de su libro Ejemplaridad pública para animar a su lectura.

Javier Gomá Lanzón es un filósofo español que se reclama, antes que filósofo, un autor literario que ha dado forma filosófica a su pulsión por expresar sus reflexiones existenciales. El libro que se comenta en esta reseña es “Ejemplaridad pública” el tercero de una trilogía que culmina con este libro. La idea central es la búsqueda de una salida a la desesperanza que ve en una sociedad cuyo éxito en la consecución de la libertad individual no ha sido coronado con el éxito en su emancipación moral que podría orientar la  vida.

Las palabras claves de su construcción intelectual son: Libertar, emancipación, dignidad, igualdad, vulgaridad, paideia, nihilismo, democracia y ejemplaridad.

La Grecia clásica tenía estructurada la forma en que educaba a sus jóvenes. La paideia ofrecía un modelo de hombre, de arte y de patria. El cristianismo articuló durante mil años el sentido social de nacimiento y destino del ser humano. Pero el cambio de punto de vista del Renacimiento hacia el hombre, sin dejar de mirar a Dios, culmina en el siglo XIX con la declaración de la muerte de Dios enunciada por Nietzsche. En este siglo y el siguiente los avances de la Ciencia (de Darwin a Watson; de Maxwell a Einstein) y las orientación de la filosofía (de Kant a Hegel; de Marx a Foucault) se culmina un proceso de desencantamiento (Weber) del mundo que asociamos al término nihilismo. En ese trayecto el ser humano queda huérfano de trascendencia y absoluto. La literatura recoge la desazón y así Dostoievski dice por boca de de su Iván Karamazov que “Si Dios no existe, todo está permitido”. Dios desaparece del Arte y su versión más naíf queda recluida en los relatos oficiales de las Iglesias más o menos ortodoxas. Mientras este proceso progresaba, la liberación del yo llega a su paroxismo en nuestros días en que está protegido en constituciones y leyes ordinarias e, incluso, en los usos sociales como puede comprobar cualquiera que se dirija a un desconocido en la calle con algún tipo de reproche real o imaginario por un comportamiento supuestamente incívico. En el ámbito político la forma que se compadece con estos cambios sociales es la democracia que se instala en versiones más o menos diferentes en toda Europa y el Norte de América. La autoridad y el patriotismo como referencias pierden fuerza después de los desastres de las dos guerras europeas del siglo XX y la asunción por parte de los jóvenes del ideario narcisista en los años sesenta en París. La democracia es la consecuencia natural del principio de igualdad y éste del principio de dignidad universal de todos y cada uno de los individuos desde el nacimiento. Todos los hombres son dignos y tienen derechos inalienables. Mucho dolor ha costado en el siglo XX imponer esto que ya podemos considerar verdades cristalizadas. Durante el pasado siglo se ha dado sangrientas resurrecciones de las formas autoritarias de poder, que la energía y el heroísmo de muchos hizo volver a sus cuevas anacrónicas.

