Filosofía naif. (2) Canales de captación del mundo (externo e interno)

Desde nuestra atalaya de acontecimiento consciente contemplamos el vértigo del mundo y distinguimos entre sus aspectos gracias a los canales de información de los que estamos normalmente dotados. A saber: vista, oído, olfato, gusto, tacto, de una parte, y estados internos (fundamentalmente de dolor o placer), instintos, emociones, sentimientos y pensamiento, de otra. Diez fuentes de conocimiento. Cinco acerca del mundo interior y cinco acerca del mundo exterior. La diferencia entre el interior y el exterior no es superflua si no queremos, al menos mentalmente, disolvernos en el entorno al modo oriental. Dotados del conocimiento de nuestra condición natural y de las diez fuentes de estímulo, juzgamos a los acontecimientos de los que tenemos noticia del siguiente modo:

  • Cuando nuestro sentido de la vista recibe ondas electromagnéticas y las codifica para su transmisión al cerebro y cuando éste las transforma en esas qualias que llamamos color o forma nos proporciona un potente mecanismo de supervivencia, tanto para huir como para defendernos, pero, además, pone a nuestro alcance formas arquetípicamente  atractivas (naturales o producidas) con lo que damos a un proceso natural una función cultural. Recibimos información para seguir vivos y nos dedicamos a disfrutar con el espectáculo. Estamos viendo fuera lo que también está dentro. Es el reconocimiento de la estructura de nuestra naturaleza presentada por acierto o azar combinatorio en el resto del mundo. Cuando se da esto decimos de algo que es bello.
  • Cuando nuestro tímpano recibe ondas mecánicas y son codificadas para, finalmente, ser percibidas por nuestro cerebro como sonido pone a nuestra disposición un medio de protegernos sin luz pero, al tiempo, unas estructuras sonoras que según leyes complejas de ritmo y melodía(inicialmente de la naturaleza) son percibidas por nosotros como música y en determinadas condiciones como música bella.

Vemos en estos dos casos con que naturalidad el ser humano convierte en cultura lo vital. Según este enfoque la belleza es la cualidad que recibimos-ponemos en determinados estímulos de emisores exteriores cuando se produce el acontecimiento tautológico de encuentro armonioso de la naturaleza interior con la naturaleza exterior a través del complejo sistema de conexión formado por los sentidos de la vista y el oído. Este lenguaje no nos oculta que la belleza consiste en una de las principales y más refinadas fuentes de placer y alegría del ser humano. Pero un tipo de placer muy especial, una fruición que empieza en los ojos y quiere comprometer a todo el cuerpo. Tanto cuando la contempla en la naturaleza, en las producciones culturales o, especialmente, en los propios humanos con los que nos relacionamos. Pero no podemos olvidar la fuente de este placer en nuestras entretelas biológicas y, por ende, físicas.

Pero con la belleza no agotamos la información que recibe nuestro cerebro. Además llega información por el olfato, un sentido que nos permite identificar gases y por el gusto, un sentido que nos permite decidir sobre la bondad de un sólido o un líquido para la supervivencia. Ambos trabajan muy unidos y ambos, también, han sido empleados por el ser humano para ir más allá de la defensa de la vida y entrar en el mundo de la cocina sofisticada o de la sutil perfumería. Además estos dos sentidos son el fundamento, probablemente, de nuestra capacidad de emitir juicios, pues si su potencia discriminadora nos ha permitido seguir vivos evitando lo corrupto y tóxico, también puede haber activado nuestra capacidad de distinguir lo bueno de lo malo en general. El tacto, por su parte, cumple la misión original de percibir la presión y, teoría cinética mediante, tanto el calor como el frío contribuyendo a la supervivencia de ese frágil ser salido de la selva a la sabana. Pero el frágil ser utiliza este importante sentido también para el placer y sufre con él el dolor. Tacto,  gusto y olfato constituyen los canales del placer sensual. Placeres que son movilizados por sus estímulos naturales pero también, aunque de forma atenuada, por la imaginación. Añadimos que la piel está llena de terminaciones nerviosas sensibles, pero también alcanzan a los órganos internos transmitiendo sus estados extremos de dolor o de bienestar y contribuyendo a crear el estado general que invita al placer sensual estimulando premeditadamente las papilas gustativas, olfativa y táctiles más allá de las necesidades de supervivencia. La piel, además, con sus concentraciones nerviosas en determinadas parte del cuerpo se convierte en el más atractivo factor de placer favoreciendo la reproducción humana. Placer que hace tiempo que fue abstraído de su función biológica para ser administrado arbitrariamente. El sistema nervioso también es receptor de  los efectos que las hormonas procedentes de las glándulas disparan al torrente sanguíneo configurando el aspecto de un organismo atemorizado, airado o asqueado. Un panorama general que no debe hacernos perder la noción de un ser sensible en el doble sentido de capaz de reaccionar físicamente a los estímulos y de ordenar toda esta sinfonía orgánica en forma de sentimientos. No olvidemos a Quevedo cuando nos habla de nuestra condición de polvo enamorado.

