Niños cresos en el país de nunca jamás


22 Sep 2007

El mundo no quiere crecer, como en la fábula de Berrie. El mundo se ha vuelto adolescente como mezcla entre la mentalidad madura y la infantil. Aleación crecientemente infantiloide a base de dejarnos seducir por la abrumadora avalancha de mercancías absurdas que vienen a resolver enormes problemas inexistentes. ¿De dónde procede esta tendencia que parece llevarnos a la idiotez? Históricamente de los años cincuenta, cuando la prosperidad posbélica en el mundo occidental enriqueció a los jóvenes que se lanzaron a la búsqueda de diversiones sin freno. Al principio la solución fue convencional: coches, alcohol, pero, después, el ingenio de los artistas y sus gestores trajeron una industria nueva: la discográfica, el cine para jóvenes y nuevas formas más contundentes de inhibirse. En esta fase todavía los maduros resistían con Bogart a la cabeza manteniendo el sombrero y la corbata. Pero duró poco, una vez que los Beatles dejaron sus corbatitas escolares y buscaron en Asia la plenitud extática. De modo que en dos décadas se pasó de Troy Donahue a Sed Vicius. Nosotros los españoles esperamos a los años noventa, porque sin prosperidad no hay forma de que los jóvenes se conviertan en consumidores dignos de ser tomados en serio. En mi niñez sólo nos llegaba para regaliz y manzanas cubiertas de caramelo. De modo que hubo que esperar, pero nos hemos puesto al día rápidamente y ya estamos en condiciones de rejuvenecernos y tirar nuestro dinero, vía nuestros hijos, hacía los bolsillos de los prestidigitadores del llamado entretenimiento en la música, el cine, la televisión, sin entrar en tentaciones más peligrosas. El cine con películas ruidosas, violentas y con guiones tan previsibles como el atentado de ETA de este agosto. Situación de la que nos salvan los Eastwood o Iñárritu o, incluso, nuestro Almodóvar que ha viajado a contracorriente desde la astracanada al clasicismo por más que nos despisten sus hallazgos formales. Clasicismo fundado en lo auténticamente humano tratado con sabio humor. En la música del camino tribal nos salva poca gente, si acaso tradiciones eternas como el rock, el flamenco y el jazz o el blues cuando no son explotadas por fusiones efectistas o desarrollos imposibles con nombres como Elvis Costelo. En la televisión o las consolas se ha creado respectivamente escuelas de banalidad o de violencia. La primera se escuda en la posibilidad de cambiar de canal, cuando todos los canales muestran la misma miseria de adolescentes buscando la fama y la frustración en un solo gesto y patéticos seres adultos que nos enseñan sus pústulas morales a grito pelado. Las consola, por su parte, son un caballo de Troya de unos griegos inexistentes, pero que nos traerán graves problemas con su insensato propósito de ganarse adeptos ofreciendo lo peor a los más indefensos. Con el añadido de que ocupan a las mejores inteligencias en empujar a nuestros críos a un experimento sociológico de resultado incierto pero inquietante. Nuestros hijos son el objeto de ese gran experimento sociológico cuyo resultado veremos pronto. Ellos son la primera generación que ha crecido sin reproches y en la abundancia. Va a ser sumamente interesante como salen de tanta facilidad desmotivadora para hacerse cargo de la responsabilidad social, política y empresarial. Si todo va bien, habremos comprobado cómo el ser humano encuentra el equilibrio a cierta edad, por lejos que haya caminado y por absurda que le parezcan a la generación anterior las formas con las que envolvieran sus años de crecimiento. Si todo va bien, ni taladrarse la carne, ni los tatuajes irreversibles, ni las modas inspiradas en la cárcel o la pobreza, ni los pelados tribales, ni el lenguaje ininteligible y la superficialidad de su léxico sería otra cosa que lo que han encontrado a mano para presentarse como el relevo inevitable. Toda la vida el que ha imitado a sus padres prematuramente ha sido tachado de pijo o similar y el que aceptaba o contribuía al cambio generacional desde el menor detalle un ser integrado. Y todo eso, sin perder de vista que gran parte de la provocación es una propuesta de adultos avispados. Si todo va mal espero no estar para verlo. Sólo puede hablar directamente por lo que tengo más cerca. Y, eso, pinta bien. A lo mejor son ellos los que son capaces de derivar el enorme consumo en mercancías absurdas a resolver problemas verdaderos y disfrutar emociones genuinas, como las que implican la lucha contra el dolor y la pobreza. Y sin perder esta placentera generación de novedades formales aparentemente inagotables que la informática ha traído quizá para siempre. Para eso se necesita la complicidad de las grandes multinacionales para que dejen de proponer estupideces atractivas y ganen dinero con proyectos éticamente solvente. El milagro vendrá de la imaginación y ésta es ya de nuestros hijos.

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