Filosofía naif. (1) En el principio la fuerza

Donde este documento se revela como completamente naif es en este capítulo dedicado al soporte cosmológico de una reflexión filosófica, un ejercicio arriesgado como ha demostrado la historia intelectual del mundo. Cuando un filósofo incluía opiniones sobre el cosmos era hijo de su tiempo y víctima de los errores correspondientes aunque históricamente estuviera justificado.

Nadie sabe de dónde vienen, pero en el principio (origen y fundamento) fue la fuerza. Y la fuerza, a pesar del trabajo de unificación de los físicos teóricos, todavía se nos aparece fragmentada. Son, pues, cuatro: las interatómicas Fuerte y Débil, la Electromagnética y la Gravedad. Esta última, pudo cambiar, nos cuentan, de expansiva a retroactiva en una fracción de segundo al final de la gran inflación del Big Bang como sugirieron Alan Guth y Andrei Linde. Estas fuerzas hacen posible la capacidad de acción que llamamos energía. Energía que concentrada en un espacio relativamente pequeño constituye la materia. Las fuerzas, la energía y la materia y sus leyes de acción constituyen este mundo causalmente clausurado en palabras de Karl Popper.

Es un mundo de acontecimientos, de cambios continuo, cuya medición (comparación entre magnitud y unidad) de posición o estado llamamos tiempo y cuya medición de densidad de energía llamamos espacio. Cambios relativamente rápidos que llamamos movimiento y cambios relativamente lentos que llamamos entes, materia, cosas, personas. El mundo es un puro acontecimiento. El reposo es un cambiar compartido. La tranquilidad del alma tiene origen en un viaje compartido de nuestras necesidades y esperanzas con la respuesta del mundo. Que todo, incluso nosotros seamos cambio (acontecimiento) hace posible el perdón. Cualquier fallo nuestra será un episodio, no un constituyente fundamental. Los acontecimientos que son y somos devuelven la magia al mundo que el positivismo y el economicismo destruye al cosificarnos. No somos mercancía ni cosa. Somos acontecimiento, suceso, evento y, por tanto, sorpresa perpetua.

Las fuerzas de la naturaleza están permanentemente vigentes para constituir el mundo y hacer posible el cambio por las diferencias de intensidad de la fuerza y su correlato la energía. Aventuro que el Universo es resultado de un pulso cíclico de expansión y contracción. En la fase expansiva permite la vida y la experiencia inteligente en una mirada introspectiva de la propia naturaleza. En la fase contractiva vuelve con una pulsión de muerte a destruirlo todo hasta el siguiente ciclo. El Universo es eterno y dinámico, es decir, mutable. Los acontecimientos no transcurren en el tiempo, que es una dimensión ficticia creada por la memoria y expandida por la imaginación. No existe mañana, sino otro estado del mismo universo. No existe ayer, sino el registro en la memoria y documentos. Cada pulso cósmico reinicia una experiencia completamente nueva, que cuando, llega a la madurez convierte la fuerza en voluntad, el cambio en conocimiento y las opciones en capacidad de juicio. La integración de voluntad, conocimiento y juicio se convierten en razón a la búsqueda de sentido. El sentido que nos sostiene vivos.

El ser humano es un acontecimiento que alardea de ser el más complejo de todos porque incluye en sí la mayoría de los tipos de reacciones químicas y procesos físicos, pero organizados de tal forma y acontecidos en tal cuidadosa secuencia que de él emerge el admirable y admirado (por él mismo) acontecimiento que es la mente. Este complejo acontecimiento deudor de la repetición para mantenerse existente y de la diferencia para distinguir poéticamente las voces de los ecos, está en continua interacción con el medio y consigo mismo, tanto en sus partes como en sus centros de coordinación. Esta comunicación se da tanto en el nivel consciente (un destello, un dolor) como inconsciente (síntesis del calcio con el sol). Una de las partes del acontecimiento humano es el cerebro que regulado por la lógica y las emociones transforman en cultura todo lo que es capaz de registrar. Entendiendo por cultura todo acontecimiento con efecto sobre la sensibilidad, intelecto, razón, voluntad y juicio para que sean activados con los propósitos de aliviar la incertidumbre (religión o superstición), disfrutar artificialmente (sensorial e intelectualmente), producir (tecnología e instituciones) o controlar la acción (ética, moral y legalmente). La parte de la cultura con relato explícito es la forma de vivir todas las vidas en el corto espacio de la propia. Todas las experiencias posibles se producen entre dos extremos (opuestos) virtuales y propedéuticos de un espectro cuyo centro nos conviene encontrar en la mayoría de los casos. Extremos captados con claridad por el organismo humano y gozado con normalidad (frecuencia estadística) en la zona de la esperanza matemática y, en la versión perversa, en los extremos.