Hemos localizado dos aspectos bien identificados: la belleza y el placer sensual. Pero hay camino por recorrer. Recibimos estímulos por los sentidos y esa información llega con la estructura de la realidad estimulando un sentido mucho más sofisticado e importante para el ser humano. Se trata del pensamiento. El pensamiento se ubica fundamentalmente en el neocórtex, pero es influido por otras partes que compiten por su control (el cerebelo con los instintos y el sistema límbico con las emociones). El pensamiento es la adaptación de nuestro organismo a las estructuras que llegan por los sentidos. Estructuras que configuran nuestro cerebro y, después se hace consciente en su voracidad por reproducir el mundo entero porque, en palabras de la poetisa Emily Dickinson es wider than the sky. La consciencia es la pirueta de la atención al mundo externo que también observamos en los animales que se vuelve sobre su sujeto y conserva lo acontecido creando la impresión de un yo gracias a la memoria. Su acción suprema es el pensamiento y el pensamiento tiene dos vertientes: el intelecto que busca saber cómo funciona el mundo y la razón que busca saber porqué funciona el mundo así o, incluso, para qué existe (su sentido). Dos caras que, entre las dos, cierran el círculo hermenéutico del saber. Aquel que sugiere que todo saber es anticipado por una historia previa como la anamnesis de Platón. Con el intelecto y la razón el ser humano se explica el mundo y busca su sentido. Se necesitan mutuamente y se han alternado a lo largo de la historia en su coloquio en forma de ciencia y filosofía o religión. Así pues, si encontramos el mundo bello y placentero, también los encontramos digno de estudio como inagotable enigma funcional y, en nuestra relación con él, digno de ser comprendido como significado de nuestra existencia. Así:

  • Cuando nuestro intelecto mira al mundo trata de apoderarse de él. Trata de explicarlo desde una supuesta independencia cognitiva. Pero encuentra que esas explicaciones son posibles porque la herramienta estructural esencial que ha producido nuestro intelecto (las matemáticas) permite cuantificar el mundo y el mundo se deja. Lo que no debe sorprendernos por la mera razón de que nuestro cerebro es mundo constituido por y en el mundo.
  • Cuando nuestra razón mira al mundo le pide explicaciones porque sufre y porque ha de morir. Al pedir explicaciones se invierte la jerarquía Naturaleza Humanidad y se pone al ser humano por delante de la Naturaleza lo que no debe provocar espanto porque la Humanidad es Naturaleza. Demo que cualquier sentido a la existencia habrá que buscarlo en la propia Humanidad. Fuera sólo hay monótona distribución de energía. Esta tendencia natural del ser humano a encontrar el sentido de las cosas lo lleva a plantearse el sentido del conjunto que es el mundo. Russel decía que el hecho de que cada uno tenga madre no quiere decir que la humanidad tenga madre. Russell era muy ingenioso, pero esa analogía no la vamos a utilizar para desalentar la búsqueda del sentido de la vida (título de una película de los Monty Pithon) aunque tampoco nos debe envanecer, pues podemos resultar no tanto cósmicos como cómicos. Postular el sentido de algo es preguntarse por su fin, su para qué. A veces confundimos el sentido de algo con su significado. Sin entrar en la compleja cuestión del significado simplificaremos a su modalidad referencial. El significado sería, pues, aquella realidad a la que señala el significante que utilicemos. Si éste es “la existencia” la respuesta es la vida misma. Otra cosa es preguntar por el sentido (no en la forma de Frege). Es decir preguntarse el para qué de la vida humana o, como hace Heidegger, preguntando, por qué existe algo y no más bien nada. Son preguntas sin respuesta hasta ahora, pero que no podemos dejar de hacernos. La dificultad de la pregunta procede de nuestra radical pertenencia a la misma cosa por la que nos preguntamos, aunque hayamos experimentado durante siglos el espejismo de poder tener una mirada alienígena sobre la realidad. Es difícil verse la nuca, pero no es poco avance ponernos en la humilde posición de que hemos sido creados por la naturaleza y tenemos la pulsión de interpretarla.