El hombre occidental ha tenido éxito en su liberación individual en una lucha de tres siglos. Ahora hay garantías legales y culturales para esa libertad. Desde mayo de 1968 no ha quedado prácticamente reivindicación que hacer tras los éxitos de los movimientos por la igualdad de género, equiparación legal de las relaciones no heterosexuales y la eliminación legal de los privilegios de unas razas o religiones sobre otras. Naturalmente el objeto de lucha más recalcitrante está siendo la desigualdad económica a la que se ha incorporado la lucha por el preservación del planeta.  Pero el hecho es que gran parte de las reivindicaciones están ya satisfechas. Cada uno en la esfera privada hace lo que sus recursos le permitan sin ser reprochado por ello. Pero en opinión de Gomá, este éxito liberador no ha sido acompañado de emancipación moral, lo que el llama pasar del estado estético al estado ético. El primero sería aquel de la adolescencia subvencionada, ociosa e irresponsable, donde se expresa el yo inmaduro sin filtro alguno. Este estado sería el padre de la vulgaridad entendida como libre manifestación de la espontaneidad estético – instintiva del yo. Un estado de cosas que no desprecia, sino que contabiliza como el resultado de la deseable liberación del yo. Pero que debe ser una etapa a superar para que la mayoría de la población alcance la emancipación que consiste en trascender el egoísmo para fundir los interese propios con los de la comunidad humana. La reacción de las élites intelectuales ante la llegada al escenario de las masas y la vulgaridad correspondiente fue de miedo y desprecio. Gomá rechaza esta posición pero alerta de que la vulgaridad está más cerca de la barbarie que de la civilización. Para ello se basa en disección del alma humana que la filosofía de la sospecha puso sobre la mesa acabando con el mito de la bondad originaria. Por lo que propone una vuelta al concepto clásico de paideia como educación de la ciudadanía en los principios que han de regir la sociedad contemporánea. Añade que debe ser acompañada de la vuelta a las costumbres socialmente construidas para llenar el vacío que los teóricos de una parte y la acción de las democracias han creado. Gomá critica la pretensión de regir a los seres humanos solamente con leyes abandonando el campo de la construcción moral de la ciudadanía. Naturalmente esta nueva paideia se nutriría de la lucidez que el escepticismo y el relativismo han proporcionado tras años de porfía con los absolutos reinantes en el pensamiento occidental. La paideia premoderna estaba basada en la autoridad y los mitos aceptados sin discusión. El mundo tenía sentido y este sentido era transmitido entre generaciones, pero el romanticismo expande el yo y lo desprende de su nexo social y provoca la desaparición de los mecanismos tradicionales de socialización sin ser sustituidos. Pero si religión y patriotismo han desaparecido ¿cómo se socializará al hombre? La respuesta es la clave de este libro: ejemplaridad persuasiva y no autoritaria. Ejemplaridad basada en el común vivir y envejecer. Pero considera que el hombre moderno no lo tiene fácil pues tiene que partir del conocimiento de la finitud y la obligación de la igualdad de la que nace la democracia. No hay trascendencia redentora y no hay aristocracia respetable. Gomá resume la situación diciendo que el mundo moderno es contingente, autorreferencial, histórico, intersubjetivo y consensuado. Hay que vencer el hecho de que la ejemplaridad tradicionalmente se ha aliado con la desigualdad aristocrática

Gomá se apoya en el célebre sociólogo Max Weber sumado a la preocupación de tantos (Kafka, Adorno, Freud) por el malestar social advertido a medida que la pérdida del carisma produce la pérdida de sentido (dignidad, misticismo, heroísmo) y la exasperación de lo colectivo envuelto en los racional, burocrático y científico. Los Inventos Occidentales del capitalismo, la ciencia y el Estado de Derecho están siendo puestos a prueba especialmente por la exacerbación de la actividad económica que el capitalismo financiero ha llevado a cabo en los últimos treinta años. Siempre ha existido afán de lucro, pero no en el grado del capitalismo que busca el beneficio permanente e ilimitado, nos dice. Los otros dos factores de progreso se han puesto al servicio del primero. Una anomalía que debe ser corregida. Con mayor razón cuando el sentido autocrítico desarrollado en occidente, que llama nihilismo por sus efectos sobre los fundamentos de la religión y la moral, pone en manos de la sociedad una enorme capacidad de acción equitativa al perderse todo pretexto para la desigualdad. El nihilismo, cree Gomá, puede ser la puerta de salida de la jaula en la que la exacerbación de la racionalidad denunciada por Weber y Adorno nos metió.

De las salidas propuestas, Gomá, critica la de Nietzsche con el superhombre porque reproduce el modelo anterior de la trascendencia sobre humana. Cree que es necesario partir de la finitud y contingencia advertidas y encontrar su carga ética. Nos dice que la democracia es la gran empresa de superar el nihilismo de la finitud con un proyecto común lúcido. Para Gomá el punto de partida es la dignidad democrática de la que todo ser humano es portador y desde la que es posible establecer un nuevo plano moral. Al contrario que Kant que pensaba en la moral como el fundamento de la dignidad. Desde la contingencia cabe construir lo durable con una nueva gramática de las formas de vida (Habermas). Hay que conseguir que individuación y socialización sea un mismo proceso. En definitiva una nueva paideia basada en la ejemplaridad.