 El ser humano siente, piensa y produce, decimos. Acciones todas que son enjuiciadas inevitablemente por diferencia entre lo que se cree que debe ser y lo que es. Las sensaciones proceden del exterior y del interior. El pensamiento es actividad intencional privada, cuya privacidad es, en gran medida, conformada socialmente, con la que se elaboran creencias y teorías con una gran tendencia a la inercia, en general, es decir, a conservar las primeras que se adquieren en detrimento de las que pueden presentarse más tarde porfiando con ellas. No toda la acción es observable. La que los es produce artefactos para la solución de problemas, que cuando resultan de la organización premeditada de materia deviene en herramientas; cuando lo es de materia y órdenes en autómatas y cuando lo es de ambas cosas más personas en instituciones. Finalmente el juicio es la disposición ineludible a contrastar las acciones con las creencias. Contraste del que surge o un cambio de creencias o un cambio en las acciones. El cambio de creencias puede tomar la forma de mitigación o silenciamiento hasta que se consigue racionalizar la acción como inevitable reduciendo o eliminando la culpa (sensación corporal de malestar que avisa del conflicto interno). El juicio culmina al ser humano como tal, puesto que supone afrontar el conflicto interior entre las enraizadas creencias, las propias tendencias hedonistas y la presión social con potenciales modelos de vida basados en el despojo de los demás. Naturalmente la coherencia íntima será benéfica socialmente si el patrón de referencia de la mayoría de la gente es benéfico con anterioridad. Originariamente venimos dispuestos para valores básicos como el no matar o el no robar como emanados de la coherencia de no desear a los demás lo que rechazamos para nosotros mismos. Socialmente añadimos referencias que el tiempo cambia cuando se revisan los efectos según en qué época, como con el principio no desear la mujer del prójimo, que hoy en día está completamente obsoleto, tanto por el sexo mencionado, como por el hecho mismo del deseo. El juicio se ejerce primero  de forma creativa sobre el particular y, si tiene éxito, se convierte en saber común y es ejercido aplicando la regla generalmente aceptada sin reflexión adicional. En la primera fase el juicio llama en su auxilio al ser integral que es el que juzga con su historia vital e intelectual para de forma confusa y dolorosa tomar una decisión sobre un particular que reclama ser valorado.

 Conviene familiarizarnos con la idea de que los principios que actúan en el mundo exterior, actúan en nuestro interior, incluida nuestra mente. Somos naturaleza, de ella provenimos y ella nos constituye en nuestro especial modo de ser. Quizá si estuviésemos unidos a la  tierra por poderosas o livianas raíces lo entenderíamos mejor. De hecho esas raíces existen en la cómoda forma de extracción y consumo de minerales, vegetales y animales en cantidad que asusta en relación con la pervivencia del planeta Tierra. Esta condición natural del ser humano tiene poderosos efectos sobre sus reacciones cognitivas a los estímulos del mundo que se toman como conocimiento de seres ajenos, cuando, en realidad, es reencuentro con nuestra naturaleza en una pirueta tautológica de gran alcance. Alcance que vemos en el buen ajuste de nuestras teorías matemáticas con las estructuras cuantitativas del mundo. Un ajuste que sorprende a los matemáticos cartesianos (en el buen sentido de la palabra), pero no a los kantianos. La búsqueda de Kant del juicio sintético (informativo) y, a la vez, a priori (antes de toda evidencia externa) es resultado de su obsesión por fundar la ciencia en lo universal (aceptado para todas las épocas) y necesario (de negación contradictoria). Esfuerzo que queda resuelto si aceptamos la condición histórica y evolutiva del todo y que tan necesario es el color de la nieve para una determinada luz incidente como las suma de los ángulos de un triángulo. Siendo esto así, resulta fácil entender bastantes pliegues de nuestro comportamiento general en base a dos principios complementarios: la evolución empujada por la necesidad de supervivencia biológica y la transformación en cultura empujada por la  doble necesidad de supervivencia social y la de mitigar la conmoción de la muerte proyectándola hacia la vida. El tipo de vida cuyas posibilidades están latentes en el punto en que la evolución biológica dejó al homo para dejar paso a la evolución cultural que tomó el relevo por su potencia transformadora.

© Antonio Garrido Hernández. 2013. Todos los derechos reservados.

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