 Ya tenemos cuatro aspectos del mundo que nos permiten juzgarlo. La belleza, el placer, su naturaleza y su escurridizo sentido. Sigamos. Desde el descubrimiento del fuego hace más de un millón de años el ser humano o sus predecesores han buscado en sí mismos (con las manos) y en su entorno (con herramientas) cómo mejorar su vida. Esta mirada utilitaria ha ido ganando importancia a medida que el intelecto iba aumentando la eficacia y potencia de los útiles convirtiéndolos primero en máquinas mecánicas, después en máquinas térmicas, electromagnéticas que extienden la utilidad a todos los órdenes de la vida, con o sin justificación. La utilidad se ha convertido en una categoría omnipresente. Hasta el punto de haber invadido ámbitos que le debían haberle estado vedados, como las relaciones humanas, donde debe predominar el criterio de amor, amistad o, en todo caso, respeto.

Vamos ahora a explorar los aspectos de la realidad que más relación tienen con nuestros intereses inmediatos. En la estela del carácter radicalmente natural del ser humano expuesto se advierte la lucha interna de cada individuo por armonizar su acción con lo que su mente le dicta si no está contaminada por apreciaciones hipertrofiadas de parte de los aspectos ya considerados como el placer o la utilidad. ¿Y qué dicta la mente, que es como decir qué dicta la misma naturaleza en nuestro cerebro? Pues armonía con todo el universo, lo que incluye a propios, ajenos y a la naturaleza misma. Pero este mandato tropieza con lo que Kant llama inclinación creando conflictos internos que denominamos éticos. Conscientes de la consideración general de la Ética como reflexión sobre la moral, creo que es útil usar también la expresión ética para el estudio de la lucha de cada ser humano individual con la ley idiosincrática que reside en nosotros como consecuencia de la combinación compleja entre la legislación universal que nuestra naturaleza dicta (común a todos, como la repugnancia a matar) y los que, procediendo del ámbito social nos llega en forma de dictados familiares y escolares (como el amor a la patria). No somos capaces de distinguirlos en nosotros pues están asociados a emociones que los dotan de su carácter de genuinos para nosotros. Desde ellos la naturaleza y la sociedad nos dirigen. Los conflictos son inevitables. Así en la guerra nuestro natural repugnancia a matar choca con el mandato de defensa genuina o impostada de unos intereses nacionales. En la vida cotidiana nuestra acción es juzgada por nosotros mismos desde este complejo de normas que llamamos principios. El cuerpo en su conjunto emite señales no bien localizadas que llamamos culpa o exaltación según el signo de nuestro pensamiento o acción. La culpa es la reacción de malestar de nuestro cuerpo a la violación de aquellos principios naturales o impuestos que ha quedado asociados a nuestras emociones. La culpa genuina está exenta de intereses, pues queda asociada a pensamientos o hechos que sólo nosotros conocemos. El reproche se nos impone sin mediación de nadie ni nada. Otra cosa es lo que ocurre cuando violamos normas sociales. Ahora estamos en el ámbito de lo moral. La sociedad nos impone normas consuetudinarias que, al contrario que con los principios éticos, su violación nos produce emociones que no están a priori asociadas a tales normas. Así experimentaremos miedo por un error con un adversario o vergüenza por un error protocolario en público, pero no culpa. Ahora sí que nuestra desviación está asociado a intereses y a la mediación de otros que conocen nuestra conculcación. Conocimiento qué es la fuente de nuestro desasosiego. Finalmente, la necesidad de convivencia impone reglas con amenaza de represalia sobre nuestra libertad o nuestro patrimonio que actúan de forma inhibidora sobre los seres humanos aunque carezcan de todo principio ético o se burlen de las normas morales. En este caso se trata de actos conocidos y previamente catalogados como delitos. La sociedad no deja al criterio de los otros dos niveles de normatividad (ético y moral) determinadas acciones que puedan poner en peligro la convivencia a juicio de cada sociedad, considerada tanto sincrónica como diacrónicamente. Los tres niveles son necesarios y si cabe, los éticos y morales bien articulados reducirían la hipertrofia legal y le daría a la compleja vida social su alma. No podemos constituir una sociedad solamente con cinismo individual y leyes colectivas.