La ejemplaridad debe ser depurada de sus adherencias aristocráticas y ser puesta al servicio de la igualdad. Se apoya en la generalización del sentido del gusto de Kant que Hanna Arendt llevó a cabo. La universalidad del caso particular como ejemplo es la principal paradoja a disolver. En el arte la obra es única pero tiene la vocación de gustar a todos mediante el recurso a una común naturaleza del buen gusto. En el buen comportamiento, el comportamiento moral, el juicio no remite a un concepto, sino que la propia acción expresa todo lo que cabe esperar de un acto moral. Hoy en día se nos proponen ejemplos de banalidad basados sólo en la permanencia en los medios de comunicación hasta la saturación de los espectadores. Ejemplos de inmoralidad que unen a su fugacidad su futilidad. Teniendo en cuenta que el ejemplo de un individuo si lo es de comportamiento densamente moral es una llamada a la imitación, no habrá fuente más fecunda de mejora social. Todo lo contrario ocurre cuando los populares no son ejemplo moral sino propuestas de disipación en el entretenimiento o de cínica deslealtad en la política. De modo que los ejemplos han de ser ejemplares no solamente una muestra del universal que representan.

Pero la ejemplaridad requiere ser contagiosa. El ejemplo moralmente ejemplar no puede quedar en referente único porque recaemos en el elitismo. Tiene vocación de universalidad para ser fecundo en una democracia igualitaria. La aceptación la responsabilidad personal y social puede inspirarse en la ejemplaridad pública y publicada, pero debe se una onda que atraviese el lago social de orilla a orilla. Se cita a Jonas en su ética del ejemplo. En especial el hecho de que la rectitud en el comportamiento intriga y desazona al observador. Se crea así la atmósfera benéfica del buen ejemplo. Un destino moral para el ser humano que le da sentido (dirección) a su vida al elegir socializarse sin coacción. El buen ejemplo, la ejemplaridad, crea un clima carismático benéfico para el grupo. Una ejemplaridad a la que todos somos llamados, puesto que se está lejos de la ejemplaridad heroica, mítica o aristocrática. Es la ejemplaridad democrática que señala el camino desde la vulgaridad a la emancipación.

Gomá nos dice que acabado el tiempo de la conquista de la autonomía personal es el momento de apreciar todo el potencial de la vida normal sin extravagancia. La vida que se desarrolla de la cuna a la tumba con serenidad y armonía. Un ideal de normalidad cargado de ética que no es posible conseguir únicamente con la frialdad de las leyes. Es necesario en opinión de nuestro autor una instancia intermedia, más cercana al individuo concreto, que es la costumbre. Nos recuerda que no es posible una república virtuosa con ciudadanos relevados del deber de serlo. En su opinión la ejemplaridad cumplirá su potencial papel si se sustituye el actual vacío moral por una red de costumbres integradas en una nueva paideia. Por eso denuncia el ideal liberal que cree que basta con la ley sin involucrar al individuo en el que alienta la extravagancia de un genio universalmente distribuido. La costumbre como imitación social de una ejemplaridad primaria cubre el espacio entre la ley y el libre albedrío. En definitiva, costumbre y ejemplaridad (carisma) constituyen la estructura en la que cabe esperar la madurez del individuo desde la vulgaridad inicial a la emancipación moral.

Para leer más:

  1. Imitación y experiencia, Pre-Textos, 2003; Libro de bolsillo en Crítica, 2005. Premio Nacional de Ensayo en 2004.
  2. Aquiles en el gineceo, o aprender a ser mortal, Pre-Textos, 2007
  3. Ejemplaridad pública, Taurus, 2009.
  4. Necesario pero imposible, o ¿qué podemos esperar?, Taurus, 2013

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