Hemos identificado tres niveles de reguladores de la acción de los seres humanos que condicionan nuestra vida, bien impidiendo su comisión o generando, a su vez, dos niveles de reacción en el sujeto cuando son violados: uno de carácter íntimo que llamamos culpa y otro con origen en el reproche social (moral o legal) que llamamos vergüenza. La culpa no suele acompañarse de vergüenza por el carácter reservado del acontecimiento. Sin embargo cuando se trasgrede una norma moral o se comete un delito, la vergüenza asociada puede ir acompañada o no de culpa. La diferencia entre norma moral y legal reside en el tipo de castigo que se deriva de su violación. En primer caso desafección y en el segundo privación de libertad. En todo caso, se puede dar y, de hecho, se da el caso de omisión de todo tipo de reacción (culpa o vergüenza) en sicópatas, pero también en seres normalmente constituidos que reservan su fondo ético solamente para su entorno más inmediato. Es el caso de criminales tribales o mafiosos que sufren si, esos mismos crímenes, los cometen con su gente. El sentimiento de culpa es tan lacerante que de forma automática la naturaleza ayuda a su atenuación con el olvido, un proceso enojoso en relación al conocimiento, pero útil para sobrellevar los errores porque es capaz de paliar su efecto. La culpa puede ser mitigada también por la racionalización, un proceso consciente de búsqueda de razones para la acontecido. Razones que actúan como esponjas que absorben el malestar. La culpa no puede ser eliminada hasta que el olvido lo hace en el caso de pequeñas faltas, pero si puede ser ocultada con baladronada del tipo ‘duermo con la conciencia muy tranquila’.  

Al término de esta secuencia hemos encontrado ocho criterios para juzgar los acontecimientos del mundo, incluidos nuestros congéneres. Nombrándolos por su lado positivo se trataría de criterios para juzgar la Belleza, el Placer, el Conocimiento, el Sentido de la vida, la Utilidad, lo bueno Ético, lo bueno Moral y lo bueno Legal. El orden se justifica y resume con el siguiente relato:

Todo organismo interactúa con el exterior y consigo mismo. En el principio son los sentidos. Los de la vista y oído nos permite disfrutar el mundo por su forma y sonido (belleza) por su olor, sabor y textura (olfato, gusto y tacto). Esta información interactúa organizando nuestro cerebro que, a su vez, se vuelve sobre la información organizándola imperfectamente hasta, en sucesivos intentos afinar el conocimiento que debidamente memorizado se ofrece a la reflexión científica, pero también a la metafísica (en su sentido laxo) en la búsqueda de coherencia entre nuestros conceptos más generales. Una pregunta es la expresión de nuestra percepción de ausencias en la plenitud. Una vez que podemos preguntar,  preguntamos. La búsqueda de sentido es la llama permanentemente encendida de nuestra perplejidad. Perplejidad por el carácter tautológico de la realidad (somos como aquello por lo que preguntamos). Afirmados en nuestro preguntar, necesitamos mantenernos vivos en medio de un vértigo de problemas de supervivencia cuyo generador fundamental es el crecimiento de la población, generado a su vez por nuestro éxito en poner nuestro conocimiento al servicio de la utilidad. Una utilidad que ha aumentado exponencialmente nuestra capacidad de hacer cosas buenas y abominables. Es decir, tras la admiración que la belleza es, tras el disfrute que el placer proporciona, tras la transformación que supone el conocimiento y la sublimación de la búsqueda de sentido, nuestro momento llegará gracias a la utilidad, que permitirá la madurez de nuestra razón, si la propia utilidad y la sinrazón no lo impiden en esta ocasión cósmica. El caso es que dotados de útiles materiales (tecnología) y útiles sociales (instituciones) afrontamos la acción con nuestra confusión provisional. Para ello necesitamos criterios y los tenemos. Unos, los de carácter ético, nos envían el mensaje que emerge de nuestra tautológica naturaleza individual  y otros, los morales y legales, de nuestra construida naturaleza social. Naturaleza social que refleja el hecho de que todo lo que nos sostiene es estructura, organización. En definitiva sentimos, pensamos y actuamos. Las sensaciones externas o internas nos permiten juzgar la belleza plástica o acústica  y el placer o el dolor. El pensamiento no permite explicar el mundo y buscarle significado. La acción nos proporciona útiles e instituciones, pero, sobre todo nos proporciona la ocasión de mostrar nuestra buena o mala fe como actores aficionados como consecuencia de la finitud de la vida individual.

© Antonio Garrido Hernández. 2013. Todos los derechos reservados.

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